CAPÍTULO 6
ARIA.
Abro la puerta de mi habitación de par en par con una sonrisa de labios cerrados. Me paseo por los pasillos del palacio con gran satisfacción irradiando mi pecho.
Mi vestido largo y blanco se desliza por el suelo inmaculado.
Cada tanto veo pasar a alguna que otra dama de compañía que hace una reverencia en mi dirección y camina con la cabeza agachada hasta que tomo distancia y vuelven a elevar la mirada.
Veo pasar a un soldado armado con una enorme hacha en su mano y me interpongo en su camino. Este frena de golpe. Abre los ojos y rápidamente hinca una de sus rodillas.
—Larga vida a la princesa Aria.
—Larga vida me darás si me prestas tu hacha —me arrodillo ante él para quedar los dos a la misma altura.
Este frunce el ceño. Mira el hacha afilada en su mano, dudoso y me la da con cierta desconfianza que trato de apaciguar con una preciosa sonrisa.
La tomo del mango de madera. Ambos nos ponemos de pie.
—Disculpe mi pregunta, princesa ¿puedo saber qué hará con ella?
Me acerco a él y le doy un breve beso en la mejilla. Hago puntas de pie para alcanzarlo. Me acerco a su oído. Este se queda helado por mi inesperada cercanía.
—¿La pregunta está relacionada a tu erección notable debido a que viste mi escote o por el hacha? —me aparto, fulminándolo con la mirada —. Vete antes de que te haga desaparecer.
Con el rostro ruborizado traga saliva. Asiente con cierto frenesí y se marcha a toda prisa. Ni el corre caminos fue tan rápido como él.
Estudio la hoja del hacha mientras avanzo mi paso. La madera barnizada y tallada a mano es tan firme y pesada. Pruebo sostenerla con una sola mano y no están pesada como aparenta ser.
Hago varios movimientos con ella y sonrío, satisfecha.
«¿Qué escogerá tu madre, Dante? ¿La garganta o en el abdomen como lo hiciste tú conmigo?»
El sabor amargo de recordarlo me eriza la piel. Seguía afectándome como el primer día. Aún recordaba el grito desgarrador que lancé en cuanto llegué al Inframundo y como mi madre cayó de rodillas en cuanto me vio regresar de repente. Sin aviso previo.
Se que en su mente perpetua lo violentada que me encontraba aquel día gris. Sus ojos humedecidos al verme llegar ensangrentada frente a todos los habitantes del palacio.
Fui aquella humillación que Zeus causó.
Una vez que subo al tercer piso y camino por un nuevo pasillo, llego al final de este donde hay una entrada con doble puerta que da a la sala de reuniones.
Pongo los ojos en blanco al ver a dos guardas custodiándola. Uno en cada extremo. Maldición.
Tomo una bocanada de aire y cierro los ojos, intentando tranquilizarme al darme cuenta de que no son custodios míos, sino que pertenecen al Olimpo. Camino con lentitud hacia ellos, ya me han visto y nos parece aterrarles en absoluto que tenga un hacha en la mano derecha.
Están uniformados con un casco de bronce que cubre sus cabezas. Un cinturón de oro rodea sus caderas y separan lo que sería una sudadera de sus pantalones anchos y blancos de tela fina. Tienen absurdas rodilleras y unas sandalias espantosas.
Sus manos encierran una larga lanza de punta filosa. Va desde el suelo hasta lo alto de sus cabezas. La mirada directa al frente y con una seriedad que me perturba.
Avanzo en silencio y con la cabeza en alto.
Estos se remueven un poco en su lugar al ver que cada vez estoy más cerca de la puerta. No me sorprende en absoluto que se pongan rápidamente de espaldas al picaporte en cuanto estoy a escasos centímetros.
—Solo entraran los que estén autorizados por las reinas —me informa con voz autoritaria uno que está mirando al frente.
Levanto la vista. Que altos que son, mierda.
—Estoy autorizada —miento.
—Eso no es verdad —responde el otro.
—Soy la princesa Aria, hija de la reina Perséfone y el... —omito decir imbécil —. Y el ya exiliado rey Hades. No necesito autorización para la reunión.
Ambos intercambian miradas. Niegan rápidamente con la cabeza.
—Lo sentimos princesa Aria. Solo los autorizados podrán ingresar.
Suelto el aliento, claramente no me lo harán fácil.
Si queda algo de vino en mi sangre condenada que pueda hechizar a estos idiotas lo usaré con honor y gloria. Tomando claramente los conceptos como algo absurdo.
—No me obliguen a asesinarlos —les supliqué casi en un susurro.
Me aparto rápidamente en cuanto me apuntan con sus lanzas casi a la altura de mi rostro. Levanto el hacha con agilidad y no tardo en cortar las puntas de estas antes de que parpadeen por segunda vez. Ambos hombres, furiosos, tiran al suelo lo que quedan de la absurda madera que compone los palos y vienen hacia mí, furiosos.
Puedo ver sus alientos saliendo por la nariz.
Lanzo el hacha al suelo para cumplirles la fantasía de hacer un enfrentamiento justo. Pero la ira sale por mis poros y provoco que toda mi energía se canalice a mis manos
—¡No me obliguen a matarlos dije! ¿Acaso son sordos? —grito a todo pulmón.
Mis ojos avellana se tiñen de un oscuro noche, cubriendo toda la blancura en él. El humo espeso similar a la de la neblina se forma en las palmas de mis manos las cuales no tardo en elevar para asustarlos.
Una sonrisa desquiciada florece de mis labios, aquella que solo crece cuando huelo el temor de mis enemigos.
Ambos soldados, pálidos y muertos de miedo salen corriendo a toda prisa antes que mi humo los alcance.
Cierro los ojos al ver que ya se fueron y trato de calmarme para que mi cuerpo regrese a su estado natural. Quién necesita vino para enamorarlos cuando mi habilidad por la magia oscura que sólo puede llevarse a cabo en el Inframundo es más fuerte.
El humo causado por mis manos se desvanece y mis ojos regresan a su color habitual.
—¡No se preocupen chicos, les diré a su reina que lucharon hasta el final! —les aseguro en un grito.
El eco de mi voz se esparce por el solitario pasillo.
Que me llamen soberbia si admito que fueron unos cobardes. No me gustaría tenerlos en mi ejército.
Levanto el hacha del suelo rápidamente y me dirijo hacia la puerta, la cual no tardo en abrir de par en par.
Perséfone está caminado de aquí para allá a los gritos. Una mujer de cabello n***o azabache que se extiende hasta sus caderas la observa con atención, sus brazos están cruzados y veo como sus dedos repiquetean impaciente en su pálido brazo.
La conversación se detiene en cuanto me encuentro frente a ellas.
Finalmente conozco la cara de la que iba a ser mi suegra, Hera, cuando voltea a verme.
Rostro angelical salpicado de pecas, como si pequeñas constelaciones formaran su estirada piel. Quien diría que una diosa que aparenta ser tan joven haya vivido tanto.
Tiene un gran parecido a Dante y eso me pone la piel de gallina.
—¡Hicimos un acuerdo de que no vería a la asesina de la mayoría de mis nietos! —exclama de pronto Hera.
—¡Aria! ¿Qué haces aquí? —me grita mi madre, acercándose con grandes pasos hacia mí.
Me acerco a toda prisa a Hera posicionándome detrás de ella para tomarla del cuello con mi brazo. De pronto se vuelve una rehén que no pretendo soltar con facilidad.
Ella suelta un grito mientras lucha insistente, pero soy más fuerte.
—¡Ni un paso más, mamá! —llevo la punta del hacha a la mejilla de Hera.
—Haz algo y te juro que serás comida para tiburones —me amenaza la madre de Dante entre dientes mientras trata de liberarse de mi brazo que apretuja cada vez más su cuello.
—Aria ni se te ocurra cometer una locura que lamentaremos —la voz calma de mi madre me indica que está a punto de romper en pánico por mi repentina decisión. Levanta las manos en mi dirección —. Hera vino a darnos nuestro apoyo.
—¿Qué? —me rio con exageración, pegando cada vez más su espalda contra mi pecho —¿En serio crees que ella nos dará su apoyo luego de todo lo que le hice?¡¿Desde cuando eres tan ingenua Perséfone?!
—¡Le daré el apoyo a tu madre, no a ti, pedazo de mierda!
—Vaya boquita tiene la madre de todos los dioses del Olimpo —me burlo mientras clavo poco a poco la punta en su mejilla. Hera ahoga un grito tras cerrar los ojos —¿Vienes a darle el apoyo a mi madre como dices? ¿Qué dices Hera? ¿Qué te tome como rehén para poder hacer sufrir por un ratito al enfermo de Dante? Yo le sirvo una taza de café cada mañana no se preocupe, suegrita querida.
—¡Aria suéltala maldita sea! —insiste mi madre.
—¡No!¡Que todo el puto Olimpo rompa en llanto cuando se entere que he asesinado a la madre de los dioses glorificados!¡Que he vengado mi honor luego de la humillación que nos ha causado Zeus!
Estoy a punto de cortarle la garganta cuando mi madre pega un grito desgarrador que no logra opacar la suplica de Hera:
—¡¿Qué quieres?!¡Te lo daré, te lo daré Aria!
Me quedo en silencio un instante mientras forcejeo para seguir reteniéndola. Miro a mi madre quien está pálida, temiendo que pueda llegar a hacer una acción que nos arruine los planes.
Mi madre sabe lo que deseo, se lo he dicho millones de veces.
Perséfone asiente con lentitud, dándome su aprobación al leer mis ojos.
Sonrío mirando rápidamente a Hera.
—Regrésame a la tierra y entrégame a Dante.