Capítulo 5

1568 Words
CAPÍTULO 5.  Amenadiel sube malhumorado a la parte trasera de la RAM negra de Max Voelklein. Este se encuentra en el asiento del conductor. Por un instante, los ojos bicolores de Amenadiel se encuentran con los del pelirrojo por el espejo retrovisor hasta que Ada Gray sube al asiento del acompañante, rompiendo todo contacto visual entre ellos.  Apoya la valija en su regazo.  Mientras tanto Matt Voelklein, quien se encuentra a su lado, tiene el codo en el apoyabrazos de la puerta y los dedos por debajo de sus labios. Está observando por la ventanilla. En realidad, pareciera estar consumido más por sus pensamientos que en el porche de la mansión de Amenadiel.  Ada le da un beso fugaz en la mejilla a su esposo, el cual le regala una dulce sonrisa ante de poner en marcha el coche.  —¿Puedes borrar esa estúpida cara de niño malhumorado? —le dice Ada.  Amenadiel la rebaja.  —¿Pretendes que pregunten cómo están todos después de que no me avisaran que Aria está en el maldito Inframundo? —espeta —¿Desde cuándo lo saben?  —Oye, baja el tono de voz cuando te diriges a mi mujer —le advierte Max observándolo en el espejo retrovisor —. Sabíamos que estarías cabreado por la noticia. Nos enteramos esta semana cuando se empezó a hacer todo el revuelo del enfrentamiento.  Echa la cabeza hacia atrás, reposándola en el borde del asiento y cierra los ojos tratando de calmar su mente que va mil por hora.  —Volverás a verla —lo alienta Ada, posando la mano en su rodilla. Él abre los ojos levantando su cabeza y se encuentra con sus fuertes ojos azules —. No sabemos qué ocurrirá, pero volverás a verla, Amenadiel.  —Aria es astuta, tanto que me preocupa —de pronto habla Matt Voelklein con la mirada en la ventanilla —. Temo más lo que puede llegar a ocurrirle a los guerreros que deseen enfrentarla.  —Les pateara el trasero —coincide Max.  Amenadiel le preocupa contagiarse de aquel optimismo familiar que rodea a Aria. Tiene miedo de ilusionarse. Tiene miedo de que todo se vuelva un puto caos, aunque Aria es un puto caos precioso que desea ver.  Se siente culpable al pensar que ha estado imaginando por un año entero a Aria en brazos de un dios como Dante. La rabia lo carcome el pecho al pensar que lo ha defendido para que ella no lo matara para conseguir una gloria absurda en el Olimpo. Y al final, a la que tenía que proteger era a ella ya que él terminó por asesinarla.   Si bien Aria es considerada una cruel asesina de dioses jovenes, por fin estaba teniendo su bendita redención. Pero el poder la cegó y terminó eligiendo a Dante por encima de él.  ¿Qué podía darle él? ¿Amor y noches de películas con patatas fritas como tanto ella le gustaba? Fue tan estúpido al enamorarse de una cazadora, pero más estupido fue creer que ella era feliz con ese idiota.  La ha imaginado con una vida idealizada junto a Dante que se sentía feliz por dentro al saber que eso había sido parte de su imaginación y que ellos, nunca estuvieron juntos.  Antes se preocupaba por saber cómo demonios mandarla al Inframundo y ahora...ahora pretendía salvarla sacándola de allí cuanto antes.  «Luego de lo que Dante te hizo, seguro estarás entrenando para regresar más fuerte que nunca. He esperado esto hace tanto tiempo que se ha vuelto un pensamiento recurrente en mi memoria atormentada, Aria mía. Si algún día deseas regresar a mis brazos no me veré golpeado por el rencor de que lo escogieras a él. Abriré mis brazos para darte el más cálido de los abrazos y te prometeré tener un hogar en donde estarás a salvo...aunque la que me cuidará serás tú ya que posees la fuerza de un huracán, Evans. Contigo a mi lado no tengo por qué temer» pensó Amenadiel con angustia.  El día se presentaba con su azul cielo incandescente. La temperatura era un poco más elevada de lo habitual ya que la primavera llegaba para quedarse y así, brindar el mejor de los climas.  La RAM se estaciona frente a un enorme portón gris y este se abre de par en par para dejar a la vista una de las casas más hermosas y modernas que Amenadiel haya visto.   Calcula que pasó aproximadamente una hora de viaje hasta la casa de Max y Ada.   —También es culpa nuestra no haber visto la clase de ser que era Dante cuando le cedimos la mano de Aria—de pronto dice Max rompiendo el largo silencio que se estableció en el viaje.  El auto se adentra por el camino principal del enorme jardín. Los dioses que se pasean por la tierra de los mundanos siempre tienen el privilegio de vivir como reyes con sus increíbles mansiones.  Amenadiel no dijo nada, prefería callar y mirar por la ventanilla. Max aprieta los labios al ver que el chico sigue claramente ofendido con todo lo que ocurrió.  —¿De qué lado están todos ustedes? —entonces les preguntó el joven rapado, observando cada gesto de los pasajeros.  Ada y Matt lo miran por un momento. Max lo observa nuevamente por el espejo retrovisor.  —Cada uno fue golpeado por las decisiones de nuestros padres, las cuales fueron aprobadas por Zeus —le responde Matt con una soberbia que no va dirige a él en absoluto —. Mi hermano Max perdió un brazo por amar a Ada, yo quedé ciego de un ojo junto a mi esposa y nos dejó estériles. Cada uno pertenece a un mundo diferente y es por eso que se nos ha castigado: por amar a alguien a quien no debíamos. Pero claro, Zeus puede amar a quien se le antoje ¿no?  El auto se detiene luego de rodear una preciosa fuente y se posiciona ante el porche de altas escaleras.  —¿Entonces al ser hijos del Olimpo también tomaran la decisión de enfrentarse a Zeus? —les pregunta Amenadiel, esperanzado.  —¿Te queda duda de que lo haremos? —Ada enarca una ceja mirándolo con cierto rencor en su voz.  —Ese también debe pagar. No sólo nos castigó a nosotros, también asesinó a Aria. Nadie se mete con nuestro linaje familiar —agrega Max, abriendo la puerta y saliendo del coche casi al unísono con su esposa.  Matt y Amenadiel son los dos últimos que quedan en el interior del auto.  —Yo que tú me preparo para lo que viene porque estamos dispuestos a perder la vida con tal de encontrar justicia a lo que nos hicieron, Amenadiel.   Matt sale del auto.    Amenadiel lo sigue unos segundos después con la valija en su mano y se cubre de los rayos del sol posicionando la otra en su frente mientras inspecciona la enorme casona.  Hay ventanas incontables que dejan ver a la perfección el interior. Frunce el ceño al percatarse que adentro se encuentran varias personas que desconoce.  Desvía la mirada y comienza a subir las escaleras levantando su valija. Nota que Max y a Ada les agrada demasiado la jardinera ya que es notable y absurdo las incontables plantas de todo tipo que poseen.  Lo que más predominaba eran los cactus.  El hombre de cabello pelirrojo y altura exagerada abraza el hombro de su mujer luego de tocar la puerta.   Amenadiel oye a alguien aproximarse corriendo en su interior hasta que la puerta se abre, dejando ver a una adolescente de cabello pelirrojo corto por los hombros. Tiene un vestido floreado que le llega a las rodillas y es de mangas largas. Un collar de perlas rodea pálido y delgado cuello.  —El mate se enfrió —los regaña la joven cruzándose de brazos y apartándose un poco para permitirles el paso.  ¿El mate?  —Fue un viaje largo ¿me haces el favor de calentar el agua otra vez? —la saluda Ada dándole un beso en la frente.  —¿Tienen una hija? —les pregunta Amenadiel, confundido mientras se adentra en la casa y ve como la joven desaparece a lo que supone que es la cocina.  Ada asiente regalándole una cálida sonrisa mientras cuelga su chaqueta en uno de los ganchos de la pared.  —Se llama Scarlett —le informa Matt, dándole su bolso a un señor que aparece con la intención de ayudarlo con su equipaje.  —Buen regreso, señores Voelklein —los saluda el mayordomo con una grata sonrisa.  —Gracias Wells —le sonríe a boca cerrada Max tras darle un breve abrazo —¿Cómo va todo en la planta de arriba?  El hombre que pasa los cuarenta años y de rostro agotado lo observa un instante, meneando la cabeza.  —Es mejor que suban al despacho, señores. Todos allí arriba se encuentran demasiado exaltados.  —¿Quiénes son todos? —Amenadiel da un paso adelante, serio.  —Amenadiel — Max se le acerca, pasándose una mano por el cabello y soltando una bocanada de aire —. He citado a más dioses.  —¿Qué dioses? —indaga él, clavándole los ojos.  Tiene un mal presentimiento sobre ello...  —No somos los únicos que están enojados con el mandato de Zeus —le responde Matt, dándole un apretón en el hombro. 
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