Capítulo 15.
Scarlett, la hija de Max y Ada, trenza mi cabello frente a un escritorio del cual sale un espejo.
Es una habitación para invitados bastante completa. Aunque desconozco la profesión de mi hermano Max, realmente sé que tiene una casa súper costosa.
Pero bueno, los hijos de dioses tienen el privilegio de estar con familias adineradas.
Me ha obligado a sentarme y a que me quede quieta. Como su tía cederé a lo que me pida, supongo. Llevo aún puesta la camisa con el logo del hotel de mi hermano, la cual ahora permanece seca luego de mojarla con mi pelo húmedo.
Scarlett, la pelirroja más bonita que vi, parece concentrada en lo que hace. Sus suaves y delicadas manos danzan en aquel trenzado digno de admirar. Cada tanto escucho el choque de sus anillos en los dedos al igual que la pulsera de plata en su muñeca.
Tiene el cabello por los hombros como su madre Ada, el cabello y pecas en el rostro como su padre. Aunque estos dos son simpáticos por naturaleza, la adolescente es bastante seria y reservada.
Toma una goma de cabello y la coloca en la punta de la larga trenza. Sonríe, orgullosa de sí misma y me mira a través del espejo.
—Ahora no pareces un espantapájaros, tía Aria.
—Mi cabello es una revolución cuando se seca.
—Bueno, por lo menos tienes cabello por los dos.
—Ilumíname.
—Por Amenadiel, digo —me aclara con un guiño de ojo y se aparta para que pueda ponerme de pie —¿Están saliendo?
Le sonrío a boca cerrada. Ni siquiera sé qué responder. O sea, acabo de regresar y no esperaba encontrarlo tan pronto.
Cuando estoy a punto de responderle a mi sobrina, alguien toca la puerta y ambas miramos en aquella dirección. La misma está abierta. Amenadiel permanece apoyado contra el umbral con los brazos cruzados.
Se ha cambiado de ropa; tiene una sudadera celeste con un logo de una banda musical que no escucho, unos vaqueros negros con unas botas del mismo color. Su cabeza la cubre la amplia capucha que hace contraste con sus ojos.
—Pasa —lo invito, sintiendo leves cosquillas en el estómago.
—Los dejaré solos —me avisa Scarlett en un susurro incomodo y sale de la habitación con su vestido floreado siendo agitado por el andar.
—Gracias por la trenza.
Se vuelve para sonreírme y la veo finalmente desaparecer.
Amenadiel cruza el umbral y cierra la puerta. Permanece en silencio mirándome con serenidad en su rostro tallado por el mismo cupido.
—Tus hermanos se han ido a dormir la siesta con sus esposas, supuse que tú querrías hacer lo mismo
—¿Dormir? Pero si son las dos de la tarde —observo el reloj de pared y vuelvo la mirada hacia él.
Escucho la risa de Ada y Amy que proviene de la planta baja. Enarco una ceja y Amenadiel se ruboriza un poco.
—No tienes que mentirme si deseas acostarte un rato conmigo —me acerco a él.
—No deseo acostarme en ese plan —confiesa —. Solo quiero abrazarte un rato, Aria.
Me toma de la mano y me guía hasta el colchón. Le saco la sudadera por encima de la cabeza hasta que finalmente su rostro. Me sonríe y me da un beso en la frente. Verlo así, tan fresco y relajado me dan cien años de vida.
—¿Te importa si me quito la camisa? —le pregunto con un hilo de voz.
Veo sus ojos oscurecerse. La luz del sol que ingresa por la ventana le da directo al iris causando que la claridad de estos sea una obra de arte.
—Sería un placer hacerlo por ti.
La va desabotonando hasta que mis pechos se liberan de la tela estampada contra ellos. Aparta la mirada, tímido, mientras desliza las mangas de la camisa hacia abajo. Finalmente, esta cae al suelo y solo me quedo descalzada con el jean puesto.
No sabía que estaba conteniendo el aliento hasta que funde mi mejilla en un suave beso.
Con el cabello trenzado y el torso desnudo me meto en la cama.
Amenadiel se quita la playera negra que lleva puesta con agilidad y la deja en el suelo. Se une a mí y ambos quedamos con la piel descubierta.
No puedo evitar subir arriba suyo para quedarme acostada en su pecho mientras observo la vista desde el enorme ventanal.
La calidez de su abdomen me invita a pasar mis uñas sobre ellos hasta llegar a su cintura. Cierro los ojos. Escucho su corazón latir con fuerza.
Siento sus dedos deslizarse por mi espalda, subiendo y bajando con tal delicadeza que me eriza la piel. Mientras que otros hombres en una situación así me hubiesen hecho sentir un objeto al cual penetrar y mandar a volar, Amenadiel me ha demostrado lo hermoso que puede ser estar sobre un colchón y en silencio.
Como si realmente uno pudiera encontrar un hogar en brazos de alguien más.
Una lagrima aflora y cae accidentalmente sobre su piel. Él no tarda en darse cuenta.
Toma mi barbilla con uno de sus dedos y me obliga a mirarlo. Levanta un poco la cabeza para lograr verme mejor.
—¿Por qué lloras? —me pregunta en voz baja mientras acaricia mi mejilla humedecida.
—No sé si lo recuerdas, pero así estuvimos aquella noche en el castillo hasta que te quedaste dormido y robé tu vino —tengo una piedra en la garganta —. Esta vez quiero quedarme, prometo no ir a ningún lado. He sido muy mala contigo, Amenadiel y, aun así, permaneciste a mi lado. Realmente no creo merecerte.
Deposito un beso en su pecho y hundo mi rostro en él.
Luego de varios segundos me doy cuenta que vuelve a dejar caer su cabeza sobre su almohada y no tarda en acariciar mi espalda otra vez.
—No me robes el celular si me quedo dormido. No fue nada barato adquirirlo —me responde y ríe levemente con la intención de aflojar la tensión.
Su comentario me hace sonreír, pero esta se va poco a poco en cuanto siento como el bulto de su pantalón empieza a palpitar en mi vientre. Trago con fuerza evadiendo una sonrisa pícara.
Amenadiel se aclara la garganta y se remueve debajo mío, incomodo.
—Ya no puedo soportarlo más —declara con un hilo de voz.
De pronto me tira a un lado de la cama y se sube a horcajadas sobre mí con la intención de tomarme las muñecas por encima de la cabeza. De pronto soy su prisionera. Me devora la boca de un beso en donde su lengua no tarda en entrelazarse con la mía en un compás placentero y una desesperación que de pronto nos agita, nos envuelve.
Aprieta su m*****o erecto dentro de su tenso pantalón contra mi sexo y comienza a frotar en un intento de estimularme. Quiero tocarlo, pero no me lo permite.
—Estás castigada —jadea entre besos —. Voy a disfrutarte como un loco, Evans.
Clava con cuidado sus dientes sobre mi labio inferior mientras que con su mano libre aprieta uno de mis pechos. Ahogo un gemido al darme cuenta lo posesivo que puede resultar el maldito hijo de...
—¿Acabas de insultarme en un susurro, Evans? —me pregunta disimulando que no le ha causado gracia.
Abro un poco los ojos para verlo. Tengo su rostro pegado al mío. Acabo de insultarlo en voz alta. Mierda.
—Así que soy un hijo de puta —asimila, desabrochando mis vaqueros con sus dedos agiles y le baja el cierre. Se me acorta la respiración al sentirlo y verlo con las pupilas dilatadas —. Pero soy tu hijo de puta, amor.
Sin darme tiempo a replicar me penetra con uno de sus dedos. Me besa para que acalle mis gemidos. Mi espalda y todo mi cuerpo se tensa. Los dedos de mis pies se hunden en el colchón mientras que mis uñas se clavan contra la palma de mi mano.
—Mio —logro decir mientras me asfixia con sus besos y sigue moviendo sus dedos en un ritmo que empieza a llevarme cada vez más lejos.
—Ya nos vamos entendiendo, Evans.
Me suelta las manos para poder quitarme el pantalón. Finalmente estoy desnuda debajo de él. Meto mi mano en el interior de su pantalón y trago con fuerza al sentir el bulto tenso y duro con el que hago tacto. Abro bien grande los ojos.
—Amenadiel lo que tienes allá abajo no es normal —le advierto, realmente sorprendida —. Me vas a partir en dos.
Estalla de la risa ante mi comentario y me da un breve beso.
—No dijiste nada en nuestro primer encuentro ni en el segundo ¿y ahora lo notas?
—Mira, para ser franca nunca te la he visto. Hemos sido unos calentones de mierda y no tuve la oportunidad de ver tu anatomía con detenimiento.
—¿Quieres verla? —me pregunta, con aquella voz grave que me ponía la piel de gallina.
Sin responder y mirándolo directo a los ojos, retiro su m*****o del bóxer. Amandiel aprieta los dientes, disimulando que mi toqueteo no le afecta en absoluto.
Presiono la punta de su erecto m*****o, echando hacia atrás la piel de este para que su carne roce con la punta de mi clítoris. No quiero que me penetre, quiero que sienta lo húmeda que estoy y empaparlo de mí.
Mi boca se abre un poco, dejando escapar un leve suspiro. Enarco la ceja, observándolo desafiante.
—A la quedo castigar es a ti, no tu a mí, Aria —jadea él contra mis labios mientras genero círculos con su m*****o en mis partes íntimas.
—Se invirtieron los papeles.
—Ni lo pienses.
En una manobra que me toma por sorpresa, Amenadiel me da la vuelta con sus manos en mi cadera y me pone boca abajo contra el colchón. Chillo y él me tapa la boca con su mano.
—Silencio, bonita —acerca su cara a mi oído —. Tengo unas ganas inmensas de nalguearte hasta dejar mi mano marcada en tu trasero, pero no quiero hacer ruido.
El vello de su barba creciente roza mi mejilla. Cierro los ojos dejándome llevar en cuanto siento la punta de su m*****o acariciando mi trasero hasta que finalmente me penetra como una maldita bestia.
Su mano sigue cubriendo mi boca para evitar que haga ruido. Muerdo despacio su palma mientras lo escucho jadear contra mi oído. Siento su respiración contra mi piel. Retira la mano para tomarme por las caderas y levantarlas, y así poder tener mejor acceso a mí. Dios mío.
Me toma de la punta de la trenza y tira de esta, enredándola en su mano. Lo dominante que puede ser Amenadiel me deja consternada.
—¡ARIA, AMENADIEL SALGAN DE LA HABITACIÓN AHORA MISMO!¡ES URGENTE! —el grito de Scarlett y los golpes crudos contra la puerta hacen que Amenadiel se aparte de mí.
Nos vestimos rápidamente tomando nuestras prendas a toda velocidad. Me abrocho la camisa con los dedos temblando y lo observo a él quien está igual de confundido que yo.
Necesito una ducha y sé que él también. La adrenalina no me deja pensar con claridad.
Amandiel se pone la sudadera de un tirón y, cuando finalmente estamos listos, abre la puerta.
Scarlett se encuentra frente a esta, pero con la mirada dirigida al final del pasillo. Su rostro, pálido, observa con ojos vidriosos algo que la tiene paralizada y con miedo. Sus manos tiemblan y sus labios, levemente abiertos de pronto sueltan un grito ensordecedor.
Amenadiel y yo salimos rápidamente con paso firme en dirección hacia el pasillo y nos colocamos frente a ella de cualquier cosa que la esté aterrando.
Se oyen caos y destrozos en la planta baja. Gritos y forcejeos que me regresan a la realidad.
Todo yo se ve paralizado con lo que veo. La furiosa palpitación de mi corazón promete que este en cualquier momento salga de mi pecho.
Dante está parado al final del pasillo con un cuchillo de cocina en la mano, el cual derrama sangre que cae sobre la alfombra. El shock me hace incluso creer que oigo caer cada oscura gota.
Tiene el torso desnudo y está mucho más marcado que la última vez que lo vi, como si llevara tiempo entrenando. El sudor hace que su piel brille. Sus vaqueros están manchados de barro y sangre. Sus pies descalzos se hunden en la alfombra.
La mandíbula tensa logra desencadenar una sonrisa siniestra cuando nos ve. Se aparta varios mechones de cabello pegados en su frente hacia atrás sin perder contacto visual conmigo.
— Vine para que tengamos nuestra luna de miel, cariño —masculla Dante, pasándose el brazo por el rostro para limpiarse el sudor.