CAPÍTULO 11.
Amenadiel.
Mientras el mundo promete venirse abajo en el jardín de un millonario, yo salgo corriendo a la sala principal donde Matt Voelklein ha pegado el grito en el cielo.
Por poco tropiezo con la alfombra en cuanto llego corriendo a la sala. Mis muslos chocan con el respaldo del enorme sofá blanco. El corazón me late con fuerza.
Matt tiene el teléfono pegado a la oreja, está de espaldas y en cuanto presiente que no está solo se da la media vuelta y me clava sus ojos grises. Estos me causan un escalofrío. Está pálido.
Basta una mirada para saber lo que ocurre.
Tenso la mandíbula, pero mis hombros se relajan. Bajan como si no lo hicieran hace tiempo. Me llevo las manos a la cara con los codos elevados.
No lo puedo creer.
—...sí, es mi hermana —confirma él, con una seriedad casi admirable —. No la dejen ir del hotel, en media hora enviaré a su novio a recogerla. Es alto, grandote y tiene el cabello rapado. Se llama Amenadiel.
Me saco las manos de la cara en cuanto lo escucho. Matt me lanza una media sonrisa que implica complicidad.
Corta la llamada y se mete el móvil en el bolsillo de su pantalón. Se pasa una mano por el cabello y mira al suelo, en shock.
—Regresó sola —se sorprende.
No puedo evitar sonreír y lanzar una carcajada que no sé si es por nerviosismo y sorpresa a la vez. Dios mío. Sabía que volvería sola.
No sé cómo sentirme al respecto, feliz, asustado. El temor de que sea una trampa me golpea en el pecho. Todo es tan irreal...
—¿Está en hotel?¿Qué hace allí? Me llevaré uno de los coches de Max—me subo el cierre de la cazadora y aseguro tener mi móvil en el bolsillo para marcharme ya mismo.
Matt me frena al instante.
—¿Sabes cómo llegar al hotel? Quiero ir, pero no puedo dejar a mi mujer sola aquí. Si bien los hijos de Zeus que han descendido se han marchado, tengo el presentimiento de que no tardaran en volver.
—Sí, creo que sí. Llegué solo allí la noche en que ella...
No termino de hablar porque no puedo. Se me va la voz con tan solo pensar lo que ocurrió.
A mi mente vienen imágenes de ella aceptando el anillo de Dante. Cómo él hincó sus rodillas y ella sonreía, forzada, dudosa. Como si tomar aquella alianza debiera ser una obligación para llegar a la meta que quería cumplir.
—Le avisaré a Max —Matt rodea el sofá y se queda frente a mí —. Tráela aquí cuanto antes. No sabemos en qué estado está. No la evadas con preguntas. Tú no sabes lo doloroso que es volver de un lugar como el Inframundo.
Me falta el aire. Esto es demasiado.
—¿Podrás? —me pregunta Matt, preocupado y posiciona una mano en mi hombro la cual miro fugazmente —¿Amenadiel?
Asiento con la cabeza agachada. Me ha subido el pulso.
Mierda. Voy a verla.
—¿También seremos castigados si decidimos amarnos, Matt? —aparto mis ojos para que no vea que se han cristalizados por la angustia —¿Podremos ser una excepción?
Pertenezco al linaje de dioses del Olimpo y ella es una diosa de la oscuridad. Si dos dioses de diferentes mundos se enamoran, siempre tendrán un costo qué pagar.
Es una ley que siempre se ha mantenido vigente. Una ley que está mal.
—Amenadiel... —me advierte él al exponer mis sentimientos. Suspira —. Yo también creí ser una excepción. No quiero verte ilusionado. Yo estuve en tu lugar.
Meneo la cabeza deseando que aquella acción elimine todo pesimismo de mi mente. Me esfuerzo por sonreír.
—Pero por lo menos me consideras tu cuñado eh —bromeo, riéndome.
Matt hace algo parecido a una sonrisa. Este tipo es demasiado mesurado.
—Te lo ganaste cuando escuché como sonaba a todo volumen en tu casa una canción de Pablo Alborán. Ahí supe que realmente estabas sufriendo por ella.
Abro los ojos y me esfuerzo por no ponerme rojo de la vergüenza. Quiero golpearme la cabeza contra la pared.
—Tranquilo, no le diré a Aria. Pero lo usaré en tu contra si lo deseo—sus ojos de achinan como si estuviera leyendo mis pensamientos —. Le pediré las llaves del coche a Max, regreso en cinco.
ARIA.
Camino por la habitación, desnuda y con una toalla en mi cabeza para que mi cabello se seque. Estoy preocupada. No me gustan las nubes negras que hay en el cielo.
No son nubes cualquieras. Lo sé. Se tiñen de grises las más cercanas mientras que en la distancia se van haciendo más oscuras. El viento hace vibrar el cristal de las ventanas.
Mordisqueo mis uñas. Algo está ocurriendo y no sé qué es.
El cielo estaba azul, lo sé, no fue una mera ilusión. Quiero gritar ¿qué está pasando? ¿Qué tan pronto se ha enterado Zeus que hemos secuestrado con mi madre a su esposa? Sonrío por dentro.
No te la veías venir cabron.
Tocan la puerta. Paro de caminar. Busco la bata blanca que me ofrece el hotel y me la pongo rápidamente. Salgo disparada.
La abro deseando que sea mi hermano Matt. Me decepciono al ver a la empleada del hotel con algo de ropa en su mano y con el rostro amigable.
Pero si recién me miraba como si fuese estiércol ¿qué le ha hecho cambiar de idea?
«Ha llamado a tu hermano para confirmar quién eres, tontita»
—Bueno, luego de corroborar con una llamada telefónica que usted es Aria Voelklein. Déjeme decirle que es un honor conocer a la hermana del dueño de este hotel —sus labios se curvan hacia arriba y su actitud conmigo ha cambiado.
Me da unos vaqueros y una camisa blanca que con tan solo verla sé que me quedara como un vestido. Pego las prendas contra mi pecho. Tienen el logo del hotel.
—Gracias, de verdad —le agradezco.
—Vístase. En unos minutos pasaran a recogerla. Me han dado órdenes de que se quede en la habitación.
—¿Matt vendrá por mí? —me emociono al instante.
La mujer niega con la cabeza como si hubiera dicho una locura.
—¿Qué? No. Un tal Amenadiel.
Mis brazos flagean provocando que la ropa caiga sobre mis pies.