Capítulo 12

1843 Words
CAPÍTULO 12  ARIA.  Mi reacción fue cerrarle la puerta en la cara a la señora que trabaja en el hotel. Supongo que acabo de entrar en shock. Soy una joven amable, ese comportamiento no es digno de mí, pero supongo que esto es una excepción.  Palidezco. Mi rostro de pronto se siente frio y tengo la sensación de que el suelo está a kilómetros de distancia. Estoy mareada.   Voy a verlo.   Después de no sé cuánto tiempo finalmente veré a Amenadiel.  Si supiera con qué plan viene a verme estaría más tranquila, pero no sé si ponerme a la defensiva debido a cómo terminaron las cosas entre los dos.   Respira, maldición.  Me paseo por la habitación con la ropa en mi mano. Necesito un trago. Quiero un cigarro. Mierda. No estoy preparada para esto.  Por más que me he imaginado incontables veces un encuentro nuestro...jamás pensé que se llevaría a cabo tan pronto.  Me visto con las manos temblando. Lo consigo. Necesito tomar algo de alcohol, es por eso que decido ir a buscar algo que me quite la efímera ansiedad.  Tengo que relajarme para poder conversar con él.  El pantalón aprieta mis piernas, es un talle más chico. La blanca camisa me llega hasta las rodillas. Arremango las mangas y me tiro el cabello hacia atrás. Está larguísimo. Quiero cortármelo.  Estoy nerviosa, acelerada y tengo demasiados pensamientos que no me dejan ver con claridad.   Me dirijo a la puerta. Necesito beber.  La abro y salgo al pasillo con los pies descalzos, sintiendo el cosquilleo de la alfombra que se mete entre los tensos dedos.  Freno de golpe tras dar varios pasos. Por poco tropiezo en cuanto lo veo a él detener su caminar en mi dirección.  Se detiene mi aliento al ver sus inexpresivos ojos bicolor por el shock del momento. Tiene los labios entreabiertos, sorprendido. Respiramos con dificultad.   Falta oxígeno.  Ha aumentado el tamaño de sus brazos y sigue manteniendo su cabello al ras de su cabeza. Se ha dejado crecer la barba de su mandíbula y sigue vistiéndose de n***o. No le es fiel al color usual del Olimpo.  Siento como si el silencio del pasillo estuviera construido para un encuentro como aquel.  No soy capaz de articular palabra, mis labios tiemblan y mi visión se ve humedecida por las prontas lágrimas, logrando que su presencia se difumine un poco.  Tomo una bocanada de aire.  —Lo siento mucho —logro decir con la voz partida en pedazos.  Amenadiel cierra los ojos al escucharme. Su rostro tenso se relaja.  —¿Por qué? —pregunta, fingiendo que la angustia en su corazón no existe y forzándose por sonar calmo.  AMENADIEL.  Esa voz, esa voz es mi melodía favorita. Los vellos de mis brazos se erizan al oírla después de tanto tiempo. Como cuando escuchas una canción que no recordabas en absoluto pero que, cuando otra vez la oyes, vuelves a vivir aquel momento como si fuese la primera vez.  Observo su angelical rostro que me examina, asustada y atemorizada a lo que le pueda llegar a decir. Tiene las manos entrelazadas sobre su vientre, el cabello n***o húmedo echado hacia atrás y sus ojos avellana cristalizados que prometen romper en llanto en cualquier momento.  Sus mejillas, rosadas al igual que sus labios, me hacen recordar aquella noche en la que la hice mía frente a la chimenea de mi casa. Era la viva imagen de una diosa siendo poseída por la persona incorrecta.   Sentado en el sofá, ella sobre mi regazo con sus piernas a cada lado de las mias, logrando que cada movimiento sea único. Se movía con suavidad, subiendo y bajando conmigo en su interior. Recuerdo cuando sus uñas pintadas de n***o y con sus dedos decorados con anillos plateados, se clavaban salvajes sobre mis hombros, sujetándose para no caer,  Si tan solo ella supiera que jamás perdería el equilibrio conmigo. Le fui fiel incluido cuando ella escogió a otro.   El amor que le tengo fue incluso más grande que el rencor. Acepté perder sabiendo de antemano que lo que ella deseaba era la gloria, no a un simple hijo de Cupido que sólo supo amarla. Perdóname mi amor, no sé hacerlo de otra forma.    ARIA  No tuve tiempo a responder porque con dos pasos dados, Amenadiel se acercó a mí, me levantó del suelo. Sus labios estamparon contra los míos en un desesperado beso.  Sus fuertes manos encerraron mis muslos, sujetándome con posesión. Dios mío. La suavidad de su lengua, de su boca y el rose de su barba creciente me provoca miles de sensaciones que me impiden apartarme. No quiero hacerlo. Aunque su reacción me toma desprevenida.   Mis dedos se entierran en su cabeza, se pasean por su nuca y acarician sus mejillas. No quiero que se aparte. No quiero que se vaya.  No sabía que en mi vida faltaban sus besos hasta hoy.  Me adentra en la habitación. Nos falta el aliento. No importa. Mi corazón golpea contra mi pecho. Creo que moriré de la emoción.  Amenadiel. Mi Amenadiel. Lo lamento demasiado. Perdóname por favor.  De pronto me presiona contra una pared. Aparto mis labios de los suyos y logro mirarlo directo a los ojos. Tiene las pupilas dilatadas.  —Amenadiel...  —No. No quiero hablar. Quiero sentir —respira con dificultad —. No escuché a Pablo Alborán en vano.  —¿Qué?  Frunzo el ceño, pero este se disipa en cuanto vuelve besarme. Sus manos, inquietas, curiosas, desabrochan cada botón de la camisa empezando por la del cuello. Una necesidad que se vuelve sofocante. Tan aterrador como apasionante.  En cuanto desabrocha el ultimo botón, con una de sus manos la abre de par en par, dejando mi desnudes a su merced. Nuestros pechos suben y bajan en un ritmo desincronizado, pero por una misma razón que los enlaza.  —Puedes reinar donde desees, pero —levanta la mirada, sus ojos se clavan en los míos —, siempre serás la reina a la que deseo obedecer.  Paso mis dedos por su mentón. El corazón se me encoge y logro sonreírle a pesar de la nostalgia que me causan sus palabras. Dejo caer la frente contra la suya.  De pronto la adrenalina por poseer al otro se disipa poco a poco para que la tristeza de lo que alguna vez fue, regrese para abrazarnos a ambos.  —Tengo ganas de hacerte el amor —me confiesa, con la voz apagada —. Pero es más fuerte mis ganas de estar en tus brazos un rato más.  —No sé cómo sigues mirándome a la cara después de lo que te hice, Amenadiel.  Sus ojos miran hacia otro lado, evadiéndome por primera vez. Contengo el aliento un instante.  —Sé que lo que quieres yo no puedo dártelo, Aria. Tú quieres ascender, quieres ser una diosa a la cual rezar, caminar sobre el largo palacio del olimpo. En cambio, yo sólo puedo ofrecerte seguir en la tierra...conmigo —me baja al suelo poco a poco y nos quedamos frente a frente.  —Ya no sé si quiero ser una diosa del Olimpo —le respondo, desanimada —. Se marchitó la motivación desde que Dante me traicionó.  Lo veo tensar la mandíbula en cuanto se lo menciono. Me mira, apretando el interior de su mejilla.  Da un paso hacia mí. Mi espalda vuelve a chocar contra la pared una vez más.  —Se me terminaron las ganas de abrazarte —confiesa, seductor —. Te regresaré la motivación, Evans.  Toma mis manos y las une por encima de mi cabeza. Doy un respingo. Inclina su rostro hacia el mío y me regala una media sonrisa juguetona.   —¿Tu carita de niño bonito puede motivarme? —le pregunto entre besos.  Quería concentrarme en no guiarlo a la cama y hacer lo que hace tiempo no hago. Pero sus músculos abultados en sus brazos me lo hacen difícil.  Sin dejar de sonreírme y con sus manos encarcelando mis muñecas, comienza a llevarme poco a poco a la cama. Debo concentrarme por no tropezarme ya que estoy caminando hacia atrás como una tonta.   Me echo a reír.  —Tranquila, no voy a dejarte caer, Evans.  —Sé que no lo harás.  Mis gemelos tocan el borde de la cama. Libera mis manos y me toma las caderas. La camisa se abre más. La calidez de sus dedos subiendo a mi cintura provocan calor en mi vientre. La familiaridad de su tacto me deja sin aliento.  Cierro los ojos en cuanto su nariz roza la punta de la mía. De pronto esto se vuelve un jugueteo exhaustivo en cuanto sus labios rozan los míos, pero no llega a besarlos como me gustaría.   Una tortura innecesaria, pero excitante.  De pronto se aparta con brusquedad en cuanto mira con detenimiento mi vientre. Tiene los ojos bien abiertos, fijos en mi piel con cicatrices. Se produce un nudo en mi garganta.  Amenadiel menea la cabeza, confundido hasta que sus ojos bicolores miran los míos otra vez, pero sin expresión alguna.  De pronto me encuentro incomoda. No pensé que reaccionaria así por culpa de mis heridas. Sé que ahora mi piel es un plano de tajos horribles, pero eso no me hace una diosa...  —¿Aria estuviste embarazada?  Amenadiel Interrumpe mis pensamientos erróneos al oír su filada pregunta. Comienzo abrocharme la camisa con los dedos temblorosos y la mirada agachada.  —Creo que deberíamos irnos, Amenadiel —lo esquivo, deseando llegar a la puerta antes que él me alcance.  Se interpone en mi camino como un enorme muro colocándose frente a mí.  —Responde a mi pregunta, Aria —la dureza de su voz me hace sentir pequeña.  —No estoy lista para hablar Amenadiel.  —¿Era mío? —insiste, al borde de la desesperación —. Aria mírame. Por favor.  Hijo de Cupido, hijo del amor y la familia. Por supuesto que él iba a presentirlo.  Lo rodeo para llegar a la puerta y tomo la perilla de la misma. Mis ojos se ven nublados por las lágrimas. Siento que ahora está cayendo el peso de la verdad y que ya no puedo ocultarlo más.  —Por favor, quiero irme —le pido en un susurro, mirando la puerta.  —Aria...  —¡Sí, era tuyo Amenadiel! —le grito, dándome la vuelta para verlo a la cara —¡Era nuestro y Dante lo asesinó aquella noche cuando clavó la daga en mi vientre!¡Yo no sabía que estaba embarazada hasta que una hermana mía del Inframundo me lo dijo!  Amenadiel deja caer su cuerpo contra la pared. Tiene la mirada perdida y los labios entreabiertos, consternado. Se lleva las manos a la cabeza. Su rostro palidece.  Entonces reacciona y le pega un puñetazo de muerte a la pared, causando que los nudillos de su mano sangren al instante. Me sobresalto. Pega otro grito indescifrable y vuelve a golpear la pared, la cual se mancha de sangre.  Retrocedo al ver que está incontrolable.  —¡¡¡VOY A MATARTE DANTE!!!   Amenadiel grita una y otra vez
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