CAPÍTULO 13
No doy crédito a lo que mis ojos ven. Mi cuerpo es un manojo de nervios. No sé cómo reaccionar ante un caso así.
Es como si me hubiese congelado al ver a Amenadiel, sentado en el suelo con sus piernas flexionadas y sus codos apoyados en sus rodillas. Tiene las manos en el rostro y no distingo si está insultando a Dante o llorando el silencio.
Me acercó a él y me siento a su lado. Dejo caer mi cabeza en su hombro.
Ay no. Cierro los ojos con fuerza tratando de contener las lágrimas al oír como un sollozo escapa de la garganta de Amenadiel.
Lo rodeo rápidamente con los brazos, intentando consolarlo. Jamás lo vi llorar. Dios mío.
He conocido a un Amenadiel rudo, frio y sin carisma. Era de esos tipos a los que vez y te causan un miedo de infierno por más que sea atractivo. Pero ahora estoy conociendo otra faceta suya que me ha dejado helada.
Tengo ante mí a un Amenadiel sensible, con el corazón roto y con la guardia baja.
Tomo con cuidado su cabeza y lo atraigo hacia mi pecho. Sus lágrimas calientes mojan mi piel, metiéndose en mi escote.
—Lo siento, cuando estoy furioso lloro. No puedo evitarlo. Lo siento —se disculpa con una gran culpa acumulada en su voz.
Tomo su rostro rápidamente acunando en mis manos sus mejillas. Lo obligo a mirarme. Mi corazón se encoje al ver sus ojos rojizos y cristalinos.
—No quiero que vuelvas a disculparte cada vez que llores ¿está bien?
Asiente lentamente mientras deja caer su frente contra la mía.
—Te juro que le haré pagar por todo lo que sufriste. Cada herida marcada en tu vientre será multiplicada con un tajo en su rostro, Aria. Te lo juro —me promete con los dientes apretados.
—Lo sé, te juro que lo sé —susurro, besando cada parte de su rostro para eliminar todo signo de tristeza —. Yo también quiero que pague y lo hará.
Asiente con una confianza que me permite saber que todo estará bien y que se hará justicia.
Con él a mi lado recupero la fe que creí muerta en un cajón.
—Aria yo te...
Sus palabras se ven interrumpidas por el tono de llamada de su celular que vibra ruidosamente en su bolsillo delantero de su pantalón. Amenadiel gruñe. Estira la pierna para tomar el móvil, aprieta el botón rojo de la pantalla táctil y atiende llevándoselo a la oreja.
Me encanta porque toda esa secuencia la hace sin romper contacto visual conmigo.
—Hola Matt —lo saluda Amenadiel —. Sí. Está conmigo. Ya mismo salimos para la casa de Max. No ¿qué? Mierda.
Amenadiel se pone de pie de un salto y me ofrece su mano para ayudar a levantarme. La tomo y tira de mí. Corta la llamada y me mira, sorprendido.
—¿Qué te pasa?
Abre la boca para decir algo, pero nada sale de ella.
—Amenadiel dime.
—Perséfone capturó a Hera ¿verdad?
Mierda. Afirmo con la cabeza, deseando que aquello no haya sido un problema.
—Aria...no era Hera la que descendió al Inframundo. Fue Dante el que tomó la forma de su madre.
Retrocedo al instante. No. No mierda. No. Mamá...
¡Dejé a mi madre sola con Dante! Me llevo las manos a la cabeza. Debe ser una puta broma.
—¡¿Qué?! —exclamo, casi sin voz —¡No, maldición!¡¿Deje sola a mi madre con Dante?!
Amenadiel me toma por los hombros intentando calmarme, pero no puedo. No sabiendo que...
Mis ojos se pierden. Creo que estoy a punto de colapsar.
—¡Creí que era Hera!¡Eso explica por qué pude volver!¡Dante me mandó al Inframundo y fue la sangre de Dante quién me permitió salir!
—Utilizaste la sangre del que te envió al Inframundo —razona Amenadiel.
—¡Sí!¡Sí eso fue lo que hice! —tengo una piedra en el pecho —¡Lo tuve ante mis narices y no hice nada! —rompo en llanto a gritos, eufórica—¡Amenadiel lo tuve ante mí y no lo asesiné!¡No hice nada!¡Soy una imbécil impulsiva que no lo notó!
Las cartas se acaban de dar vuelta y ahora está todo en nuestra contra.
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Hago rugir el coche de mi hermano. De la guantera robo sus lentes de sol que, por cierto, me quedan fenomenal. Me observo por el espejo retrovisor.
Los ojos de Amenadiel están puestos sobre mí. Sé que está aterrado por la idea de que yo conduzca, pero necesito concentrarme en otra cosa que no sea en mi madre siendo manipulada por Dante.
Solo espero que Perséfone sea lo suficientemente fuerte como para que aguante a semejante idiota. Enciendo la radio y salgo del estacionamiento con cuidado.
—Aria... ¿podemos hablar sobre lo que pasó? —se anima a preguntar Amenadiel, revisando las calles, algo paranoico con que no atropelle a nadie.
—Cariño, puede que hayan exiliado a Perséfone y que ahora sea Dante quien tenga el dominio del Inframundo ¿crees que tengo ganas de hablarlo?
Lo oigo reír.
—¿Cariño? ¿En serio? No te queda.
—¿Sabes lo que sí me queda?
—¿Ropa interior de encaje blanca y dos coletas sujetando tu pelo n***o?
Mis mejillas se ruborizan al oírlo. Reprimo una sonrisa.
—Puede que sí. Puede que no —le echo un vistazo y vuelvo la mirada a la carretera —. Tendrías que averiguarlo.
Una de sus manos toma mi rodilla. Mis dedos se sujetan el volante con fuerza. Sus dedos suben por mi pierna y aprieta ligeramente mi muslo logrando que estos se entierren en él.
Del delicado apretón pasa a la caricia que no es para nada intima. Dice algo que las palabras no pueden decir. Se genera un nudo en mi garganta.
Es como si su mano corroborara que realmente estoy aquí y no en el Inframundo.
El resto del viaje a casa de Max es silencioso, como si aún procesáramos la información que nos había golpeado en la cara. Un fuerte golpe inesperado que había dado vuelta todo el tablero.
Finalmente doblo la calle y veo el portón que da a la casa de mi hermano. Solicito el ingreso y luego de varios segundos, este se abre de par en par.
Ingreso el coche con cuidado.
—¿Dante sabrá lo jodido que está por asesinar a nuestro primogénito?
Muerdo el interior de mi mejilla al oír la pregunta de Amenadiel.
—Se lo haremos saber. Espero que hayas elegido que parte de su cuerpo mutilar primero —le doy una breve mirada a través de los lentes de sol de mi hermano—, porque yo elegí el abdomen.