Zuly, Zuly, la voz se oía en la lejanía, pero esa Zuly ya no estaba más.
En su lugar Sara se había reincorporado, ella bostezó sin darse cuenta que había caído en un profundo sueño la noche antes.
Todavía vio sobre la mesita de noche la tarjeta de presentación de aquel tipo, se dijo para si, “ump, cree que me puede manipular, pero no lo conseguirá” dicho eso en voz alta, chasqueó la lengua.
Mientras que Sara peleaba en su interior por olvidarse de la “propuesta indecente” de aquel sujeto, ella no sabía que su supuesto verdugo, no era en sí su verdadero verdugo.
Leonardo Galván, registrado así hacia ya 23 años atrás, traía de arrastre su propio calvario. Y sin saber el mismo que al fijar él su corazón en Sara, estaba sentenciado a sufrir de por vida.
Cuando en medio de la noche, Sara soñó que estaba en una iglesia, era una boda y ella era la novia. No sabía que esto era pedazos de verdades escapados de su conciencia que le advertían de algo más grave en su camino.
Despertó sudorosa, miró para todos lados y se limpió el sudor de la frente. Tenía que verlo y decirle en su cara que no contara con ella.
Mientras tanto, a Leo no le iba tan bien. Él tenía un enfrentamiento crucial con el hombre que lo había criado como a su propio hijo.
—Leo, eres mi hijo, y eso nada ni nadie lo va a cambiar. ¡Menos un sirviente! —objetó Joe.
—¡Padre, Nostradamus no es cualquier sirviente! —le aclaró Leo.
—¡Lo considero mi familia! —enfatizó Leo.
—No es nada de ti —habló Joe a todo pulmón.
—¿No es nada mío?
—¿Lo dices porque no llevamos la misma sangre? —le cuestionó Leo, y Joe ya sabiendo por dónde iba la cosa, respondió con enojo.
—Cuidado lo que vas a decir, si tu queridísimo amigo habló demás, terminará por recibir su merecido.
—Dime padre, ¿me ves tan inútil como para no cuidar de mi mismo? Tienes que invadir mi privacidad, para tomar elección por mi? —los reproches de Leo estaban cargados de verdades.
—Siendo así, ante tus ojos no estoy apto para dirigir tus negocios. —con esto Leo trató de demostrar su insatisfacción. Dio la vuelta cortando la conversación.
Joe miró con desgano a Nostradamus, este estaba colgado con un mecate grueso de lo alto del umbral del edificio.
Nostradamus estaba golpeado hasta haber quedado inconsciente, pero sabía que justo ahora, era Leo quien estaba al otro lado de la línea.
—Señor Joe, crecí en tu casa, comí en tu mesa, no sabes cuánto aprecio tengo hacia Leo, por lo mismo me veo en la obligación de hablarle con la verdad. —dijo Nostradamus.
Joe se acercó más al moribundo y susurró en voz arrastrada lo siguiente:
—Está vez te soltaré, pero tenga mucho cuidado con lo que le dices a mi hijo, no tendrás otra oportunidad conmigo. —después de hacer esa amenaza salió del inmenso galerón.
Joe mandó a su asistente a soltar a Nostradamus, le ordenó enviarlo al hospital para curarlo de sus heridas graves, miró a su secuaz y dijo con severidad.
—Averigua donde esta esa chiquilla problemática y atrápala para mí —sus facciones estaban cargadas de enojo.
El haber escuchado a Leo y su amigo hablar de Sara, lo había llenado de indignación. Estaba dispuesto a desaparecer a Sara para que Leo se olvidara de ella.
Dos horas más tarde, el asistente de Joe volvió para darle la información acerca de Zoe, a cómo la conocían.
—Señor, la chica es de esta última cosecha, hace ocho años la estábamos preparando.
Ella a olía ser discreta y obediente, tanto así que resultó ser una de las mejores en sobresalir.
Como de repente pausara, Joe insistió en que continuara en dar la información completa.
—¿Y? Continúa —instó.
—En el día de la culminación, ella huyó señor.
—¿Qué dices? —las cejas de Joe se levantaron en señal de sorpresa.
—¿Hizo eso?
—Si señor.
—Porque no fui informado? —Barner su asistente hizo un claro gesto de incomodidad.
—¿Cómo sucedió esto? —preguntó con impaciencia.
—Que hizo Leo al respecto? —claramente su enojo fue visible.
—Señor, su hijo le había estado siguiendo las pistas y …
—¿Y?
—Señor, en los últimos años hubo casos similares, bueno, no tan similares —dijo de repente como haciendo memoria.
—Explíquese …
—Hubo otros incidentes parecidos y todo se ha manejado sin problema alguno.
—En contexto, la organización concluyó en que este caso se resolvería de manera definitiva sin dejar contratiempos.
—¡Pero no sucedió a como se confiaron! ¿No es así?
—Es que señor…
—Prosigue
—La mercancía falló en el momento en que debía desempeñar el trabajo, pero en todos los casos anteriores su hijo resolvió de manera rápida y sin ningún rodeos.
Se hizo una pausa de unos segundos y el asistente continuó después de tragar saliva.
—El señor Leo dio con la joven, pero la dejó ir.
—¿Qué? ¿Qué hizo qué? —preguntó con incredulidad.
—Leo no está apto para sustituirme, ¿no es así?
—Señor, nunca nadie lo igualará a usted. —el asistente lo dijo sin rodeos.
En ese momento Joe se sintió frustrado. Había querido que Catalina y el tuviera a su propio hijo, pero ella no se embarazó.
En el fondo de su corazón resentía por no tener a un hijo de su misma sangre.
Hizo un gesto con la mano para que su asistente lo dejara solo y luego se dejó caer en el asiento giratorio. En ese momento su mente que de por sí ya estaba paranoico, establecer ideas retrógradas.
—Catalina, Catalina —. Se dijo mirando con una mirada perdida.
—Quizás sea hora de cambiarte por una mujer joven y más eficaz para darme a un hijo de mi sangre —. Suspiró profundamente.
Después de haber estado solo pensativo por casi horas, llamó a Barner su asistente, le dijo:
—Muéstrame a la joven.
—Señor, sería por fotos y videos, ella aún está libre por allí.
—Por supuesto que lo sé. Quiero ver quién es para dejarme intrigado.
—Si señor, ahora mismo —prometió Barner acercándose a la computadora en el escritorio y encender el monitor.
Después de un breve tiempo, el asistente le mostró una fotografía reciente de la noche de la cosecha, a como llamarán ellos, y dijo:
—Es ella, señor.
En la imagen, se veía la juventud en su plenitud, un rostro ovalado, ojos chispeantes, nariz respingada y alta. Sus labios bien formados en forma de corazón, era como si invitara a probarse.
Desde el momento en que viera el rostro de Sara, Joe se sintió expresamente emocionado, su cuerpo vibró como hoja seca.
—¡Encuéntrela y tráela! —ordenó con ojos lleno de lujuria.
Habría que ver si él caía en su propia tumba cavada.