Superior

1258 Words
Había un silencio en el ambiente, Nostradamus quería hablar, pero hace rato Leo, su jefe le había hecho cerrar la boca. El solo suspiraba de vez en cuando mirando hacia el horizonte. Leonardo Galván venía aquí cada vez que tenía algo importante sobre las manos, y su chofer y amigo de toda una vida, no sabía que era lo importante. Si ya en momentos cruciales, anteriormente, Leo se deshacía de “sus productos” llámese así a las chicas a quienes preparaban para fines de trabajos pocos estimados o gratificantes. Leo estaba en transición, su padrastro, Joe Galván le estaba transfiriendo todos los negocios a sus manos, su padrastro era un hombre de carácter dudoso, sobre todo con una reputación negativa muy legendaria. Cuando Leo era joven, el señor Joe trajo a Nostradamus para que fuera su compañero de juegos, de alguna manera, Nostradamus y Leo congeniaron muy bien. Antes de Nostradamus, Joe había traído a más de una docena de chicos, pero Leo no había abierto su corazón a los pequeños, Leo no sabía que el hecho de que él no se abriera con estos chicos los sentenciaba, su padrastro los mandaba a la guillotina sin pensarlo dos veces. Hasta que un día después que se conectara a Nostradamus, su madre le dijo: —Leo, jamás contradigas a mi esposo, si te perdonó la vida fue porque yo prometí que si te pasaba algo, yo moriría contigo. Y entonces, su madre Catalina, le contó que aquellos niños que no lograron ser su amigo de juegos, todos habían sido asesinados. Leo era un hombre muy joven todavía, pero estaba traumatizado por las violencias que tuvo que ver pasar ante sus ojos, el manejaba las verdades que se suscitaban en la organización creada por su padrastro, pero no tenía peso ni voz para revertir el mal. Y de alguna manera le molestaba, le dolía que Zuly, en este caso Sara le reprochara. Así como tampoco podía explicarle la verdad a ella. Quería gritarle la verdad, que todo ello no era su culpa, el tan solo fue un peón más que fuera arrastrado ante semejante corriente. La madre de Leo fue raptada por el hombre, quien después de que acabara con la vida del padre de Leo, procuró quedarse con Catalina, la madre de Leo ya estaba embarazada de Leo cuando fue raptada. Así que por cuestiones y caprichos de la vida, cuando Joe quiso provocarle un aborto, ella suplicó que no le hiciera eso, que viviría junto a él sin hacer algo para liberarse, pero que no lo dejara sin su hijo. Joe Galván aceptó, pero le dejó claro, que Leo debía ser su hijo, actuar como su hijo y nunca traicionarlo. Cuando Leo ya entendía las cosas, Catalina le habló acerca de la situación en la que ellos estaban, también le dijo que Joe no era su verdadero padre, pero que debía tratarlo como si lo fuera, le dijo también que nunca debía intentar ir en su contra. Si Leo no se había ido lejos, era por su madre. Él era el consuelo de su madre y no quería abandonarle a su suerte. Joe, quien era depravado, cruel y nada amable con el resto del mundo, en casa era otro hombre. Joe siempre trató a Leo como a un hijo, y hacía ya tres años que había pedido que interviniera en los asuntos internos de la organización letal que dirigía. Pasa que Joe buscaba dos cosas con esto; primero, que su hijo, porque así lo veía a Leo, empezara a manejar sus negocios, y segundo, él quería dedicarse más a vivir una vida común al lado de su mujer, Catalina. No sabía que en todo este tiempo, Catalina lo dejaba acercarse solo para mantener a su hijo a salvo y que nunca dejó de odiarlo por haber acabado con la vida de su esposo. Había deudas que jamás se saldaban, y esta era una de esas. —Leo, ¿te gusta ella? —Leo levantó la mirada para ver a su viejo amigo de infancia. —¿Quieres morir? —amenazó, aunque su misma voz interior no se apagaba desde la vez que la vio llegar después de pelear contra animales salvajes toda la noche. A él le gustaba ella, pero por alguna razón creía que el amor solo traía dolor. Cuando era más pequeño, solía despertar por las noches por el llanto amargo de su madre, ella lloraba añorando a su verdadero padre, a pesar que en el día parecía aceptar la vida que tenía. —No repitas eso —dijo y agachó la cabeza de nuevo. —¿Entonces? ¿Me vas a decir que hacemos aquí? —regañó Nostradamus. —Leo le había apodado el nombre a su amigo así, “Nostradamus” porque para él, él era el que le despejaba todas sus dudas. —No sé qué me pasa con ella, algo me dice siempre, “aléjate” pero cada vez quiero estar más cerca de ella. —¡Ella te gusta! —profesó Nostradamus. —No es bueno, ¿sabes? —¡Si lo sé, maldita sea! —Por eso fui frío cuando Graham me pidió hacerla suya, aunque todo mi ser gritaba que no. —terminó confesando Leo. —¡Aún así! Hay algo todavía más grave —aseveró el conductor. —¿Vas a mandarla a ejecutar las muertes pendientes con ella? —Leo suspiró. —Si no lo haces, tu padre Joe puede molestarse contigo —recordó Nostradamus. —No quiero, pero también quiero. —¿Cómo? —preguntó curioso. —Ella ha sido la mejor entre todas las que se han graduado, me gustaría ver que ejecute todo su conocimiento en esto. —Es violencia, Leo —le recordó Nostradamus. —Lo sé, pero ya sabes, mueren personas que se lo merecen. —Eso es lo que te han hecho creer, pero quién es otro ser humano para elegir quien debe morir? ¿No te cuestionas? —dijo Nostradamus mirando a Leo con aseveración. —Ese hombre te está pasando su legado, ¿Estás de acuerdo en seguir sus pisadas? —Leo miró a Nostradamus con ojos inquisidores. —¿Qué debería hacer? —preguntó de pronto. —Estás dejando olvidado a tu verdadero padre, Leo. —¡Murió antes que yo naciera! ¿Lo olvidaste? —¡Si! Y es tu deber mantener su legado a flote, Leo. —concientizó Nostradamus. Leo no sabía que todavía su padrastro lo vigilaba, así que no sabía que en frente del auto y dentro había micrófono que escuchaba todas sus conversaciones. Ese día, después que llegaron, Leo no quiso cenar, subió a su habitación, y Nostradamus se fue a su propia habitación en la planta baja, al día siguiente no se presentó a trabajar, Leo estaba esperándolo, pero llegó otro suplente. Frunció el ceño Leo, luego preguntó. —¿Por qué estás aquí? —Voy a ser tu conductor el día de hoy y el resto de esta semana. Leo sintió un escalofrío recorrer toda su espina dorsal, el preveó lo peor al no ver a Nostradamus. —Te quiero fuera! —ordenó Leo, se volvió hacia el interior del edificio y marcó el número de Nostradamus. Luego llamó a Joe y preguntó por su amigo sin filtros. Joe se echó una risa sarcástica, él había escuchado la conversación de Leo y su amigo de infancia, no le gustó que Nostradamus le hiciera querer despertar su conciencia a Leo, por eso mismo, ahora mismo lo tenía colgado delante de él.
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