—¿Ya terminaste de mirar? —dijo aquel sujeto. Como no le respondiera, el me miró, yo sentía sus ojos perforando mi espalda.
—¿No hablas ahora? —dijo de forma sarcástica e impaciente.
—Cuando me tomaste por hablador? —devolví con otra pregunta a su pregunta.
—Jaja —se rió, sentí su risa siendo tosca, burlona.
—No suelo perder el tiempo hablando con personas, pero estoy haciendo la excepción contigo —dijo mirándome con ojos inocentes.
—No soy tan bueno como aparento —pero sentí tanta rabia que le grité en su cara.
—¿Quién te ha mentido? ¡Eh! —lo miré con odio desmedido.
—Quien te miente diciendo que aparentas ser bueno.
—¡Tu no eres bueno, tampoco pareces ser alguien bueno! —seguí recriminando.
Mientras tanto, él seguía mostrando una sonrisa tosca, mostrando sus perfectos dientes.
—Haré un trato contigo —dijo.
—Te soltaré, te brindaré comodidad, y tú trabajarás conmigo, tú serás…
—¿Cuál ojo me arrancarás? —pregunté y él entendió que yo estaba siendo sarcástica.
—Hagamos un trato entre tú y yo, y luego…
—Cuando lo cumplas, serás libre.
—¡Soy libre! Por si no lo sabes! —grité de nuevo.
El se acomodó, y me sonrió, a mi parecer era un hombre atractivo, joven, demasiado joven para ser la cabecilla de una organización dedicada a la desgracia de tantas familias.
—No eres libre —dijo con voz grave —nos debes tu preparación, nos debes trabajo, y hasta entonces te dejaré ir.
—Y será si sobrevives en el proceso —lo miré sin expresión alguna. Entonces él me tocó un mechón de cabello para acomodar detrás de mi oreja, por instinto o por lo que sea, tomé de su brazo y le retorcí, de un momento a otro lo tenía debajo de mi asfixiándolo.
El conductor debió darse cuenta, detuvo el auto y vino a su ayuda, o al menos vino en el intento por quitarme de encima, pero lo neutralicé con un pies.
El hombre cayó en el suelo tratando de respirar, le había dado en la yugular en su arteria principal, estaba en un ataque como si tuviera un ataque epiléptico.
El monstruo a quien yo mantenía debajo de mi, en un momento dado, soltó la voz y me dijo:
—Por favor, no lo dejes morir. ¿Estaba pidiendo clemencia por su chofer? Me estaba preguntando, ya que él era para mí un ser sin alma.
Lo solté lentamente y me bajé del coche, miré al tipo que estaba en el suelo aún con el ataque de epilepsia, sin medir, me acerqué y le di un golpecito con dos dedos en su cuello haciendo restablecerse.
Me miró cansado, sus ojos desorbitados, yo lo miré sin expresión.
—Casi me matas —dijo el hombre que seguía en el suelo.
—No vuelvas a atacarme por detrás si no quieres volver a pasar esto —alguien me apuntaba con un arma, era el hombre a quien también casi lo mando a visitar a san Pedro.
—“Dispara” —hice la invitación, para mí, mi vida ya no valía nada.
Hace mucho que perdí a mis padres, sola y perseguida, el mejor remedio que tenía adelante, era que me matara.
Pero vi en los ojos de aquel sujeto que titubeara, se acercó a mí y yo le tomé el cañón de la pistola y lo llevé a mi frente.
—Dale, dispara —él endureció la mandíbula y me abrazó fuerte.
—No, no lo haré. Debes pagar ocho años de inversión en ti —dijo con enojo.
El hombre que estaba en el suelo, su conductor, alzó la voz y dijo a gritos.
—¡Es peligrosa, mátala!
—¡Cállate, cállate! —enfatizó el primero.
—¡Pero Leo, ella es peligrosa!
—No es peligrosa, solo es una gatita asustada —volvió a sonreír y me miró y la seriedad regresó a su rostro.
—¿Gatita? No me llames despectivamente o si no …
—¿O si no qué? —sentí como si me retara.
—Puedo llegar a ser la piedra en tu zapato —dije mostrando una sonrisa fingida.
—lo que se estorba, se elimina —sus palabras eran amenazas, pero por alguna razón yo no tenía miedo a eso.
—¡Elimíname entonces! —dije eso y me acerqué tanto como pude.
El ya había guardado el arma, pero podía sacarla y darme un disparo certero entre ceja y ceja.
—No temes a la muerte —lo dijo como si eso lo pusiera en desventaja.
—¿Quién amaría la miseria que me dejaste?
—Y quien ha perdido todo, ya no tiene nada que perder —agudicé mis palabras.
—La vida, eso es lo valioso —dijo el tal Leo en una voz magnética y fuerte.
Mientras mi mente trataba de entender sus últimas palabras, él, quien era él para decir eso precisamente.
Ellos eran mensajeros de las desgracias, ¿como podía decir eso?
—Cállate, ensucias el aire al hablar —reproché.
—Una persona como tú que le arrebata la vida a los seres queridos, arruinas familias enteras, osas decir que la “vida” ¿es valiosa? —me reí.
—No debes juzgar sin conocer la verdad en su totalidad —gruñó mientras me lanzaba una tarjeta de presentación.
—Nos veremos en tres días en este restaurante, es para hablar acerca de nuestro convenio.
—No habrá convenio —aseguré con hostilidad.
—Jefe, estás siendo muy suave esta vez. Por qué no le das un escarmiento a esta rebelde? —cuestionó el chofer del sujeto.
—Nostradamus, ya te lo dije, no te metas —el tipo hizo un gesto y caminó alejándose. Yo miré al sujeto llamado Leo y le advertí.
—Deberías hacerle caso a tu amigo —sonreí y le mostré mis dientes —, no soy buena cosa, si me conocieras bien lo sabrías.