Un buen trato no se desperdicia

1318 Words
Después de una semana de estar perdida, finalmente aparecí de nuevo en el puesto de comida callejero. Siempre la desconfianza ha sido parte de mí desde que fuera arrebatada de mi núcleo familiar. Ahora, hasta no estar segura, no acostumbro confiar en las personas, para ello tendría que pasar muchas cosas, como que el tiempo me muestre a las personas tal cual son. Aquel paisaje pintaba un atardecer de otoño, cerca del puesto callejero había una fila de árboles otoñales, se revestía de un tono anaranjado rojizo, era espectacular a mis ojos. Vi a aquel hombre estar atendiendo su negocio, había tenido algo de demanda de comensales. Mi estómago rugió y ya no pude esperar más para acercarme. Al verme habló en un tono algo ligero. —¡Oh eres tú! Mi guardiana —yo solo caminé al frente y ojeé la variedad de la comida. —¿Y es que no saludas? —reclamó como si importara eso. —Quiero alimentarme primero —aludí a su pegajosa conversación. —Toma todo lo que quiera, lo que guste —dijo el vendedor callejero, me pareció que era muy fingido sus palabras. Lo miré con escudriño, y es que yo había bajado la guardia con este hombre, porque pensé que podía ser alguien agradecido. —¡Cuidado! —le advertí — , ¡Quien me traiciona no vive para contarlo! —el hombre se rio con una arrogancia tal que, me sentí que toda mi inteligencia me lo habían drenado. —¡Me traicionaste! —le susurré acercándome a su oído. —Y eso se paga con la muerte —espeté. Aquel tipo se equivocó al creer que yo era su víctima, se rió con mesura y me dijo: —Si te vendí a ellos, ¿Qué harás al respecto? —supe en ese momento que no era solo que me haya delatado ante la policía, sino que eran ante ellos, mis verdugos. Di unas volteretas y empecé a patear las vitrinas llenas de comida, todo se caía al suelo, y el semblante de aquel sujeto, no se veía nada feliz. —¡Tu! —dijo apuntándome con el dedo. En ese momento le lancé un certero golpe de patada en su espalda y le hice doblar. Tomé la caja completa del dinero de la venta y me largué cruzando la calle. Había huido del lugar, solo había ido por un plato de comida, pero él no estaba dispuesto a quitarme el hambre, era lo menos que podía hacer por mí después de haberlo ayudado, pero era un mal agradecido de lo peor. En el hotel de mala muerte donde me fui a alojar. Vi las noticias cuando pasé por la recepción, funcionaba un televisor viejo, por allí vi dar su entrevista el sujeto malagradecido, él dijo unas sartas de mentiras, sin embargo no mencionó el hecho de que fui yo esta vez que le destruyera su local. Sería porque sabía sus tretas, pensé . Él era un bastardo, murmuré en voz baja mi inconformidad y me fui para la habitación. Me acosté en la vieja cama de resortes, quedé pensativa, por dónde empezaría para mejorar esta vida que trataba de recuperar. Di varias vueltas en la cama, este era de superficie dura, sabía que no sería fácil restablecer mi vida de nuevo, a sabiendas que tenía gente malvada pisando mis talones. El recordar el día en que me raptaron, la crueldad con que atacaron a mi familia, mi corazón se puso realmente triste y a la vez me llenó de un odio que sentía que carcomía el alma. Sin darme cuenta, las lágrimas mojaron mi rostro, sentí como si me quemara la piel del rostro. Como una niña pequeña, me dormí hasta quedar sin lágrimas, hasta que unos golpes en la puerta me despertaron, salté ágilmente y corrí a la puerta, miré por la rendija de la puerta, solo para darme cuenta que ellos estaban ahí. “¡Oh!” Grité. El pánico se apoderó de mí. Sabía que si me atrapaban, no me iría bien. Me acerqué a la ventana, solo para ver que afuera me esperaban una decena de hombres vestidos de uniforme n***o. ¡Rayos! —murmuré con disgusto. En ese justo momento, la puerta fue derivada y se expuso ante mis ojos tres hombres altos, musculosos, y muy mal encarados. —¡Qué quieren! —pregunté en un grito sórdido. —Te llevaremos de vuelta a casa —respondió el de en medio. —¿Casa? ¿Se burlan de mí coeficiente intelectual? —No me arrebataron ustedes mi hogar, a mis padres? —reclamé llena de disgusto. —Que guardado te lo tenías todas tus insatisfacciones —musitó uno de los hombres que entraran a la habitación. Parecía tener mayor rango. El me miró y sonrió de una forma burlona. —Pues me habrían eliminado junto a mi familia para no recordar el daño que me han provocado —dije mirándolo sin apartar la vista. El hombre hizo una mueca desdeñosa y dijo: —Es verdad que sobresaliste en todos estos años en que te cultiváramos, pero no te creas demasiado especial de ti mismo —sus palabras eran de infravaloración, pero solo yo sabía que de que era capaz. —Si no soy tan valorado, ¿qué hacen buscando dar conmigo? —dije mostrando los dientes. —Eliminaste a uno de los nuestros, ¿que te hace pensar que no es por dejar un castigo sustancial que te buscamos? —su respiración era ruidosa, se veía que estaba fuera de sus casillas. —Si pudiera, yo mismo te mataría aquí y ahora. —¡¿Y qué esperas?! —reburbujeé. No le tenía miedo. Es más, no sentía ni una pizca de miedo en esta gente. Si todo este tiempo se atrevieron a alimentarme, a criarme, era porque algo de mí querían lograr y al contrario, yo no los necesitaba. —Hay tantas como tú —dijo el tipejo. —Si, pero lista, no hay todavía, lista como yo, no sé si habrá. Corrió hacia mí y me tomó del cuello, apretó, casi sus ojos querían salírseles del cuenco. Lo miré con una mirada penetrante, me provocaba tan solo asco, pero jamás lograría doblegarme. —Terminarás en un burdel de mala muerte —sentenció. Luego me soltó de un momento a otro. —Oye idiota, todo el que sube, tiene que bajar. —dicho eso, sonreí y di la vuelta, él me miró con enojo desmedido, corrió hacia mí a grandes pasos para darme una tundra, pero fue detenido por uno que recién llegara. La voz del hombre se escuchó sereno, sin embargo me miró de una forma que no podría describir. Parecía que sus ojos fuesen rayos x que buscara sacarme fuera todos mis pensamientos. —Ya te he dicho, no discutas con las féminas. —Pero … —Ella no es una mujer, no se le puede llamar una como tal, es una salvaje, una rebelde, es una … Al ver la mirada fría del recién llegado, se doblegó y me miró de reojo. —Inútil —lo llamé con todas sus letras. —¡Tu! —¿Qué es un hombre sin nada de control? —dije pasando por su lado. —Arrr, te mataré —gruñó. —En tus pesadillas, lo querrías, pero no se puede —seguí provocando mientras pude, porque entonces el recién aparecido dio una orden. —Tráela conmigo —obedientes me condujeron a un auto cuatro por cuatro, blindado, negr0. Ya adentro, ninguno formulamos palabra alguna, seguí en silencio, no mostré ninguna emoción. —Entonces, Flor, ¿quieres tu libertad? —no dije nada de inmediato, sino que miré afuera de la ventanilla y suspiré. Era más que mi libertad lo que yo quería, era mi venganza hacia todos los que me arrebataron a mis padres, a mi hermano y hasta mi propia vida.
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