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1001 Words
Pasó una hora y la pareja se escuchaba que hablaban muy acaramelados. Su mano lastimada ya comenzaba a dolerle a Abril, pues, su hora de tomar el medicamento había llegado y ella aún encerrada. Alejandro parece que tuvo compasión de ella y le pidió a su prometida que fuera a la cocina y pidiera que le trajeran fruta picada. En ese momento, Abril salió de su escondite sin siquiera voltear a ver al hombre acostado en la cama; sin embargo, él la hizo detenerse. —Lamento haber mentido al decir que no amo a mi prometida. La verdad es que, nos conocemos desde jóvenes y nuestro amor cada día crece más. —Eso a mí es algo que no me importa en lo absoluto, pero siempre te daré mis más sinceras felicitaciones—. Expresó para luego alejarse. Más tarde también llegaron sus amigos y desde entonces Abril no volvió a salir de su habitación para que nadie descubriera que viven en la misma casa y fingen no conocerse. —Puedes venir un momento, por favor—. Pidió Alejandro en un mensaje de texto. —¿Qué quieres?— Respondió tajante. —No me contestes de esa manera. Te recuerdo que eres mi sirvienta y tu deber es atenderme cuando tu condición lo permita. Necesito tomar el medicamento, pero no lo alcanzo. Ayúdame, te lo ruego, tú solo tienes una mano lastimada, en cambio, yo tengo mi pierna fracturada. —Pídele a tu prometida que lo haga. Para tu mayor información, yo tengo el permiso de tus padres para guardar reposo, no es mi responsabilidad atenderte. —Ella no está aquí. Ahora que lo pienso, debería de decirle que se venga a vivir conmigo mientras estoy convaleciente. —Ahora voy—. Respondió Abril, de inmediato. ¿Acaso teme que Alejandro esté hablando en serio? Alejandro sonrió al verla entrar. —¿De qué te ríes?— Le cuestionó. —Estaba a punto de levantarme y arrastrarme para alcanzar las pastillas, me alegro de que estés dispuesta a ayudarme cuando también estás lastimada. —Extraño mucho a mi madrina y, me siento muy sola al no tener con quién hablar—. Confesó Abril. Segundos después se arrepintió de lo dicho. —Yo estoy aquí, puedes venir y hablar conmigo en cualquier momento. Es más, siéntate, te contaré cómo van las investigaciones sobre el accidente. Alejandro le hizo espacio a su lado en la cama. Ella, interesada por saber lo que habían descubierto, aceptó sentarse a su lado. Total, su cercanía ya no significaba peligro. —Se supone que no fue un accidente. Todo fue planeado. —¿Tantos enemigos tienen ustedes? Un secuestro, un accidente, ¿qué más hace falta que suceda en tu entorno? Y lo peor es que en ambos casos he estado contigo. —Lo sé. Y por eso te lo estoy contando, porque a ambos nos concierne. Y, en respuesta a tu inquietante pregunta, te puedo asegurar que ya no serás víctima. Si a mí me vuelve a suceder algo, ya lo has dejado claro que nos mantendremos al margen el uno del otro. ¿Sabes qué? Me gusta lo que has decidido. Gabriela merece su lugar en esta casa como mi futura esposa y se lo daré. —Abril… ¿Abril? La chica se había quedado dormida estando sentada en la cama. Él tomó una almohada y la colocó detrás de ella para que quedara más cómoda. Le dio un beso en la frente y se quedó a admirarla mientras ella dormía, hasta que también se contagió y cerró sus ojos en un sueño profundo. Cuando la chica despertó y se dio cuenta del lugar, la persona con quien estaba se asustó y de inmediato se fue a su habitación, maldiciendo por haber cometido ese gran error que pudo haber sido visto por cualquiera que llegara. Dos meses después, ya todo estaba en su normalidad y cada uno retomó su puesto en el trabajo, los padres de Alejandro continuaron con su vida en casa y así sucesivamente. Entre Alejandro y Abril se ha creado una brecha significativa. Y es que, en varias ocasiones, ha visto que su amigo le llama y habla por largas horas cuando está en casa. Incluso, cada vez que el grupo se reúne, él le dice que las cosas van muy bien con su chica. Él ama poner celoso a Alejandro. —Alejandro estaba sumergido en un par de documentos cuando alguien llamó en la puerta. Suspiró al imaginar que se trata de Gabriela, ya que, últimamente, no lo deja ni trabajar en paz. —Adelante— —Buenas tardes, señor Alvarado. ¿La señorita Abril se encuentra aquí? Preguntó un mensajero, este carga un ramo de flores en sus manos y se nota preocupado. —Esta no es su oficina. Ve y búscala en la suya. Ordenó, aflojando la corbata que en ese momento le ahorcaba. —Ella no está en su oficina. Quien le envía el detalle me pidió que, si no la encontraba, podía dejar esto en la oficina de presidencia para que ella lo recoja luego. —Está bien, puedes dejarlo. El mensajero le pidió que firmara el recibo y le entregó aquel bello ramo de flores. El olor era tremendamente delicioso y Alejandro no lo soportaba. Al nomás salir el hombre, tomó la tarjeta y en su mente remedó cada una de aquellas palabras que allí se encontraban escritas y dedicadas precisamente a la hermosa Abril por parte de Alberto. Sí, su propio amigo le estaba enamorando a la mujer que él conoció primero. En un impulso de celos, convirtió en añicos aquella tarjeta y lanzó a la basura el ramo de flores. Minutos después llegó Abril para entregar un informe. Ajena a lo que había sucedido, de reojo vio el detalle en la basura. Su corazón dolió, pero a la vez sonrió al pensar que había sido comprado para Gabriela y que seguramente Alejandro se había arrepentido y no tuvo el valor de entregárselas.
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