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Ocho Días

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El sexto volumen de la serie de Los misterios de Slim Hardy.

Después de casi un año fuera de juego, el antiguo soldado convertido en detective privado John «Slim» Hardy asume tras su liberación lo que cree que será un caso sencillo en el tranquilo pueblo de Launceston, en Devonshire. La desaparición en misteriosas circunstancias de la colegiala Emily Martín desorientó a la policía. Ocho días después, su repentina reaparición le dejó igualmente perpleja. Aparentemente ilesa, Emily afirmó no recordar nada de su período de s*******o y, con el tiempo, la investigación se abandonó.

Dos años después, al irse destruyendo su relación con su hija, la desesperada madre de Emily, Georgia, recurre a Slim en busca de respuestas.

Esos ocho días perdida han cambiado a Emily, hasta el punto de que Georgia incluso se pregunta si es realmente su hija…

Del autor de “El hombre y el mar” y “El secreto del relojero”, llega otro sorprendente misterio, que mantendrá la incertidumbre hasta la última página.

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Chapter 1
Cada día podía ser un nuevo comienzo, pensó Slim mientras la puerta se cerraba detrás de él, dejándole experimentar a solas su primera bocanada como un hombre libre en casi ocho meses. Era asimismo una bocanada fría: era el marzo más gélido que podía recordar, y para colmo, a sus cuarenta y ocho años, ahora tenía un historial criminal comparable al de su carrera militar. Cada día podía ser un nuevo comienzo o la vuelta a un pasado caótico, un tren desvencijado retirado de una vía muerta y mandado a la ferrovía para un último viaje lamentable. Una cosa o la otra, parecía decir el brillante sol en lo alto. Elige tú. Y eso hizo Slim. Palpó la carta que llevaba en el bolsillo de su abrigo y empezó a bajar la calle, alejándose de la entrada de la prisión, alejándose de sus problemas y alejándose de una reputación hecha trizas y de un negocio arruinado. Ocho meses dentro solo le habían ayudado a una cosa: fue capaz de pasar por delante de tres bares sin apenas mirarlos, habiendo conseguido al fin un periodo largo de abstinencia. Pero sin el alcohol sentía un vacío interior, algo que tenía que llenar. Una cuerda alrededor del cuello lo arreglaría, acabando con cualquier pretensión de recuperación, cualquier vana esperanza de poder salvar algo de entre las brasas de su vida. Pero, pensó con una sonrisa burlona, eso decepcionaría a los tipos a los que les gusta una buena pelea, a los que animan al perdedor. Y uno de esos tipos era el propio Slim. En una parada de autobús al final de la calle, tomó un autobús hasta el centro del pueblo y allí se subió a un tren camino de Exeter. Desde Exeter St. Davids caminó hasta la estación de autobuses y tomó uno de la National Express a Cornualles. A las seis y diez de un martes lluvioso de marzo, bajó del autobús en la parada de Westgate Street en Launceston, Cornualles, al otro lado de la calle de una peluquería cerrada y una freiduría vacía, con sus luces lanzando un brillo tenue sobre la calle. Mientras permanecía allí en pie viendo irse el autobús, se encendió una luz en el interior de un Ford estacionado algo más arriba en la calle. La ventana del conductor bajó y se asomó un hombre calvo de mediana edad. —Perdone, ¿es usted John Hardy? Slim levantó una mano mientras cruzaba la calle. —Encantado de conocerlo —dijo, extendiendo una mano mientras el hombre salía del coche, abriéndose a la vez un paraguas sobre él, como si fuera una mariposa que salía de su c*****o—, pero la mayoría de la gente me llama Slim. —Slim —dijo el hombre, dándole la mano a Slim y acompañándolo luego al lado del copiloto, sin dejarlo ir, tal vez temiendo que Slim pudiera disolverse en la noche—. Gracias por venir. Georgia casi no podía creérselo cuando recibimos su carta. —Sigo teniendo la suya —dijo Slim—. Me llegó en un mal momento. —Se tocó el bolsillo, sintiendo el papel arrugado en su interior. Slim subió al coche y el hombre le cerró la puerta. El interior estaba limpio, pero olía a pescado con patatas y el olor caliente y aceitoso hizo que el estómago de Slim gruñera. —Lo siento, no pude evitarlo —dijo el hombre, subiendo al coche y sacudiendo el paraguas a sus pies. Hizo un gesto con la cabeza indicando una barqueta en un portavasos, la quitó y la puso en una bolsa de plástico—. Un capricho, me temo. No se lo diga a Georgia, ¿vale? Ha preparado algo mucho más exótico. Slim encogió lo hombros. —Bueno, el autobús llegó diez minutos tarde. No puedo pretender que usted pase hambre por mi culpa. —El hombre rio entre dientes, como si las palabras de Slim hubieran sellado su hermandad—. Supongo que usted es James Martin —dijo Slim mientras el hombre desaparcaba y aceleraba suavemente por la calle vacía. —Sí… Le pido perdón. Me temo que me cuesta considerarme como partícipe en todo esto. En realidad, es cosa de Georgia. Me limito a seguirle el juego, haciendo de conductor y todo eso. Fue idea suya contactar con usted. Sé que tiene sus temores y todo eso, pero, verá, yo siempre he considerado el misterio resuelto. Después de todo, Emily regresó.

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