Un día, mientras andaba curioseando en la biblioteca polvorienta de la mansión, Amaya encuentra un diario viejísimo, todo amarillento y con la tapa medio roída por el tiempo. Siente como un cosquilleo cuando lo agarra con manos temblorosas.
El diario parece tener onda con ella de algún modo. Lo abre despacito, como si fuera a romperse, y las palabras escritas con tinta gastada están re ansiosas por ser descubiertas.
"¿Será parte de mi historia?", se pregunta en voz baja mientras se sumerge en las páginas que están llenas de secretos. Las palabras la llevan a un viaje que parece re familiar, como si fueran sus pensamientos escritos en papel.
Cada página es como una ventana a un pasado que podría haber sido suyo. Hay historias de amistad, amor, sueños y bardo entre líneas escritas con esa caligrafía antigua.
Amaya está ahí, pegada al diario, leyendo cosas que le suenan pero que al mismo tiempo le resultan lejanas. Las páginas cuentan momentos con personas que le hacen eco en lo más profundo: Adam, Lucas, Sarah, Alejandro... y Emma.
"Emma", dice bajito, y siente una onda rara. Ese nombre le sacude algo por adentro, como una identidad que no está segura de querer recordar.
Las palabras del diario la llevan por un camino lleno de recuerdos que todavía no han encontrado su lugar en su cabeza. La conexión entre el diario y ella es heavy, como si fuera una parte de su propia esencia.
Y de repente, entre palabras medio borrosas, encuentra un pasaje que la re llama la atención: "La verdad está en el jardín de atrás".
Esa frase queda resonando en su cabeza. ¿Podrían estar las respuestas entre las plantas y la oscuridad de ese jardín? La curiosidad le gana al misterio, y decide seguir las pistas que encuentra entre las páginas gastadas del diario.
Con el diario en la mano y una intriga que no la suelta, se dirige hacia el jardín de atrás, con la sensación de que está a punto de encontrar un secreto que va a cambiar todo lo que pensaba que sabía sobre sí misma.
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Amaya agarra la carta dirigida a "Emma" con manos que le tiemblan de la emoción. El papel re mil viejo parece tener secretos enterrados en capas de olvido. Con un suspiro re nervioso, despliega la carta, sintiendo cómo le late el corazón a toda velocidad.
"Querida Emma,
Si estás leyendo esto, significa que empezaste a desenterrar los pedacitos de tu historia perdida. No me imagino el lío de sentimientos que estás pasando ahora mismo. No te hagas mala sangre por haber tomado la decisión de esconder quién eras.
Acordate, sos Amaya, una fuerza de la naturaleza, una amiga que no se achica y una soñadora incansable. La vida nos mandó a lugares que ni te cuento, pero nuestra amistad sigue siendo una luz en medio de la oscuridad.
La mansión tiene secretos que están atados a nuestras vidas. El jardín es testigo de nuestras risas y llantos, y ahí vas a encontrar las respuestas que buscás. No te asustes de recordar, porque aún en los momentos más jodidos, la verdad te libera.
Con cariño,
Sarah"
Las palabras de la carta se mezclan con susurros de memoria, desatando un mar de emociones. Sarah, un nombre que trae consigo una sensación de confianza y complicidad. ¿Qué onda con los secretos que parece guardar este jardín?
La carta se convierte en un faro de esperanza y Amaya siente una chispa de coraje encendida adentro suyo. Decide meterse en el jardín con toda la determinación, siguiendo las pistas que Sarah le dejó.
A cada paso, el jardín le trae flashes de recuerdos desordenados. Entre las rosas florecidas y los senderos llenos de hojas caídas, se asoman retazos de charlas y risas, justo al borde de su memoria, escurriéndose entre sus dedos.
Llega a un lugar escondido donde la tierra parece haber sido revuelta hace poco. Siente como si el tiempo se le escapara. ¿Qué habrán enterrado ahí? Con manos que le tiemblan, empieza a sacar la tierra, revelando un cofre viejísimo lleno de símbolos tallados.
Le late el corazón a toda velocidad mientras abre el cofre. Adentro, encuentra un objeto envuelto en una tela, un broche antiguo con piedras re chetas. Una ola de recuerdos la golpea fuerte. El broche le desata una tormenta de imágenes: una cena elegante, risas entre amigos, una propuesta de matrimonio.
El reconocimiento la embiste con la potencia de un huracán. El broche era de Emma, era de ella misma. Las piezas empiezan a encajar, revelando conexiones que estuvieron escondidas en su mente por demasiado tiempo.
Con lágrimas en los ojos, Amaya aprieta el broche contra su pecho, una prueba re clara de su identidad perdida. La búsqueda de la verdad la llevó un paso más cerca de entender quién carajo es realmente.
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El broche está en la mano de Amaya, y brilla como si tuviera su propio show de fuegos artificiales. Cada piedra parece guardar un recuerdo, como si fueran pildoritas de su vida que se le habían escapado.
Repanchingada en el pasto del jardín, Amaya tiene el broche entre sus dedos como un tesoro que encontró después de mil años de búsqueda. El sol se cuela entre las hojas, dibujando sombras y rayos de luz en su cara.
Imágenes y emociones se le revuelven en la cabeza, es un lío de recuerdos medio confusos. Momentos copados y desafíos que superó se mezclan en un batifondo de colores y sonidos.
Adam, su prometido de una vida que parece estar como desvaneciéndose, es el protagonista de un montón de recuerdos. Una sonrisa buena onda, una mano que siempre estaba ahí en las malas, pero también hay un tufillo a dolor y a confusión.
Las piezas de su historia se están acomodando en su cabeza, armando una foto más clara de su pasado. Pero cada respuesta nueva le trae como mil preguntas más. ¿Por qué había usado la identidad de Emma? ¿Qué pasó para que se distanciara de Adam y de la banda que la conocía como Amaya?
El diario, las cartas y el broche son como hilos enredados, atando momentos y sentimientos que todavía no termina de entender del todo.
El roce del broche contra su piel le hace sentir cosas que tenía medio olvidadas. Un vacío en el pecho, como si todavía hubiera partes de su historia que no quiere ser recordadas.
Con todo el power de mundo, Amaya se para, lista para encarar lo que venga para armar los pedazos de su pasado. El jardín, re testigo de su búsqueda interior, parece ofrecer respuestas que todavía se le escapan en la oscuridad de su memoria.
Cada paso al frente es un desafío y una chance. Aunque los recuerdos sean flashes, se convierten en guías en ese laberinto que es su mente. Cada objeto que encuentra y cada palabra que recuerda es un paso más cerca de la verdad que tanto busca.
Con el broche cerquita del corazón, como un símbolo de la vida que tiene que reconciliar con ella misma, Amaya se prepara para enfrentar lo que sea necesario para desenmarañar esa historia enredada que se le desvaneció de la memoria.
La travesía a la verdad no va a ser pista fácil, pero está decidida a descubrir quién es realmente y por qué dejó de ser Amaya para abrazar la identidad de Emma.