Camila
¡Vaya mansión gigante! ¡Parece que tiene mil historias guardadas en cada rincón! Camila se plantó ahí, toda nerviosa pero decidida a cumplir su promesa de cuidar a Amaya, aunque el cómo había llegado a ese lugar era un poco de locos.
Mientras se paseaba por los jardines, vio a un tipo entre las flores y pensó: "A ver, quizás él sabe algo". Se acercó con buena onda y le soltó un: "Disculpa". El flaco se sorprendió de verla por ahí y soltó un "¿Sí?" como preguntándose qué onda con esta mina.
"Che, me llamo Camila. Me mandaron para cuidar a Amaya", le dijo ella, y vio la sorpresa en los ojos del chabón antes de que la disimulara.
"Ah, mirá vos. Soy Alejandro, el de los jardines", contestó él, tirándole una sonrisa piola que bajó un poco la tensión. "Bienvenida a la mansión."
En el camino hacia la puerta principal, Camila le tiró unas preguntas sobre Amaya a Alejandro. "¿Cómo anda ella? ¿Recuperó algo de memoria?"
"No mucho", soltó Alejandro con una cara de pena. "Va re lento el asunto. Ahora está en la biblioteca tratando de acordarse de algo más."
Camila se puso algo preocupada. "Bueno, tengo que ir a verla entonces. Gracias, Alejandro."
Al llegar a la puerta de la biblioteca, se armó de valor, golpeó suave y entró. Vio a Amaya re concentrada en un libro, como en otro mundo.
"¡Amaya!", la llamó Camila con ternura, y la otra mina la miró como re perdida. "Soy yo, Camila. Estaré acá para cuidarte."
Amaya arrugó la frente un segundo, como queriendo acordarse de algo, pero después se le iluminó la cara. "¿Camila? Gracias por estar. ¿Me ayudás a recordar?"
Se le estrujó el corazón a Camila viendo a su amiga tan confundida. "Obvio, Amaya. Voy a hacer todo lo que pueda."¡Claro que sí!
Pasa el tiempo en la mansión, cada día cargado con la chamba de tratar de ayudar a Amaya a recuperar su memoria. Yo, Camila, me voy metiendo de a poco en la onda de la casa, conociendo las rutinas y a los otros empleados.
Mientras me paseaba por los pasillos, me encontré con Alejandro, todo metido armando un arreglo floral en el hall. Me le acerqué, re agradecida por su buena onda desde que llegué.
"¿Qué onda, Alejandro?", le tiré onda con una sonrisa. "¿Cómo venís?"
Alejandro me miró con sorpresa. "¡Hola, Camila! Tranqui, ¿vos cómo seguís con Amaya?"
"Ella está avanzando, pero despacito", le solté sin vueltas. "Pero cada día es una chance nueva para ayudarla a recordar."
Nos pusimos a charlar, contándonos cosas de la casa y de nuestras vidas. Me di cuenta de que disfrutaba de estar con Alejandro, re copado el flaco y siempre escuchándome.
En una charla más piola, Alejandro me dijo: "Es raro ver a alguien nuevo acá. La mayoría llevamos años laburando para la familia."
Asentí, pensando en lo raro de mi situación. "Sí, es algo re loco para mí también. Pero re agradecida de poder ayudar a Amaya. Aunque todo este lío sea... complicado."
"Te entiendo", me dijo Alejandro con buena onda. "Pero la dedicación que le das a Amaya, se nota en todos lados. Es admirable."
Con el tiempo, nos fuimos re chamuyando más, cruzando miradas y charlas más seguido, la onda entre nosotros cada vez más fuerte.
Una tarde, mientras laburábamos juntos en el jardín, Alejandro soltó de repente: "Camila, siento que tenemos banda en común. ¿Te coparía conocernos fuera de esta mansión?"
Las palabras de Alejandro me pegaron de lleno. "Eh... sí, me encantaría, Alejandro."
El sol estaba cayendo y el cielo se pintaba de colores, re piola todo, y nuestras miradas se cruzaron, re conectados.
De repente, se escuchó la puerta principal abriéndose. Era Amaya, con cara de confundida y con muchas ganas de unirse a nosotros. "¿Puedo engancharme con ustedes?"
La mansión se estaba apagando, las luces bajitas creaban una onda re tranqui. Yo, Camila, y Alejandro estábamos en el jardín, mirando las estrellas y disfrutando de la paz de ese rincón.
"¡Qué lugar más lindo!", solté yo, mirando el cielo re estrellado.
"Sí, re tranqui acá. Me encanta para pensar", dijo Alejandro con una sonrisa re copada mirándome.
Estábamos en un silencio re cómodo hasta que yo rompí el hielo: "Che, Alejandro, ¿hay algo que quieras contar? Algo de vos, onda personal."
Alejandro se tomó un segundo antes de hablar: "Mirá, nunca pensé que terminaría laburando en una mansión. Antes era arquitecto, pero terminé tomando otros rumbos por ciertas movidas."
"¿Por qué cambiaste?", pregunté, con ganas de saber más de su historia.
"Fue un mix de cosas", contestó Alejandro, con un tono como re melancólico. "Pero al final, mi familia necesitaba una mano, y este laburo llegó en el momento justo."
Asentí, onda comprendiendo lo heavy que son esas decisiones. "A veces la vida te manda por caminos raros."
"Exacto", estuvo de acuerdo Alejandro. "Y vos, ¿cómo terminaste acá cuidando a Amaya?"
Me puse más suave al recordar: "Amaya y yo somos amigas desde pibas. Cuando tuvo el accidente y perdió la memoria, la familia me llamó para ayudarla. Es duro verla así, pero haré lo que sea para que recupere lo que perdió."
El viento se la re jugaba entre los árboles, creando una onda de confianza y re buena onda entre nosotros. Alejandro me miró con respeto: "Sos una grosa, Camila. La dedicación que le ponés a Amaya es re admirable, y tenés una fuerza que inspira."
Me puse re colorada. "Gracias, Alejandro. Pero yo también veo cómo te preocupás por todos acá, sos un groso en serio."
Se armó un silencio lleno de emociones, los dos medio metidos en nuestros pensamientos y sentimientos. En sus ojos había una onda de conexión fuerte.
De repente, se escucharon pasos. Era Amaya, con una mirada re curiosa, como si hubiera captado algo entre nosotros. "¿Me puedo sumar?"