Porque sentí que todo esto estaba mal, decidí que lo mejor era no continuar viéndolo, terminar esta última cita y alejarme de él. Sabía que sería lo mejor, aunque me destrozara. Limpié mis lágrimas, arreglé mi maquillaje como había aprendido y me armé de valor. Salí hacia la puerta con una sonrisa falsa, acercándome a él aunque sentía pena y culpabilidad, sabiendo que yo era el detonante de todo lo que sentía.
—¿Estás bien? —preguntó de repente mientras hablábamos.
—Sí —contesté, y él frunció el ceño.
—Te noto un poco callada hoy. ¿Pasa algo? ¿Hice algo que te moleste? —indagó. Negué con la cabeza.
—¡Claro que no! Eres increíble —asentí con una sonrisa.
—Entonces, ¿te pasa algo? —insistió.
—Algo así, pero es algo mío. No tienes nada que ver —respondí.
—Está bien, está bien —murmuró. Suspiré y me preparé para irme.
—¿Nos veremos otro día? —preguntó.
—Quizás —susurré, y me di la vuelta para comenzar a caminar. Avancé y noté que él quedaba atrás, pero no me siguió, lo cual estaba bien. Sin embargo, mientras caminaba y recorría una cuadra, escuché unos pasos acercándose a mí. Giré asustada, pensando que era un ladrón.
—Te acompañaré —dijo.
—Está bien, iré sola —respondí.
—Lamento haberte asustado.
Diálogo: "Está bien, pensé que eras un ladrón", comenté divertida. Él rió.
"No lo soy", contestó mientras cruzábamos las calles. Yo tenía que llegar a una agencia de remises para ir a casa, ella tenía mucho trabajo. Me subí a esperar mientras Adam dijo: "Dime algo, ¿no quieres que te lleve?"
"No, estoy bien", contesté. Él suspiró.
"¿No quieres que sepa dónde vives, verdad?" preguntó. Abrí y cerré la boca.
"Está bien, no quiero ser tan entrometido, pero me di cuenta de que me gustas", dijo Adam.
"Y a mí también me gustas", afirmé sinceramente. Él sonrió, se sentó a mi lado y me abrazó.
"Nunca fui así con nadie, de verdad lo prometo, parezco un adolescente", admitió.
"Entonces bésame", sugerí. Él sonrió y me besó. Adam parecía otra persona conmigo y eso me gustaba, me hacía sentir especial, aunque sabía que no era por mí, sino por Emma. Finalmente, cuando llegó el remis, me despedí. Sentí un poco de tristeza al saber que oficialmente me alejaba de él y no lo vería más.
Al día siguiente, Adam me mandó a llamar mientras limpiaba una habitación. Entré y saludé.
"Hola", dije, y él me miró curioso.
"Perdón señora, ¿puedes decirle a Emma que quiero verla hoy?", preguntó y asentí alejándome para terminar con mis tareas. Sin embargo, horas más tarde, me llamó de nuevo.
"¿Te dijo algo la señorita Emma?", preguntó Adam, en un tono más serio que el habitual.
"No señor, lo lamento", respondí. Suspiró.
"Dile que me perdone si hice algo que la molestara", pidió.
"Está bien, señor".
Me sentí peor y fui al área de descanso de los empleados, donde me senté. Camila, al ver mi rostro pálido, se acercó preguntando: "¿Estás bien? ¿Qué pasó? ¿Él se enteró?" Negué con la cabeza.
"¿Pasó algo malo, ya no te quiere ver?" preguntó Camila.
" Quiere que nos volvamos a ver. No quiero volver a verlo", confesé. Camila suspiró, sintiéndolo por mí, y me abrazó.
"Me siento mal, le he mentido y me siento incómoda, pero si le digo la verdad, me despedirá", le confesé a Camila. Ella suspiró, entendiendo mi situación.
Horas más tarde, Adam insistió en invitarme a sus oficinas para preguntar por Emma.
"Hola señorita Amaya, perdón por molestarla. Solamente quería saber si Emma le mandó algo", preguntó.
"Lo lamento, pero no lo ha hecho", contesté, resignada. Me pidió que me fuera, y así lo hice.
Al día siguiente, mientras limpiaba unos adornos, recibí un llamado de la oficina. Ingresé y vi a Adam, casualmente vestido.
"¿Pregúntale ahora si quiere salir a caminar conmigo", pidió, visiblemente ansioso.
Fingí que había enviado un mensaje y le dije:
"Me acaba de decir que no puede".
"Está bien", murmuró, suspirando.
Pasaron tres días más y Adam me llamó unas 20 veces a su oficina preguntando por Emma. Siempre le di negativas. Un sábado, cuando descansaba y estaba a punto de darme un baño, oí un golpeteo en la puerta. Pensé que era Camila y asomé la cabeza. Sin saber por qué, miré por la ventana y me sorprendí al ver a Adam. Asustada, me apresuré a recoger mi cabello en un moño y me puse mis gafas para no ser reconocida.
Me acerqué a la puerta y la abrí. "Perdón que te moleste, yo…”
“¿Está bien, señor?", pregunté impaciente., lo observé ojeroso con preocupación.
"La extraño, es una tontería, pero sentí una conexión tan fuerte con ella. Nunca me había pasado con ninguna mujer jamás", confesó. "La extraño y no entiendo por qué ya no quiere verme. No sé si hice algo malo. No lo sé", continuó.
"Señor, lo lamento”.
“Solamente quiero que ella sepa que me gusta mucho y que nunca la lastimaría. Por favor, quiero que me vea", expresó Adam.
"Quizás ella simplemente quiere estar sola, o no lo sé", sugerí.
"¿Y a ti qué te ha puesto?" preguntó Adam.
"Que está bien y que hablamos cosas entre nosotras", respondí.
"Puedes decirle que por favor me vea. No será nada romántico, sino como amigos. Quizás de esa manera ella quiera verme", pidió Adam.
"Está bien, lo intentaré”.
“Gracias, eres una buena muchacha, Amaya", comentó Adam antes de irse, dejándome su teléfono para cualquier información.
"Mierda", exclamé al tomar el teléfono.
Era increíble que tuviera el contacto de Adam; aquello me hizo sentir en parte bastante especial. Sin poder evitarlo, le envié un mensaje, diciéndole que era Emma.
"Hola Adam, soy Emma. Amaya me envió tu número", escribí.
En menos de 2 minutos, él contestó: "Hola Emma, me alegra tanto saber de ti. Debo parecer desesperado por haberte molestado tanto, lo lamento".
Le respondí: "No pasa nada, de verdad. Lamento también estar ocupada. ¿En qué momento podríamos vernos?".
Enseguida, me contestó: "Quiero verte. Quizás suene desesperado, pero es lo que soy".
Estaba ansioso por verla, deseando volver a besarte, a abrazarte. Me sentí conmocionada, sonreí como una adolescente enamorada y le respondí:
"Yo también te extraño". Coordinamos vernos al día siguiente para un picnic matutino. Suspiré; tendría que pedir ayuda a Camila otra vez. Mi ropa era demasiado común, mientras que la de Camila era alegre y bonita. Al día siguiente, a las 8:30 a.m., golpeé la puerta de Camila, quien la abrió con una gran camiseta, sus piernas al descubierto.
"¿Qué pasa?", preguntó adormilada mientras se frotaba los ojos.
"Necesito tu ayuda para un picnic hoy, estuvimos enviándonos mensajes", le dije.
"Pensé que ya no lo verías más", dijo, conociendo la situación. "¿Mensajes por dónde?"
"Por mi teléfono", respondí. "Pero, ¿qué haré si descubre este mismo número?", comenté, dejándome caer en la cama.
"¡Ay, Amaya! Te has metido en un gran lío", murmuró ella. Suspiré.
"Ya lo sé, pero ¿qué puedo hacer? Me llama constantemente, quiere saber más, y lo peor es que soy yo quien se preocupa", le expliqué, mientras ella me miraba.
"Pero, ¿hasta cuándo seguirás así?", cuestionó.
"No lo sé, no tengo idea", admití.
"Bueno, no importa. Vamos a buscar algo bonito para hoy. Tengo una jardinera que es un pantalón corto. Seguramente te verás tierna y bonita con ella, y te daré un sombrero", propuso.
"Bueno, confío en ti", acepté. Más tarde, frente al espejo, admiré los bonitos rizos que mi amiga me había hecho. Llevaba un elegante sombrero de paja y una hermosa jardinera de jean con bordados de flores que me hacían sentir contenta.
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Ya estaba nerviosa. Habían pasado cuatro días desde la última vez que lo vi y, en parte, me sentía sumamente intranquila. ¿Y si me descubría? ¿Y si notaba algo en mí que revelara mi otro yo?
"Vamos, tú puedes", comentó Camila, empujándome con ánimo.
Tenía unas bonitas zapatillas blancas de lona. Me miré en el espejo, sonreí y salí, tomando una bicicleta para llegar al lugar del encuentro. Subir la colina resultó un poco complicado; sudaba como un cerdo. De pronto, me encontré con un vehículo. Bajé la ventanilla y pude ver a mi jefe
"¿Por qué estás en bicicleta?", preguntó, y sonreí. El dueño del vehículo salió por la puerta.
"Me gusta hacer ejercicio", mentí, aunque el me miró con intriga. "En realidad, el auto de mi chofer se estropeó y tuve que venir en bicicleta. Estoy muriéndome de calor, toda sudada", añadí, y él empezó a reírse.
"¿Quieres subir al auto? Pondré tu bicicleta en la parte de atrás", ofreció Adam mientras asentía.
"¿Tiene aire acondicionado?", pregunté, y Adam asintió. Me subí con alegría al asiento del copiloto, cerré la puerta y encendió el aire.
"Ya estoy", comentó el conductor, y sonreí. Me puse el cinturón de seguridad mientras él aumentaba la potencia del aire.
"¿Te sientes mejor?", preguntó, y sentí mis ojos llorosos. Luego noté algo húmedo en mis labios. Me estaba besando y no pude evitar decirle que no.
"Te extrañé", comentó, y sonreí mientras lo abrazaba.
"Yo también te extrañé", respondí, emocionada de verlo, pero después recordé que estaba sudada, así que me alejé.
"Estoy sudada", comenté, y él se encogió de hombros.
"No me importa", murmuró y volvió a besarme.
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Me besó con fuerza, incluso tomó mi cintura y agarró mi trasero para sentarme en su regazo, lo cual me sorprendió. Mis labios se separaron, pero él continuó besándome.
Sentí, algo duro debajo de mis piernas, y no solo me mojé, sino que me avergoncé.
"Creo que es mejor que vuelva a mi asiento", comenté mientras él acariciaba mi espalda desnuda.
"Tienes razón", murmuró con la voz entrecortada, y me aparté. Era evidente la atracción que existía entre nosotros. Sin embargo, sabía que no quería llevarlo más allá, temía que si me entregaba por completo, no podría olvidarlo, algo que me asustaba bastante. Me mordí los labios y carraspeé, incómoda.