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FALSO COMPROMISO

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Blurb

Cuando la estudiante universitaria Alejandra Wilson acepta un falso compromiso para salvar la empresa de sus padres de la quiebra, lo último que espera es caer ella misma en la trampa.

Alejandra Wilson cree que la universidad será un nuevo comienzo, pero cuando sus padres anuncian que su empresa ha quebrado, todos sus planes se vienen abajo. La empresa ha sido salvada por un rico empresario, pero con una condición: Alejandra tiene que fingir estar prometida a su hijo, Demian, durante los próximos 3 años. Demian Miller es un bombón en todo el sentido de la palabra, pero Alejandra sabe que bajo ese atractivo asesino se esconde una personalidad venenosa, y Demian ha dejado claro que el odio es mutuo. A pesar de que han sido arrojados juntos con la persona que más odian, Alejandra y Demian tienen que hacer que su compromiso sea creíble. Y resulta que la línea que separa el amor del odio es muy, muy delgada.

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CAPÍTULO 1
El tipo de la cazadora vaquera es guapo. Está delante de su puerta, tanteando unas llaves que se ha sacado del bolsillo trasero. Está de espaldas a mí, pero ya le he visto la cara cuando me ha devuelto la mirada. No puede ser mucho mayor que yo, quizá diecinueve o veinte años. Tiene el pelo n***o enmarañado y ojos color avellana. Pómulos altos, pestañas largas y espesas, y boca llena. Oh, diablos. Está jugueteando con las llaves y, cuando encuentra la correcta, la introduce en la cerradura y gira el pomo de la puerta de su casa. Y su casa está al lado de la mía. Lo que significa que es mi vecino. Oh, doble infierno. Creo que no se ha dado cuenta de que le miro como una colegiala tonta. Probablemente, sería vergonzoso si lo hiciera, teniendo en cuenta que creo que casi se me cae la baba mirándole. Sí. Soy así de patética. No me extraña que mis padres me hicieran vivir con Cara a pesar de que su casa está a solo quince minutos del campus. Cara probablemente podría enseñarme todas las cosas que se me dan fatal, como hacer la cama, comprar la comida todos los fines de semana o aprender a no babear cuando ves a un chico guapo. Vale, quizá la última parte no era por lo que mis padres querían que fuera independiente. —¿Dónde están el resto de tus cajas?—. Una voz familiar me sobresalta. Me giro y veo a Cara, mi mejor amiga, mirándome fijamente. Abro la boca, pero no sale ninguna palabra. Cara levanta las cejas confundida. Creo que está bastante irritada, porque llevamos toda la mañana moviendo cajas con todas mis cosas. Sin embargo, me siento bien, probablemente porque no soy yo la que corre con tacones de diez centímetros subiendo y bajando tres tramos de escaleras. —¿Aleja? ¿Hola? ¿Te has vuelto a quedar dormida? Sacudo la cabeza y me río para ocultar mi vergüenza. —Lo siento. Están en el fondo de mi baúl. Me quedan dos cajas más. Puedo ir a buscarlas más tarde. —No, está bien, ya voy yo—. Coloca algunas cajas encima de mi pila. Pero antes de irse, me mira con recelo. Creo que sabe que no puedo dejar de mirar al tipo de la chaqueta vaquera. Suspiro, dejo las cajas que he estado cargando y busco a tientas mi llave. Cuando levanto la cara con las llaves en la mano, mis ojos encuentran al tipo de la cazadora vaquera. Parece que me está mirando fijamente. Oh, mierda. Ladea la cabeza y me mira como si intentara entenderme. No sé qué hacer. Miro las llaves, luego las cajas que tengo al lado y vuelvo a mirarle a él. Sigue mirándome. Entonces, sonríe. Es una sonrisa muy bonita, que le llega hasta los ojos. Me doy cuenta de que está mucho más guapo cuando sonríe, porque se le ven los hoyuelos y le brillan los ojos color avellana. Creo que su sonrisa sella por completo el acuerdo de que me quede aquí, porque de ninguna manera voy a elegir quedarme en los dormitorios. Debería dejar de mirarle. Separo la mirada, me pongo en cuclillas y levanto las cajas con la llave colgando del dedo índice. Me agito cuando el peso de las cajas me oprime los brazos, pero persevero, porque no quiero que el chico de la chaqueta vaquera piense que soy incapaz de cargar cosas. Ya no puedo verle porque las cajas me tapan la vista, lo cual es bueno porque no puedo distraerme. Pero debido a que mi vista se bloquea, no puedo ver por dónde voy y acabo tropezando con los últimos escalones y cayendo de bruces al suelo. —¡Mierda!— Maldigo. Las cajas vuelan por todas partes. Vuelcan sobre las escaleras a mi lado, algunas ya rotas por los lados. Algunas solapas se abren al aterrizar, y toda mi ropa de la caja sale volando de ella. Intento levantarme, pero cuando lo hago siento un dolor agudo en el pie derecho. Hago una mueca de dolor y caigo de espaldas en las escaleras, sujetándome el pie como si estuviera acunando a un bebé. —Dios mío, ¿estás bien?—. El tipo de la chaqueta vaquera corre hacia mí, con la preocupación reflejada en el rostro. Gimo como respuesta. —Mierda—maldice, arrodillándose a mi lado. Él tampoco sabe qué hacer. —Tu pie. —Es...— Aprieto el pie contra el suelo y me da un tic en el ojo. —Está bien—. Consigo balbucear. Me doy cuenta de que quiere reírse, porque sus ojos insinúan una carcajada. —Deja que te ayude a levantarte. Acepto su oferta, porque no creo que pueda levantarme sin caerme otra vez. Me tiende la mano y la cojo, sintiendo el calor que irradia su piel. Desliza su hombro por mi espalda y yo me inclino un poco demasiado cerca, rozando mi pecho contra el suyo. Se le congela el cuerpo, pero luego se relaja, y me alivia saber que no cree que intente insinuarme apretándole las tetas. Me agarro a la barandilla para apoyarme y suelto un suspiro. —Lo siento mucho—resoplo. Se ríe de nuevo y baja el cuerpo para recoger las cajas. —No tienes por qué sentirlo. Estas cosas... pasan—. Levanta la vista y me dedica una sonrisa tranquilizadora. Le estoy muy agradecida. —Te juro que no soy tan torpe—. Digo, intentando explicarme. —Es decir, antes era camarera, así que normalmente se me da bien llevar cosas—. No sé por qué suelto esa información. Supongo que solo quería justificar mi torpeza. Los bordes de sus labios se curvan en una sonrisa. Luego añado: —Lo siento, creo que no nos conocemos. Soy Aleja. Me da dos de las cajas y recoge el resto. —¿Es un apodo? —Sí. Abreviatura de Alejandra. —Alejandra—. Mi nombre rueda por su lengua como la seda. Su labio se curva. —Soy Nate. Diminutivo de Nathaniel. —Encantada de conocerte, Nate—. Sonrío. —Acabo de uhh... mudarme aquí. Quiero decir, ya se nota, con las cajas y todo eso. ¿Dices algo obvio, Aleja? Sonríe. Es genuina, no forzada. —Mañana es el día de los novatos en Boston College. Supongo que acabas de matricularte. Asiento despacio. —¿Tú también eres de primer año? —Segundo—hace una pausa. Luego añade: —¿Te vas a vivir con tu hermana? Tardo un segundo en darme cuenta de lo que dice. ¿Cara, mi hermana? —Cara no es mi hermana—, aclaro. —Aunque me alegro de que pienses que me parezco a ella. Porque es preciosa. Sus ojos centellean cuando me mira. —Tú también eres guapa. Me pongo roja. Intento pensar en algo más que decir cuando me doy cuenta de que Nate no hace nada. Está mirando algo en las escaleras. Doy un grito ahogado. Mi ropa interior está por todas partes. Todos mis sujetadores con cordones están amontonados encima de mi ropa interior al pie de la escalera, y me abofeteo mentalmente por ser tan estúpida. —Dios mío—, miro hacia abajo, intentando ocultar el gran rubor de mis mejillas. Él se ríe y aparta la mirada, claramente avergonzado también. —Eso no tenía que haber pasado. Cojeando, cojo rápidamente mi ropa interior y la meto en la caja vacía, junto con toda mi ropa. Le miro y empieza a reírse del desastre que he hecho. Bueno, al menos mi estupidez le hace reír. —Qué vergüenza. —No, no pasa nada—me dice Nate con la mano y empieza a subir los escalones con mis cajas. —¿Necesitas ayuda con esa caja? Porque estoy bastante seguro de que no puedes levantarla con un pie. —No, puedo hacerlo—Intento subir las escaleras cojeando, pero lo único que consigo es saltar y volver a caer al suelo. ¿Qué demonios me pasa? Hay un chico guapo justo delante de mí y lo único que he conseguido es hacer el ridículo. Se echa a reír. —No tiene gracia—le digo, pero en lugar de eso empiezo a reírme con él. —Lo siento, no puedo evitarlo. En cierto modo lo es—. Deja las cajas a un lado y se sienta a mi lado. —Déjame ver tu pie. —No, pero... —Vamos, Aleja.— Me da un codazo, y la forma en que dice mi nombre suena como si fuéramos amigos desde hace mucho tiempo. Dos dedos me presionan la barbilla y me obligan a levantar la cabeza. Sus ojos enmarcados por gruesas pestañas negras se clavan en los míos. Sus dedos rozan mi piel, y... guau. —Déjame verlo. Suspiro y cedo, apartando la mirada de él. Mi pie acaba sobre su regazo y él lo inspecciona, presionando ciertas partes. Su pulgar me acaricia el tobillo y suelto un suave jadeo. —Creo que tienes el tobillo torcido—, me presiona y me masajea lentamente con el pulgar. —Vas a necesitar medicación y un vendaje. Los tengo en el botiquín de mi casa. Voy a buscarlo. —Gracias—, murmuro. —No creo que hayamos empezado con buen pie. Me mira el pie derecho hinchado y luego vuelve a mirarme. —¿Tú crees? Nuestras risas resuenan en el pasillo.

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