Mi teléfono no ha dejado de sonar en toda la mañana, pidiéndome a gritos que lo coja. Lo agarro con la mano mientras entro con el coche en la entrada del ático. ¿Qué demonios acabo de hacer? Acabo de... irme. Nate estaba siendo tan amable y cariñoso conmigo y yo le he dejado. Cuando atravieso la puerta, respiro hondo. Soy un maldito desastre en este momento. Emociones corriendo por todas partes. Mi cerebro, hecho pedazos. Y aquí estoy, con el rímel corriéndome por los ojos, con un teléfono en las manos, un teléfono que me ha estado jodiendo los oídos desde que salí de casa de Nate. Con dedos temblorosos, desbloqueo el teléfono y contesto a la llamada. —¿Hola?— balbuceo. —Gracias a Dios—, alaba Nate. —¿Qué ha pasado, Aleja? ¿Por qué coño te has ido así? —Yo...— Porque estoy confundida

