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Amo a mi hermano, en serio lo hago, es la persona a quien más valoro en el mundo. Pero eso no impide que me enoje con él por no querer darme el dinero que me corresponde por herencia. Carajo, así como él tuvo todo el derecho de reclamar su cuenta en el banco, yo también tengo el derecho de hacerlo. Y lo que más me enoja es que me lo estuvo ocultando por mucho tiempo.
De haber sabido que tenía una cuenta bancaria a mi nombre con una cantidad que, si bien no era tan cuantiosa como para no hacer nada toda mi vida, pero era lo suficientemente grande como para sacarme de algún apuro como en el que estoy ahorita, las cosas serían muy diferentes.
—Tienes que darme la información completa —digo a través del teléfono—. Necesito el dinero urgentemente. Y más si me pertenece.
—Claro que te lo voy a dar —replica enfadado—. Pero hasta que estés limpia. No voy a permitir que con el dinero que te dejaron mis papás te de una sobredosis.
La verdad no entiendo cómo es que mis padres no cancelaron esa cuenta. Después de haberlos abandonado y hacerles pasar la peor vergüenza de la historia según ellos, yo casi esperaba que nos dejaran a nuestra suerte. Pero no, descubrí la existencia de la cuenta cuando un trabajador del banco me llamó y ahora quiero respuestas.
—No me estoy drogando —es verdad en este preciso momento—. Y el dinero lo necesito para pagar algunas deudas.
—Pues consigue un trabajo, Vi —ofrece, solemne—. Si no te alcanza siempre puedes venir conmigo, pero sabes las condiciones.
Cuelgo antes de decir algo de lo que me pueda arrepentir después. Tengo un trabajo y, de hecho, uno estable. La paga es una miseria, pero al menos me dan la comida de forma que me he acostumbrado a solo tomar dos comidas al día: Una financiada por mí y la otra financiada por el trabajo de mesera. Me ayuda a escatimar gastos. Porque sí, no pienso renunciar a mi vida de excesos y ahora con el tema del VIH debo comprar las malditas medicinas.
Hace un mes que salí positiva en una prueba de cribado que solo me hice por curiosidad cuando iba saliendo del metro, solo quería ver cómo era el proceso, no esperaba que tuviera el estúpido bicho adentro. Al principio quise dejar que tomara su curso y esperar la muerte gustosa, pero después me di cuenta de que no quería morir, al menos no en un tiempo. Primero tenía que graduarme, más por orgullo que otra cosa.
Un semestre, solo necesitaba un semestre y podría morir si era necesario. Nunca había hecho nada bien, al menos quería darme el gusto de terminar una licenciatura, así no fuera con las mejores notas. Y eso me ayudaría a ver si realmente merecía continuar en este mundo de mierda o no. Porque tal vez lo mejor para todo y todos es que yo simplemente desaparezca de la faz de la tierra.
Soy un estorbo para mi hermano además de una preocupación que le terminará causando una úlcera. La familia es la familia y por mucho que él me gritara y amenazara con olvidarse de mí para siempre y que ya no le importaría lo que ocurriera conmigo, sé que es mentira. Vive a diario con la preocupación de que le hablen de alguna morgue u hospital para decirle que al fin me había largado de este mundo.
Y le va a doler.
Por más que me reitero cada día que debo ser mejor, que debo dejar todo atrás y que mi hermano merece vivir sin estar desvelándose por preguntarse qué mierda hago con mi vida, no puedo. Peor aún, no quiero. Porque me hace sentir libre, invulnerable, poderosa y viva, tristemente me hace sentir viva.
En el mundo hay ángeles y demonios, buenos y malos, yo soy un demonio, una mala persona que marchita todo a su paso, ya lo he aceptado, me he aceptado.
Pateo las latas de cerveza del piso del apartamento que comparto con Jossy mientras me desperezo y busco qué desayunar. Odio mis días libres porque no obtengo comida gratis, lo que sí obtengo es un rato de autoflagelación mental y recuerdos que he luchado arduamente por enterrar hasta que se lleguen a olvidar. Encuentro un trozo de pastel de dudosa procedencia; al olfatearlo me huele bien y sonrío al obtener un buen desayuno.
—Dime que al menos compraste huevos —Jossy aparece arrastrando los pies—. Me duele la puta cabeza.
No respondo, simplemente levanto la rebanada en un gesto de salud y continúo comiendo. Jossy refunfuña.
—Mi quincena se fue a la mierda —se lamenta—. Mi jefe es un explotador de cagada, debería demandarlo o algo.
Y yo debería conseguir mi dinero, mi herencia de mierda. No planeo gastármelo en drogas, no mentiría prometiendo que absolutamente todo el dinero será bien gastado, antes que todo está la sinceridad y honestidad, pero si acaso me iré de fiesta un día o dos y después sentaré cabeza. Claro que sí.
—¿Sabes cuándo empieza el semestre?
—Ni he revisado el correo —Jossy bebe un largo trago de leche—. Ojalá aún tengamos una semana más.
—O dos —respondo esperanzada.
Lo bueno de los días libres es que todo termina en fiesta, solo hay que esperar a que el sol se ponga y empezar a disfrutar lo hermoso de la decadencia.
Selix es un antro en el que trabajé durante dos años, la maldita paga era una ganga, con las propinas de un fin de semana podía vivir perfectamente con la quincena, claro que tenía algunas desventajas como tener que lidiar con clientes borrachos, burdos e imbéciles o con chicas que solo por haberle gustado a su novio te querían romper la cara. Yo jamás coqueteé con un solo hijo de puta, siempre me incliné a ser una persona cero entrometida, una relación era de dos y si un tercero aparecía era porque alguien la instó a entrar y porque el tercero quiso entrar. La culpa era de ambas partes. Y yo no quería tener la culpa de que una relación terminara.
Harta, quise conseguirme un trabajo que creí podría ser mejor para mí, pero solo funcionó para hacerme más pobre, pues ser mesera en restaurante no me alcanza. Odio la vida.
Sin embargo, algo bueno había en todo ello y era que cada vez que iba, tenía barra libre para un acompañante y para mí. Otra ganga.
—¡Oye, Tico! —grito sobre la multitud—. Ya llegué a alegrarte, mi amor —Tico voltea y alza la mano a modo de saludo—. Dime que estamos en la lista prioritaria.
Tico es un mesero que siempre sabe cómo alegrar mi vida, fue mi único amigo verdadero durante mi tiempo trabajando en Selix y mi santa Claus en cualquier época del año. Con una sonrisa ancha se acerca con dos brazaletes fluorescentes en la mano. Nos coloca los brazaletes y la fiesta está por comenzar.
Bailar es lo más liberador que puede existir en el maldito mundo, es un momento a solas con uno que te permite disfrutar de la mejor manera que quieras. Puedes moverte a tu antojo y medida, puedes reír, gritar, cantar y dejas que la música se apodere de tu cuerpo para convertirte en quien más ansías ser.
Doy vueltas, me meneo al ritmo de la música, muevo los brazos y las piernas. La música me envuelve, cada canción me hace sentir única, me hace revivir. Bebo como si no hubiera un maldito mañana, como si fuera un elixir para hacerme sentir bien, pero no lo hace, solo me provoca olvidar y eso es más que suficiente.
—Y ahora sí, que empiece el desconecte.
Jossy ríe ante su comentario y acerca la nariz al polvo blanco sobre la mesa. Aspira fuertemente y suelta un grito de excitación. Acto seguido, la imito. Es éxtasis, es felicidad artificial, es risa y es descontrol. Por un momento todo es bello, todo es interesante, todo parece tener una razón de ser… Por un momento parece haber una razón para seguir viviendo; existiendo.
Y entonces el momento pasa. Es hora del martirio.
No sé qué ocurre, no sé cómo llegué aquí. Jossy se ha perdido, yo solo escucho el retumbe de la música, las voces variadas, risas desenfocadas. Me sostengo de paredes para evitar caer, avanzo a trompicones intentado esquivar a la gente que baila, que faja, que vomita y que se atraviesa. Una punzada aparece en mi sien, es un recuerdo recurrente de que necesito otra dosis de coca ya.
Tambaleante, llego hasta el baño, al contrario del maldito lugar, es casi un santuario. Tan limpio, tan elegante, tan vacío. Unas chicas se maquillan frente al espejo, hablan entre sí de alguna mierda estúpida. Trato de no prestarles mucha atención y me meto al primer cubículo desocupado que encuentro.
Me siento en el retrete y todo me da vueltas. Trato de equilibrarme con los brazos, me sostengo con las manos de las paredes del cubículo. Ya sé que no debo entrar en pánico; el suelo no se mueve bajo mis pies, mi cabeza no está dando vueltas, solo estoy drogada, ebria y maldita sea, tengo una enfermedad de mierda. Saco un poco de coca de mi bolsillo trasero, ya es la última que me queda. Planeaba compartirla con Jossy, pero ella no está aquí ahora.
La vierto sobre el expendedor metálico de papel de baño e intento hacer una línea que desde mi perspectiva parece recta. Cierro los ojos y tomo un respiro. Una vocecita muy profunda me pide no hacerlo, me pide solo levantarme, lavarme las manos y tomar camino a casa. Pero la voz es muy tenue, me quiere engañar, quiere que me hunda en la más profunda misera y me entierre en un hoyo del que no pueda salir. >. No, voy a ignorar eso, yo estoy bien así, estoy cómoda, confortable.
Sin pensarlo más, aspiro furamente. El raspón es ligeramente doloroso, pero es suplantado casi inmediatamente por la sensación.
Y entonces todo empieza a cambiar. Un pánico sin sentido me invade, no puedo respirar. Mis brazos y piernas no responden, quiero hablar o gritar, pero es como si no fuera yo. Oh, mierda, oh, infierno ¿Qué está pasando? Sé que sigo respirando solo porque mis jadeos son casi desesperados, pero no siento que lo haga, tengo un peso en el pecho que me aprieta cada vez más.
Tranquila, ya he pasado por esto, todo estará bien, solo necesito hacer lo de siempre. Y lo de siempre será.
Levanto la falda de mi vestido y miro mis muslos, tan maltratados, con numerosas cicatrices, tan marcados, tan yo. Aún tengo una herida sanando, se ve mucho mejor, pero le falta un par de días para cicatrizar por completo. Necesito deshacerme de esta sensación que me va a matar. Rápidamente tomo la navaja de sacapuntas que hacía mucho tiempo convertí en mi gran amiga y de un solo tajo, abro una herida.
Ver la sangre me ha provocado disgusto desde que presencié mi primera muerte. Y ver la mía es aún peor. El dolor me ayuda a dejar de lado la sensación de pánico y me devuelve a la realidad. Poco a poco, me recobro.
El sudor perla mi frente y mi cuello, mis palpitaciones son duras como un motor. La cabeza me sigue matando, pero me siento más tranquila. Mucho más.
Antes de salir del sanitario, me lavo la cara, el maquillaje corrido es una mierda, mi mirada muerta está mucho peor, mis ojeras remarcan mis ojos apagados y mi cabello está hecho un desastre. El cabello lacio y oscuro siempre fue mi fuerte, pero ahora solo da pena.
Una vez en la pista bailo y me desahogo, siento lágrimas arremolinarse en mis ojos, pero no van a caer, nunca lo han hecho y nunca lo harán. Me lleno de la música mientras me permito olvidar durante un segundo que soy lo que nunca creí llegar a ser.
—Oye, Vivia —la mano de Tico en mi hombro me sobresalta—. Te busca un tipo guapo.
Ah, eso me interesa. Entre tantas luces de colores no veo una mierda, pero me dirijo a dónde Tico me señala. Justo en la barra. Llego tambaleante e intento poner mi mejor sonrisa, la cual se borra cuando reconozco al hijo de puta quien me mira con asco. Lucas está malditamente caliente y cogible, por dios, es un adonis de mierda.
—Te dije que si te volvía a ver —balbuceo—, te iba a matar.
Doy un paso hacia él lista para sacar mis mejores golpes, pero alguien me empuja, caigo y me golpeo la cabeza.