El amanecer llega temprano y baña la habitación con una luz cálida y suave. Despierto con Sheyla entre mis brazos, su respiración profunda y serena, y me quedo un momento en silencio, admirándola. Es en momentos como este cuando siento que lo he ganado todo y que podría pasar el resto de mis días así, compartiendo cada instante, cada risa, cada mirada. Pero entonces, esa sombra persistente, esa sensación de ser vigilados, regresa.
La noche anterior no hubo señales de que alguien estuviera merodeando, y aunque podría dejarlo pasar como una simple paranoia, mi instinto no me lo permite. Algo o alguien nos sigue de cerca, y sé que no se detendrá hasta romper lo que Sheyla y yo hemos construido.
Después de un desayuno tranquilo, Sheyla y yo salimos a caminar. Las dudas sobre nuestra seguridad vuelven a rondarme, pero hago lo posible por mantenerlas al margen. Mientras recorremos el bosque, bromeo con ella, contando historias sobre mis escapadas en este mismo lugar cuando era niño. Cada sonrisa suya me hace olvidar, aunque sea por un instante, todo lo demás.
De repente, su celular vibra en su bolsillo. Ella lo saca y revisa la pantalla, y veo cómo su rostro cambia, pasando de la calma a una expresión de inquietud. Me acerco, y con un ligero temblor en la voz, le pregunto:
—¿Todo bien?
Ella me muestra la pantalla, y veo un mensaje de un número desconocido. Dice:
"¿Realmente crees que puedes confiar en él? No es quien dice ser. Todos sus secretos, uno a uno, los descubrirás."
Mi corazón da un vuelco. No solo yo he sido el objetivo de estos mensajes; ahora también van por ella. Sheyla se muerde el labio y me mira, sus ojos reflejan una mezcla de miedo y desconfianza que me duele profundamente.
—Pablo… —comienza, como si no supiera cómo seguir—, ¿hay algo que debas decirme? Porque si alguien está intentando separarnos… —duda un segundo, bajando la voz—, no lo está haciendo mal.
Me acerco, tratando de mantener la calma.
—Sheyla, sabes todo lo que necesitas saber de mí. He sido abierto contigo, te he mostrado quién soy realmente. Lo que está pasando ahora… —suspiro, tomando su mano—, parece que alguien quiere vernos caer.
Ella asiente lentamente, como si estuviera intentando procesarlo. Después de unos segundos, se aparta y camina unos pasos, mirando el paisaje, absorta en sus pensamientos.
—Pablo, quiero creer en ti, de verdad… Pero esto no es algo que pueda ignorar. Es como si hubiera alguien en nuestra sombra, esperando el momento perfecto para destruirlo todo.
—Entonces no se lo permitamos. —Me acerco y le pongo las manos en los hombros, haciendo que se vuelva hacia mí—. Sheyla, esto es nuestro. No importa lo que intenten, no pueden destruir algo que hemos construido juntos… a menos que les dejemos.
Mis palabras parecen calmarla un poco, aunque todavía veo una chispa de preocupación en su mirada. Sé que estos mensajes van a seguir llegando, y probablemente se volverán más perturbadores. Quien quiera que sea el responsable, parece saber exactamente dónde golpear, qué palabras usar para hacer dudar a Sheyla de mí. Y eso, por encima de todo, me llena de furia.
Esa noche, nos encerramos en la cabaña, lejos de la mirada de cualquiera que pudiera estar acechándonos. Entre risas y caricias, trato de hacerla sentir segura, amada, y que nada ni nadie podrá separar este vínculo. Sin embargo, en el fondo de mi mente, me sigo preguntando quién es esta persona y por qué se ha empeñado tanto en vernos separados.
Sheyla, exhausta, se queda dormida en mis brazos. Yo, en cambio, paso la noche en vela, con cada sentido alerta, como si de alguna manera pudiera protegerla incluso en el silencio de la madrugada. La tensión es una constante en mi pecho, una señal de que lo peor aún no ha pasado.
Al amanecer, tomo una decisión. No voy a seguir esperando a que alguien venga a desmoronar lo que tengo con Sheyla. Voy a descubrir quién está detrás de esto, y me aseguraré de que sepa que no me amedrentará. Si piensan que pueden hacernos daño con mensajes anónimos, están muy equivocados.
Sin hacer ruido, me levanto, dejo una nota para Sheyla y salgo al bosque. No pienso regresar sin respuestas.