El silencio del bosque me envuelve mientras camino solo, cada paso, se escucha entre los árboles. Mi respiración es pesada, y siento que la tensión me carcome. Sé que estoy aquí buscando respuestas, pero también soy consciente de que mi ausencia en la cabaña puede inquietar a Sheyla. Sin embargo, me niego a regresar con las manos vacías. Estoy decidido a terminar con esta sombra que se cierne sobre nosotros.
Reviso mis alrededores, observando cada rincón, buscando algún rastro, una señal de quién podría haber estado siguiéndonos. Mis pensamientos son una mezcla de rabia y desesperación, y una voz en el fondo de mi mente me repite lo mismo una y otra vez: “No pueden quitártela, Pablo. No pueden.”
Sin embargo, después de una hora, no encuentro nada. Solo el frío del bosque y el silencio. Me doy cuenta de que quien sea que nos esté acosando es más astuto de lo que pensaba.
Cuando regreso a la cabaña, Sheyla está despierta y, al verme entrar, me lanza una mirada cargada de ansiedad. Sus ojos están entrecerrados, y su expresión es difícil de descifrar: una mezcla de enfado y algo más oscuro, algo que me hace estremecer.
—¿Dónde estabas? —pregunta, su voz es un susurro tenso.
—Fui a ver si podía encontrar alguna señal de… —Me detengo, dándome cuenta de que no tengo una buena explicación—. Solo quería protegerte, Sheyla. Sentí que era lo que debía hacer.
Ella se cruza de brazos, y puedo ver que está conteniendo la furia.
—¿Y crees que dejarme sola aquí iba a ayudar? —Su tono es una mezcla de dolor y decepción—. Parece que cada vez que las cosas se ponen difíciles, decides hacerlo a tu manera, sin pensar en lo que necesito yo.
Intento acercarme, pero ella da un paso atrás.
—Sheyla… sé que tengo mis fallos, pero lo que siento por ti es real. No puedo soportar la idea de que alguien intente arruinar esto, y que tú dudes de mí. Estoy aquí porque quiero estar contigo y quiero proteger lo que tenemos, cueste lo que cueste.
Sus ojos se suavizan un poco, pero aún puedo ver que las dudas siguen ahí. Decido no decir nada más, solo me quedo mirándola, esperando a que sea ella quien dé el próximo paso.
Después de un largo silencio, se acerca a mí y coloca sus manos en mi pecho. Sus dedos son fríos, y su respiración se acelera cuando siente el latido frenético de mi corazón bajo su palma.
—No quiero que esto termine —susurra—, pero no sé si puedo soportar todas estas sombras que te rodean, Pablo.
Sin poder contenerme más, tomo su rostro entre mis manos, acercándome hasta que nuestras frentes se tocan.
—Entonces deja que te muestre que no hay nada que temer —murmuro, y la beso profundamente.
El beso comienza lento, suave, pero en segundos se transforma en algo intenso, desesperado. Es como si ambos estuviéramos tratando de reafirmar lo que sentimos, de ahuyentar cualquier duda a través del contacto. Mis manos recorren su espalda, acercándola a mí, sintiendo cada curva de su cuerpo mientras ella entrelaza sus brazos alrededor de mi cuello, perdiéndose en el momento.
Nos movemos hacia la cama sin siquiera romper el beso. Es como si el miedo y la ansiedad se hubieran convertido en un deseo salvaje, en una necesidad de aferrarnos el uno al otro, de demostrarnos que, pase lo que pase, lo nuestro es real y tangible.
Nuestros cuerpos se encuentran en la penumbra de la habitación, y todo lo demás desaparece. El mundo, con sus dudas, sus misterios y sus amenazas, se disuelve en el calor de este momento. Cada caricia, cada suspiro es una promesa silenciosa, un pacto entre nosotros.
Al final, cuando yacemos juntos, nuestros cuerpos entrelazados y nuestras respiraciones aún agitadas, siento que hemos vuelto a encontrarnos. La tensión y el miedo aún están allí, pero en este instante se sienten lejanos, como si nuestro amor fuera un refugio inexpugnable.
—Pablo —susurra Sheyla, acurrucándose contra mí—, no importa quién intente separarnos, no voy a dejar que lo logre.
La abrazo con fuerza, sintiendo una mezcla de alivio y temor. Porque aunque el amor que sentimos es fuerte, también sé que quien sea que esté conspirando contra nosotros, no se detendrá fácilmente.
Y entonces, decido que no voy a esperar más. Voy a enfrentarme a lo que sea que amenace nuestra felicidad, y voy a protegerla, pase lo que pase.