A la mañana siguiente, sigo dándole vueltas a la conversación de anoche. Sheyla es una caja cerrada con mil candados, y cada intento de abrirla solo revela nuevas capas de misterio. Cualquier otra mujer ya habría caído, pero con ella, la seducción parece ir en círculos, y eso… me fascina.
Pienso en llamarla, pero un impulso me frena. No quiero parecer desesperado; ella ya me ha dejado claro que no será fácil. Por eso, decido mantenerme firme, dejarla respirar, aunque todo en mí quiere hacer lo contrario. Así que decido esperar, dejar que ella también se pregunte dónde estoy.
Para distraerme, salgo a correr, algo que suelo hacer cuando necesito ordenar mis ideas. Corro por las calles de mi barrio, pasando junto a otros tipos con sus vidas ordenadas y predecibles, mientras pienso en lo diferente que me siento con ella. No es una mujer de las que me facilitan las cosas; con Sheyla, todo parece ser una batalla que quiero ganar.
De regreso a casa, reviso el teléfono. Nada. Ni un solo mensaje. ¿Será que anoche fui yo quien mostró demasiado interés? ¿Será que ella ya decidió olvidarse de mí? No me gusta la sensación de incertidumbre, y me encuentro en una lucha interna entre querer llamarla y mantener mi posición. Pero algo me dice que, para atraparla, necesito sorprenderla.
Así que, en un arrebato impulsivo, llamo a Laura, mi asistente personal, y le pido que averigüe algo sencillo pero efectivo. Le pido que me consiga un par de boletos para una exhibición de arte en el centro. No sé si le interesa o si la sorprenderé, pero lo que sí sé es que quiero hacer algo diferente. Quiero hacerla salir de su zona de confort tanto como ella me saca de la mía.
Esa noche, antes de dudarlo demasiado, le envío un mensaje:
“¿Tienes planes mañana a las siete? Hay una exhibición de arte en el centro, pensé que podría interesarte.”
Minutos después, mi teléfono vibra. Ella ha respondido:
“Y, ¿quién dice que quiero ver arte contigo?”
Sonrío. Me encanta que siga poniéndome a prueba. Le contesto con calma, jugando a su juego:
“No sé, pero apuesto a que te gustará si decides probar.”
Un par de segundos después, llega su respuesta, directa y sin rodeos:
“Bien. Pero no me esperes en la puerta. Nos vemos ahí.”
Me río. La dama no quiere darme ni un centímetro de ventaja. Perfecto, pienso, me gustan los retos.