No sé cuánto tiempo paso mirando el número de Sheyla en mi mano, pero hay algo en esos dígitos que me resulta tan intrigante como ella misma. Al día siguiente, después de repasar mil maneras de llamarla, de qué decirle sin parecer desesperado, me convenzo de que la clave es la naturalidad. Y, por supuesto, el tiempo perfecto.
Así que, sin pensarlo más, le envío un mensaje corto y directo:
“Espero no ser el típico ‘niño rico’ que piensas que soy. ¿Te animas a descubrirlo? Cena mañana a las ocho.”
Espero unos minutos, sintiendo una ligera ansiedad que no quiero admitir. Es raro, porque no soy el tipo que se queda pendiente de una respuesta. Pero, ¿ella? Ella parece tener la habilidad de dejarme en suspenso.
Pasados unos minutos que se sienten eternos, su respuesta llega:
“No sé, Pablo. Quizá estoy ocupada.”
Me río. Así que, después de todo, esta noche va a ser una negociación interesante. Le contesto:
“Quizá puedas hacer un espacio para mí. A las ocho. Te recojo.”
Pasan unos minutos sin respuesta, y pienso que me la va a hacer difícil. Pero entonces, veo que está escribiendo y sonrío, satisfecho.
“Ocho en punto. Pero no me hagas esperar, Márquez.”
Y ahí está. Mi sonrisa crece. Este juego me gusta más de lo que debería.
A las ocho en punto estoy afuera de su departamento, un edificio modesto en el centro de la ciudad, lejos de los barrios exclusivos en los que suelo moverme. Y, de alguna manera, me gusta. Me gusta que ella sea completamente distinta a lo que siempre he conocido.
Sheyla sale del edificio, puntual como había prometido, y en cuanto la veo, la respiración se me corta un segundo. Lleva un vestido n***o sencillo, sin adornos, pero en ella parece diseñado a medida. Su cabello cae en ondas sobre sus hombros, y su mirada sigue teniendo ese destello desafiante, pero también un toque de sorpresa cuando ve el auto que he traído.
—¿En serio? —pregunta, alzando una ceja al ver el deportivo.
Me encojo de hombros, tratando de no darle demasiada importancia. —Soy culpable de disfrutar de los lujos, lo admito. Pero si quieres, también podemos caminar.
Ella sonríe y niega con la cabeza. —No, ya estoy aquí. Me gusta el sonido del motor… aunque igual me advierto de no confiar en alguien que llega en un coche tan ostentoso.
—Bien, pues no confíes —le contesto mientras le abro la puerta. Y aunque su comentario tiene un filo que debería molestarme, en cambio lo encuentro encantador.
Conduzco hacia el restaurante que he reservado, un sitio pequeño y exclusivo que conozco bien, lejos del bullicio de la ciudad. Durante el trayecto, ella va callada, pero noto cómo observa el paisaje urbano, a través de las luces de la ciudad. Cada tanto, me lanza una mirada, como si quisiera analizarme desde un ángulo que no haya explorado aún.
—¿Por qué yo? —pregunta de repente, rompiendo el silencio y sin apartar la mirada de la ventana.
—¿Qué quieres decir?
—Digo que… alguien como tú debe tener muchas opciones. Y, honestamente, no soy de las que se dejan impresionar por autos ni cenas caras. Así que dime… ¿por qué yo?
—Porque eres la única persona que no trata de impresionarme. Porque eres tú. —Las palabras salen sin pensar, y aunque parece una respuesta simple, para mí es la verdad. Ella no sabe que esto no es común, que no soy de los que se esfuerzan para salir con alguien. Y sin embargo, aquí estoy, queriendo convencerla de que me dé una oportunidad.
Ella se calla, como si estuviera evaluando mi respuesta. Pero veo una chispa en su mirada, como si estuviera disfrutando del giro inesperado de la conversación.
Llegamos al restaurante, y mientras le abro la puerta, observo su expresión. Su reacción es lo que esperaba: le gusta el lugar, pero no lo demuestra abiertamente. Entramos, y mientras nos acomodan en la mesa, noto cómo observa el ambiente acogedor y sofisticado.
—Tienes buen gusto, lo admito —dice con una sonrisa leve, casi sorprendida.
—Y tengo la compañía perfecta. —Le devuelvo la sonrisa, disfrutando del pequeño destello de vulnerabilidad en su expresión, aunque dure solo un segundo.
La cena transcurre entre preguntas que se convierten en desafíos, entre risas que me hacen olvidar quién soy y qué esperaba de esta noche. Por primera vez en mucho tiempo, siento que estoy con alguien que me trata como un igual, que no se deslumbra por el dinero ni por la apariencia. Sheyla me reta, se burla de mí y, al mismo tiempo, me mira con una curiosidad que me hace sentir como si estuviera siendo visto por primera vez.
—Eres un misterio, Sheyla —le digo, entre sorbos de vino. Ella se ríe, y ese sonido me deja intrigado.
—¿Y por qué tendrías que saber todo de mí tan rápido? —responde, con un brillo en sus ojos—. Los misterios son más interesantes cuando se develan poco a poco, ¿no crees?
—Pero me estás diciendo que hay algo más. Que debajo de esa frialdad hay algo que no quieres mostrar.
Ella se ríe suavemente y niega con la cabeza. —No voy a hacer esto fácil, Pablo. Lo sabes, ¿verdad?
—Espero que no lo hagas. —Me acerco un poco, sosteniendo su mirada—. Porque tú tampoco tienes idea de lo persistente que puedo ser.
Por un momento, el tiempo se detiene. Siento que estamos solos en el mundo, en esa pequeña burbuja de luz suave y risas susurradas. Y justo cuando pienso que he logrado acercarme a ella, Sheyla se aparta y suspira, como si recordara algo importante, algo que le impide dejarse llevar.
—Esto no va a funcionar —dice, de repente.
—¿Por qué no?
—Porque no confío en hombres como tú. En hombres que tienen una vida tan fácil que todo parece una diversión, un capricho que se olvida cuando aparece el siguiente.
—¿Y si te dijera que esta vez no es un capricho?
Ella me mira, dudosa, y aunque parece considerar mis palabras, noto que sigue aferrada a esa distancia, como una barrera invisible que no me deja pasar.
—Tal vez te creería, pero aún así no cambiaría nada —murmura, jugando con su copa de vino.
—¿Por qué no me das una oportunidad de demostrarlo?
—Porque ya sé cómo termina esto. Y no quiero terminar arrepentida.
—Entonces dame la oportunidad de probarte que estás equivocada.
Sheyla se queda en silencio, y veo la lucha en sus ojos, una mezcla de desconfianza y de algo que quizás sea interés. Pero antes de que pueda contestarme, el mesero llega con la cuenta, y ella se levanta sin decir nada más.
Salimos del restaurante, y aunque la noche es fría, el aire entre nosotros está cargado de algo denso, algo que se siente como una promesa rota o como una puerta a algo nuevo.
—Gracias por la cena —me dice con una sonrisa breve, y por un segundo, veo un destello de genuina calidez en sus ojos.
—¿Entonces aceptas que fue una buena noche?
—Digo que… me sorprendiste un poco. —Sus ojos se suavizan un momento, y siento que he logrado algo, aunque sea un paso pequeño.
Ella se da media vuelta y comienza a caminar, y justo cuando está a unos pasos, se gira hacia mí y dice:
—Buenas noches, Pablo.
Y ahí, mientras la veo alejarse, me doy cuenta de que esto es solo el principio. Porque si ella es un misterio, entonces estoy dispuesto a perderme en él, a encontrar cada rincón oscuro, cada parte de su historia.
Y, quién sabe, tal vez logre mostrarle que a veces, lo inesperado es lo que más vale la pena.