Es curioso. Estoy acostumbrado a que las mujeres me lancen una sonrisa a la primera, a que los primeros cinco minutos sean suficientes para despertar su interés. Pero con Sheyla cada minuto se siente como un desafío.
La noche avanza y, para mi sorpresa, ella sigue ahí, sentada conmigo en la barra, intercambiando comentarios que cualquier otro llamaría “juegos de palabras”, pero para mí son pequeños campos de batalla.
—Dime algo, Sheyla, ¿por qué eres tan desconfiada? —le pregunto, dando un sorbo más a mi gin-tonic. Estoy jugando al psicólogo amateur, y sé que probablemente va a lanzarme una respuesta mordaz.
Ella hace una pausa, como si le diera un segundo de verdad a mi pregunta, pero luego vuelve a su expresión de desinterés.
—Digamos que no me gusta desperdiciar mi tiempo. —Suspira, cruzando sus brazos y lanzándome una mirada crítica—. Y tú, Pablo, me hueles a problemas.
Me río, porque la ironía en sus palabras es casi adorable..
—Tú tampoco pareces del tipo que juega a lo seguro. Si lo fueras, ya te habrías levantado y te habrías ido.
Ella me estudia en silencio por un momento, y noto que sus ojos tienen esa intensidad que podría atravesar hasta la defensa más sólida. Pero yo también soy un experto en muros, en el arte de seducir y no mostrar demasiado.
—Digamos que no me gusta rendirme tan fácilmente —dice con un destello de desafío, y no puedo evitar notar que ese comentario tiene una doble intención.
—Me encanta que no lo hagas. Hace la conversación mucho más divertida.
—Divertida, ¿eh? —se ríe suavemente—. Sabes, Pablo, creo que todo esto es solo un juego para ti.
Le sonrío, sabiendo que tiene razón, aunque no sepa cuánto. Claro, podría seguir jugando a la conquista hasta que caiga, pero en el fondo sé que con ella… hay algo diferente. Algo que hace que la simple idea de conocerla me resulte intrigante.
—Quizás —admito—, pero no me digas que tú no lo estás disfrutando un poco también.
Sheyla se calla, y veo una chispa de duda en su rostro. Quizás se pregunta si soy tan transparente como quiero parecer. Si mi interés es genuino o si estoy tan perdido en mi propio mundo de juegos que no sabría reconocer algo real, incluso si lo tuviera frente a mí.
Entonces, cuando pienso que quizás ha perdido el interés, se levanta, sacudiéndose el cabello con un movimiento elegante que me deja momentáneamente sin palabras. Me mira de arriba abajo, como evaluando si vale la pena seguir con esta “diversión”.
—Ya es tarde, Pablo. —Dice mi nombre despacio, como si le estuviera probando un sabor nuevo—. Gracias por… bueno, por la charla. Pero creo que es hora de que sigas buscando a alguien más que se ajuste a tu plan de juego.
—¿A quién más voy a encontrar? —Me levanto a su lado, dejándome llevar por la chispa de adrenalina de verla en pie, lista para irse. Como si me dijera: “si quieres alcanzarme, tienes que correr más rápido, Márquez”. Y me encanta.
—Bueno, ya sabes, alguien que no sea tan… —duda, tratando de encontrar la palabra correcta—. Terca.
—Pero a mí me gusta lo difícil —le digo, avanzando un paso más cerca, bajando la voz. Noto cómo su respiración se vuelve ligeramente más rápida, aunque intenta ocultarlo—. Dime, Sheyla, ¿cuándo vamos a continuar esta conversación?
Ella sonríe, y en su mirada hay algo de provocación. Casi puedo ver la lucha interna en sus ojos; una parte de ella quiere quedarse, pero la otra la empuja a salir corriendo.
—¿Estás seguro de que quieres continuar? —dice con tono bajo, desafiante, y una media sonrisa que ya es para mí un reto irresistible.
—Totalmente seguro.
Sheyla se toma un segundo para mirarme, y en esos segundos me doy cuenta de que he encontrado algo raro: una persona que no quiere venderme una imagen falsa, alguien que se defiende en un mundo donde todos se venden demasiado fácil. Es extraño… me siento intrigado y algo más que aún no puedo definir.
—Entonces, llámame, Pablo. Pero te aviso que no será tan sencillo como piensas.
Ella saca un pequeño trozo de papel de su bolso y anota un número. Apenas y me lo entrega, como si no quisiera que lo tuviera. Sus dedos tocan los míos por un segundo, y siento esa chispa otra vez, una que hace que las luces, la música y la gente a nuestro alrededor se vuelvan nada más que ruido de fondo.
—Hasta luego —me dice, y se da media vuelta, caminando hacia la puerta sin mirar atrás.
La veo alejarse, y sonrío, sabiendo que esta noche solo es el comienzo. Hay algo en esta mujer que me hace querer conocer más, saber quién es y por qué se ha convertido en la fortaleza que claramente es. Y yo… yo soy bastante bueno para derribar murallas.
Así que ahí me quedo, en el bar vacío, con su número en mi mano y una sonrisa en el rostro. Ella me dijo que no sería sencillo, y eso, mi querida Sheyla, es lo que más me gusta de todo esto.