El sonido de la voz desconocida en la grabación aún resuena en mis oídos, como un eco que se niega a desvanecerse. Miro a Sheyla, que sigue apoyada en mi hombro, ajena a la gravedad de lo que acaba de suceder. No quiero preocuparla más, pero tampoco puedo guardarme esto.
—Sheyla, hay algo que tienes que escuchar —digo, intentando sonar sereno, aunque sé que mi voz tiembla.
Le pongo el mensaje de voz y observo cómo su expresión se transforma, de sorpresa a incredulidad, y luego a un miedo silencioso que le ilumina los ojos. Ella toma aire lentamente, y, cuando termina de escuchar, me mira con una mezcla de desconcierto y rabia.
—Pablo… ¿cómo es posible que nos estén espiando aquí? —pregunta, su voz baja pero cargada de angustia.
—No lo sé, pero está claro que están mucho más cerca de lo que creíamos. —Le rodeo la espalda con el brazo, intentando transmitirle algo de seguridad—. Esto significa que no solo han estado siguiéndonos, sino que tienen acceso a lo que decimos y hacemos incluso aquí.
Mis palabras cuelgan en el aire como una pesada realidad que no podemos ignorar. Sheyla se queda en silencio, asimilando la situación, y sé que no puedo seguir esperando. Tengo que actuar.
—No voy a permitir que nadie te haga sentir vulnerable en mi propia casa —le digo, decidido—. Hoy mismo, instalaremos sistemas de seguridad más sofisticados. No pienso dejar que estos cobardes sigan intimidándonos.
Ella asiente, aunque su rostro sigue mostrando la huella de la inquietud. Y entonces, con una firmeza que me sorprende, su mano se cierra en un puño y veo una chispa de seguridad en sus ojos.
—Pablo, basta de escondernos. Quiero descubrir quién está detrás de esto. Si hay que enfrentarlos, lo haré. No me importa lo que cueste.
Su seguridad me hace sonreír. A pesar de las circunstancias, me siento orgulloso de ella. Nos mantenemos así, en silencio, compartiendo una especie de pacto sin palabras: enfrentaremos lo que venga, juntos.
Al día siguiente, contrato a un equipo especializado para reforzar la seguridad en mi casa. Revisan cada rincón en busca de dispositivos ocultos, micrófonos, cámaras… y, efectivamente, encuentran algo que me hace hervir la sangre. Entre los cables de la sala, hallan un micrófono diminuto, casi invisible, que ha estado grabando cada palabra que hemos intercambiado en esta habitación.
El técnico me explica que alguien tuvo que haberlo colocado hace poco, quizá durante una visita, o mientras la casa estaba vacía. Esa idea me pone los pelos de punta. Significa que la persona que intenta manipularnos tuvo acceso directo a nuestro espacio más íntimo.
Mientras el equipo continúa revisando, mi celular suena. Es un número desconocido otra vez, y, aunque dudo por un segundo, decido contestar.
—¿Pablo? —La voz al otro lado es femenina, con un tono frío y calculador. De inmediato, sé quién es.
—Carolina… —escupo su nombre con desprecio—. ¿Ahora recurriste a instalar micrófonos en mi casa? ¿Cuán bajo piensas caer?
Ella suelta una risa seca, como si mi furia la divirtiera.
—¿Acaso pensaste que podrías mantenerla al margen, Pablo? —Su voz es cargada de veneno—. Eres demasiado predecible. Y Sheyla… bueno, te aseguro que no tienes idea de lo que estás haciendo al involucrarla en este juego.
—¿Qué quieres, Carolina? —Mi paciencia está al límite—. ¿No te basta con haber arruinado todo lo que teníamos?
—Yo no arruiné nada, Pablo. Fuiste tú quien eligió olvidarse de mí. Y, como ya te dije, no dejaré que una mujer cualquiera ocupe el lugar que debería ser mío.
La furia me invade, pero intento mantener la calma. No le daré el placer de verme perder el control.
—Carolina, esto no es una simple advertencia. Te juro que, si te acercas a Sheyla o sigues invadiendo nuestras vidas, te enfrentarás a consecuencias legales. Ya basta de tus juegos.
Ella suelta una risa burlona y responde con una frialdad que me estremece.
—¿Legal? No tienes idea de con quién estás tratando, Pablo. Esta vez, no te dejaré salir tan fácil.
La llamada se corta, y me quedo de pie en el centro de la habitación, apretando el celular en la mano. La frustración y el enojo se mezclan en mí, pero me obligo a mantener la calma. Carolina está decidida a destruir lo que tengo con Sheyla, y sé que no retrocederá.
Esa noche, Sheyla y yo intentamos continuar con nuestra rutina. Preparamos una cena sencilla y nos sentamos en la terraza a disfrutar del aire fresco. Pero la amenaza de Carolina ha dejado una sombra sobre nosotros. La sensación de que nos observan, que alguien está al acecho, ha vuelto.
Sheyla intenta no mostrar su preocupación, pero veo cómo sus manos tiemblan ligeramente al sostener la copa de vino. Yo también siento el peso de la incertidumbre, pero, al mismo tiempo, no puedo negar la atracción que siento por ella en este momento. Su vulnerabilidad, su fuerza a pesar del miedo… todo eso me hace querer protegerla aún más.
La tomo de la mano y la acerco a mí. Nuestras miradas se encuentran, y en ese instante el mundo exterior se desvanece. Nos besamos, y, por un momento, todo lo demás deja de importar. Los problemas, las amenazas, las sombras del pasado… nada tiene sentido cuando ella está a mi lado.
—Pase lo que pase, no voy a dejarte ir —susurro contra sus labios.
Ella sonríe, y sus ojos brillan con una mezcla de desafío y ternura.
—Ni yo a ti, Pablo. Esto es nuestro.
Nos abrazamos bajo el cielo estrellado, y siento que, a pesar de todo, podemos superar esta tormenta. Sin embargo, sé que el camino que queda no será fácil. La amenaza de Carolina es real, y el peligro que ella representa es más grande de lo que me atrevo a confesarle a Sheyla.
Al día siguiente, recibo noticias de mi equipo de seguridad. Han rastreado el número del mensaje de voz y las llamadas de Carolina. Al parecer, alguien más está involucrado, alguien con suficiente poder y recursos como para cubrir sus huellas. Esto no es solo una venganza de una ex; hay alguien más moviendo los hilos, alguien con un propósito oculto.
Este nuevo descubrimiento me deja sin aliento. He estado enfrentando a un enemigo visible, pero ahora tengo que lidiar con una sombra en las tinieblas. Me doy cuenta de que quien sea este nuevo conspirador, está dispuesto a usar a Carolina como peón en su juego. Y eso significa que los próximos movimientos serán impredecibles.
Me siento en mi despacho, y comienzo a repasar cada detalle, cada pista. Necesito descubrir la identidad de esta persona antes de que sea demasiado tarde. Me sumerjo en llamadas y correos, intentando encontrar alguna conexión, un nombre, cualquier cosa que nos lleve al verdadero enemigo.
Pero justo cuando siento que estoy por alcanzar una pista, mi celular suena de nuevo. Esta vez, un mensaje de texto que me pone la piel de gallina.
"Ya sabes quién está detrás de todo. Solo falta que estés dispuesto a aceptarlo. Nos veremos pronto, Pablo."
El misterio, lejos de aclararse, se vuelve más denso, más oscuro.