Las amenazas de Carolina y el nuevo mensaje misterioso siguen en mi mente como un eco insistente. Pero esta noche, mientras observo a Sheyla relajada en el sofá, me doy cuenta de que, aunque el peligro persista, necesito disfrutar estos momentos con ella. Ya habrá tiempo para enfrentarse a lo que venga. Ahora, quiero que solo existamos nosotros dos, lejos de todo. —¿Te gustaría una copa de vino? —pregunto, acercándome y apoyando una mano en su hombro. Sheyla asiente y sonríe, relajada. Me dirijo a la cocina, sirvo dos copas y regreso, encontrándola con la cabeza reclinada, los ojos cerrados y una expresión de paz. Me siento a su lado, y ella abre los ojos al percibir mi cercanía. Le paso la copa, y brinda conmigo sin decir una palabra, pero su sonrisa lo dice todo. Nos hemos ganado este

