41. Bajo la superficie. El día transcurre en calma, con la tranquilidad rara de esos momentos que parecen el preludio de algo más. Sheyla y yo pasamos la mañana en casa, cada uno ocupado con sus cosas, pero intercambiando miradas, risas y comentarios que suavizan el ambiente. Siento que por fin estamos en el mismo ritmo, sin prisas ni preocupaciones, y es en esos momentos cuando me doy cuenta de cuánto he cambiado desde que ella apareció en mi vida. Pero, como era de esperarse, esa paz es efímera. Justo después del almuerzo, mi celular suena. Es Gabriel, mi hombre de confianza en asuntos de seguridad. Me separo un momento de Sheyla para atender la llamada. —¿Qué tienes para mí, Gabriel? —pregunto, esperando que las noticias no sean malas. —Encontramos algo más, Pablo. Carolina no está

