30. ¿La conoces?

1232 Words
La mañana amanece fría y oscura, como si la propia naturaleza conspirara con la tensión que se ha instalado entre Sheyla y yo desde ese último mensaje. Cada palabra del texto sigue grabada en mi mente, una amenaza silenciosa que me hierve la sangre. No voy a permitir que nos intimiden. Si alguien nos está observando, entonces hoy vamos a darle algo para ver. —¿Estás lista? —le pregunto a Sheyla, que me mira desde la puerta de la cabaña, su expresión decidida. —Lo estoy, Pablo —responde, y veo en sus ojos la misma firmeza que siento en mi pecho. Hoy no somos víctimas; somos una pareja dispuesta a pelear por lo que tenemos. Nos dirigimos a la ciudad, decididos a encontrar respuestas. Sheyla ha contactado a un amigo de confianza, Roberto, un investigador privado que conoce bien. Según ella, él tiene métodos más discretos y efectivos que cualquiera de los recursos tradicionales, y, además, no hará preguntas incómodas. Nos encontramos con Roberto en una pequeña cafetería, en una esquina tranquila. Es un hombre de aspecto discreto, con una mirada atenta y calculadora que me da una buena impresión desde el principio. Nos estrechamos las manos y nos sentamos. Roberto escucha en silencio mientras le contamos todo: los mensajes, las amenazas, el nombre de Laura, todo lo que pueda darnos alguna pista. —Entiendo —dice tras un largo silencio—. Lo primero será rastrear esos mensajes. Si son anónimos, hay formas de saber de dónde se enviaron, y al menos podré hacer un perfil de quien esté detrás. Con lo que me han contado, creo que estamos ante alguien muy cercano, alguien que conoce sus movimientos y está dispuesto a todo para separarlos. —¿Crees que puede ser Laura? —pregunto, sintiendo la duda asentarse en mi mente de nuevo. Roberto entrecierra los ojos, como si sopesara cada palabra. —Es posible, pero si lo fuera, ya habría mostrado la cara. Esto… suena a alguien más retorcido, alguien que se esconde y disfruta viendo el caos que genera. Dénme unos días, y les daré alguna respuesta. Nos despedimos de él, sintiendo una mezcla de esperanza y nervios. Sheyla toma mi mano cuando salimos de la cafetería, y me mira, con una pequeña sonrisa que intenta ocultar el miedo que ambos sentimos. —¿Crees que sabremos quién está detrás de esto? —me pregunta murmurando. —No tengo dudas, Sheyla. Ya hemos soportado demasiado para rendirnos ahora. Los días siguientes son una mezcla de ansiedad y espera. Roberto nos mantiene informados sobre sus avances, pero no tiene nada concreto todavía. Mientras tanto, trato de hacer que Sheyla y yo llevemos una vida normal. La llevo a cenas, a caminar por la ciudad, a lugares donde pueda olvidar por un momento que hay alguien en la sombra. Cada noche nos perdemos el uno en el otro, buscando consuelo y calma en nuestros momentos de pasión, sabiendo que estamos juntos en esto, que nada puede quebrarnos. Pero entonces, una tarde, recibo una llamada de Roberto. —Pablo, encontré algo —dice, con un tono serio que me pone en alerta de inmediato—. Quiero que ambos vengan a mi oficina. Creo que tengo una teoría sobre quién podría estar detrás de los mensajes, y quiero mostrárselos en persona. Sheyla y yo llegamos a la oficina de Roberto, ansiosos y preparados para cualquier cosa. Nos recibe con una expresión grave, y al cerrar la puerta de su oficina, comienza a hablarnos sin rodeos. —Analicé todos los mensajes y descubrí algo curioso. No todos provienen del mismo número, pero hay un patrón en las ubicaciones desde donde se enviaron. La persona detrás de esto es alguien que tiene acceso a su entorno inmediato. Y hay una coincidencia constante: todos los mensajes recientes fueron enviados desde un radio muy cercano a sus movimientos. —¿Quieres decir… que alguien nos sigue? —pregunta Sheyla, y noto la preocupación en su voz. —Exactamente. Pero hay algo más —continúa Roberto, y nos muestra una serie de fotos en su computadora—. He identificado a una persona que parece haber estado presente en casi todos los lugares a los que han ido últimamente. Una mujer… pero no es Laura. La imagen en la pantalla muestra a una mujer de cabello oscuro, vestida con ropa discreta, siempre en las sombras, observándonos desde lejos en distintos lugares. No la reconozco, pero hay algo familiar en su rostro que me inquieta profundamente. —Esa es… —Sheyla se queda callada un momento, y sus ojos se abren en sorpresa—. No puede ser… —¿La conoces? —le pregunto, tratando de conectar las piezas. —Sí… Creo que sí. Es Carolina, una vieja amiga que tuve hace años, antes de conocerte. Solíamos ser muy cercanas, pero… tuvimos una pelea fea y perdimos el contacto. Nunca pensé que ella pudiera hacer algo así. Mi mente empieza a procesar la información. ¿Carolina? ¿Por qué estaría interesada en nosotros? No entiendo sus motivos, pero la imagen es clara: ha estado siguiendo cada uno de nuestros pasos. Roberto asiente, como si hubiera esperado esa reacción. —Sheyla, parece que esta mujer está obsesionada. No puedo asegurarlo, pero he visto casos similares, y hay algo en su comportamiento que me hace pensar que busca venganza. Tal vez fue una amistad rota, algo no resuelto en su pasado… Sea lo que sea, está claro que quiere sabotear su relación, y ha decidido hacer lo que sea necesario para lograrlo. Siento un nudo en el estómago mientras miro a Sheyla. Ella parece sorprendida, como si aún no pudiera creer que alguien tan cercano a su vida pasada esté detrás de todo esto. —¿Qué hacemos ahora? —pregunto, con una mezcla de ira y desesperación. —Lo primero es enfrentarla —responde Roberto—. No de forma agresiva, pero sí clara. Ahora que sabemos quién es, podemos abordarla de manera directa. A veces, al enfrentar a personas con este tipo de comportamiento, se rompe la ilusión que tienen en su mente y retroceden. Pero deben estar preparados para cualquier cosa. Sheyla asiente, sus ojos ahora llenos de seguridad. Toma mi mano y me mira, con una resolución que me infunde fuerzas. —Vamos a enfrentar esto juntos, Pablo. No voy a dejar que ella, o nadie, nos quite lo que tenemos. Esa noche, hacemos un plan. Decidimos encontrar a Carolina en uno de los lugares donde Roberto la ha visto. Si ella es el fantasma que ha estado acechando nuestra relación, es momento de confrontarla y terminar con esta pesadilla. Al llegar al lugar, veo a una figura solitaria en una esquina, aparentemente ocupada en su celular. Me acerco con Sheyla a mi lado, y cuando Carolina levanta la vista, sus ojos se encuentran con los nuestros. Durante un segundo, veo sorpresa en su rostro, pero rápidamente se transforma en algo más oscuro, casi desafiante. —¿Carolina? —dice Sheyla, con la voz firme y segura—. Tenemos que hablar. Ella nos mira, y noto cómo su rostro cambia, sus ojos se llenan de resentimiento y algo que apenas puedo comprender. Pero estoy listo para escuchar cualquier cosa, para enfrentar lo que sea necesario por el amor que siento por Sheyla. Esta vez, no permitiré que nadie nos haga daño.
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