No pasan muchos días antes de que el destino vuelva a poner a Sheyla en mi camino. Esta vez no la busqué; fue ella quien, sin quererlo, apareció justo donde menos la esperaba.
Es viernes por la noche, y mis amigos me convencen de ir a uno de los bares más exclusivos de la ciudad. Cuando entro, el lugar está a tope de gente riendo, bailando y moviéndose bajo la luz tenue que se refleja en las paredes de vidrio. Me acerco a la barra con la intención de pedir algo fuerte; quiero desconectarme un poco de los negocios, y confieso que incluso de los pensamientos persistentes que me genera ella.
Pero, justo cuando me sirven el trago, una risa conocida hace eco en el ambiente. Giro la cabeza y, como si todo estuviera orquestado, ahí está Sheyla, en la otra punta del bar, rodeada de un par de amigos y con una copa en la mano. Luce despreocupada, como si el mundo a su alrededor fuera solo un accesorio, y ella… ella fuera el centro. Su vestido n***o, entallado, resalta cada línea de su figura y, sin darme cuenta, me acerco unos pasos, como si la atracción fuera inevitable.
No puedo evitar sonreír ante la coincidencia. O tal vez no sea coincidencia, porque algo en mí sabe que la atracción que siento por Sheyla parece atraerla de vuelta a mí como un imán.
Cuando ella me ve, su sonrisa se congela un segundo, y noto en su expresión una mezcla de sorpresa y algo que podría interpretar como curiosidad. Camino hacia ella, y en el proceso, la multitud parece abrirse para dejarme pasar. Mis amigos observan desde la barra, entretenidos, pero no me importan en este momento.
—¿Otra coincidencia, Pablo? —me dice en cuanto llego a su lado, arqueando una ceja. Su tono es burlón, pero veo en sus ojos el mismo destello de atracción que sé que yo no puedo disimular.
—O una señal —respondo, dejándome llevar por el ambiente.
Ella suelta una risita sarcástica y toma un sorbo de su copa sin apartar la vista de mí. Sus amigos, ajenos a nuestra historia, se miran entre ellos, como si se dieran cuenta de la tensión que flota en el aire.
—Bueno, no voy a discutir contigo sobre señales —contesta, sin comprometerse demasiado, pero tampoco alejándose.
Nos quedamos en silencio unos segundos, el ruido de la música y las conversaciones a nuestro alrededor parece diluirse, y por primera vez me siento a punto de perder el control. Hay algo en la manera en que me mira, como si intentara medir hasta dónde estoy dispuesto a llegar. Sin romper el contacto visual, me acerco un poco más y le hablo al oído, para que solo ella pueda escucharme.
—Sheyla, estás tratando de mantener esta distancia, pero sé que también estás sintiendo esto. Y que te gusta.
Ella suspira y, por un momento, pienso que va a alejarse o incluso rechazarme, pero en lugar de eso, me devuelve la mirada con una intensidad que nunca le había visto antes.
—No sabes nada de mí, Pablo. Y tampoco entiendes que lo que yo siento o no siento no te garantiza nada.
—Eso lo decidiré yo —le digo en un tono desafiante.
Nos miramos durante un segundo que se siente eterno, y entonces ella desvía la mirada, como si esa breve cercanía la hubiera puesto a prueba. Pero no se aparta; en cambio, me lanza una mirada que parece decirme “Sígueme si te atreves”.
Y yo, naturalmente, acepto el desafío.
Ella me lleva a la pista de baile, y me sorprendo cuando coloca sus manos sobre mis hombros. La música nos envuelve, y no puedo evitar poner mis manos en su cintura, acercándola más. La canción es lenta, y el ambiente se vuelve aún más eléctrico. Nos movemos al ritmo de la música, y siento que las miradas de todos se desvanecen, como si solo existiéramos ella y yo.
—¿Es así como te gusta jugar, Pablo? —me susurra cerca del oído, sus labios casi rozando mi piel. Y ese roce me enciende como ninguna otra cosa.
—No me has dado otra opción —respondo, manteniendo mi tono seguro.
Ella sonríe y, en lugar de responder, se deja llevar, y por primera vez siento que su resistencia se disuelve un poco. Su cuerpo se mueve contra el mío, y durante esos minutos, no hay palabras, solo la conexión física, la energía que fluye entre nosotros, como una corriente que ninguno de los dos puede ignorar.
Pero entonces, justo cuando pienso que estoy ganando esta partida, Sheyla se separa de repente, rompiendo el contacto. Su mirada ha cambiado; ahora parece más alerta, como si de golpe hubiera recordado sus propias reglas del juego.
—Esto es solo un baile, Pablo. No significa nada. —Su tono es serio, y veo que intenta recuperar la compostura.
—Entonces… ¿por qué siento que significa algo? —insisto, desafiándola.
Ella me mira, y por un segundo veo algo en su expresión, una duda, un conflicto interno. Pero enseguida vuelve a su expresión habitual, esa que me dice que no está dispuesta a mostrar sus cartas.
—Porque eso es lo que quieres sentir. Pero, en serio, no te confundas. —Hace una pausa, y veo que está a punto de decir algo importante—. Yo no soy el tipo de persona que te conviene.
—¿Y por qué crees eso? —pregunto, sorprendido por su tono.
—Porque no soy alguien que se entrega fácilmente. Y tú, Pablo… tú no eres alguien de quien me pueda enamorar.
Sus palabras me golpean como una bofetada. No esperaba una confesión tan cruda, tan directa. Pero lejos de alejarme, esto solo me despierta un interés más profundo. Porque, ahora que me lo dice tan claramente, sé que está poniendo a prueba no solo mi paciencia, sino también mi interés.
—¿Y si yo decido arriesgarme? —le digo, manteniendo la mirada firme.
Sheyla suspira y suelta una sonrisa resignada, como si estuviera cansada de luchar contra lo inevitable.
—Entonces… buena suerte, Pablo. Pero no esperes que sea fácil.
Y sin decir nada más, se gira y se pierde entre la multitud, dejándome con una sensación mezcla de frustración y fascinación. La veo alejarse, y mientras desaparece entre la gente, siento que cada palabra suya es un desafío, una invitación a descubrir ese lado de ella que tanto se esfuerza por ocultar.
Mis amigos, que han estado observando la escena a lo lejos, se acercan y me miran con caras de sorpresa.
—¿Qué pasó? —me pregunta uno de ellos—. No parece el final que esperábamos.
—Tampoco yo —respondo, aún atrapado en mis pensamientos—. Pero esto no termina aquí.
Mientras salimos del bar, sé que el juego está lejos de acabar. Cada vez que me acerco, ella retrocede; y cada vez que intento mantenerme distante, algo en ella me atrae de vuelta. Sheyla no confía en mí, y entiendo que no me lo va a poner fácil. Pero algo me dice que, si logro pasar esas barreras que se ha impuesto, descubriré a una mujer que me hará replantearme todo.
Así que, mientras camino bajo las luces de la ciudad, una sonrisa aparece en mis labios. Porque Sheyla, con toda su resistencia y desafíos, me ha dejado claro que ella es alguien por quien vale la pena luchar.