Es domingo por la mañana y, a pesar de mi desvelo, me levanto temprano. La noche anterior, después de la última interacción con Sheyla, apenas pude dormir. Algo en su manera de mirarme, en sus palabras directas, en la advertencia implícita, me ha dejado inquieto. Ella es, sin duda, la primera mujer que me hace dudar de mis propios pasos. Y eso, en vez de molestarme, me atrae más.
Decido que, si quiero descubrir quién es en realidad, debo dejar de intentar controlarlo todo. Tal vez deba darle un espacio, pero también mantenerme cerca, lo justo para que no olvide que estoy aquí, dispuesto a esperar.
Mi primer paso es simple: llamarla. Tomo el celular y busco su contacto en mi lista. No he planeado nada concreto, pero siento que cualquier cosa que diga en este momento puede servir. Respiro hondo y marco su número.
Después de un par de tonos, responde. Su voz, ligeramente adormilada, me resulta tan cercana que casi siento que está aquí, junto a mí.
—¿Pablo? —dice, como si mi llamada la hubiera sorprendido. Esa reacción me da una pequeña ventaja.
—¿Te desperté? —pregunto, aunque sé que sí.
—No, no —responde rápido, intentando sonar despreocupada—. Solo que… no esperaba que me llamaras un domingo.
—Me gusta romper expectativas —le digo, en tono ligero—. ¿Tienes algún plan para hoy?
—¿Por qué? ¿Qué tienes en mente?
Me detengo un instante. ¿Qué tengo en mente? La verdad es que, en este momento, solo quiero pasar tiempo con ella, aunque no sé cómo interpretar esta urgencia. Respondo con honestidad.
—Quería invitarte a un sitio. Algo diferente. Nada de bares, ni fiestas. Solo… un lugar que me gusta.
Sheyla se queda en silencio un momento, como si analizara cada palabra. Escucho su respiración, y luego su voz suave.
—Está bien. Pero, ¿adónde?
—Es una sorpresa. Te recojo en una hora.
La escucho suspirar, pero me dice que sí. Mientras nos despedimos, siento una extraña satisfacción. Hoy voy a mostrarle un lugar especial para mí, uno donde pocas personas han estado conmigo. Y, por alguna razón, siento que eso me acerca un poco más a ella.
Una hora después, estoy esperándola frente a su edificio. Cuando la veo salir, me cuesta reprimir la sonrisa. Sheyla luce casual, con unos jeans y una camiseta blanca, pero hay algo en su sencillez que me desarma. Su cabello suelto cae en ondas naturales, y aunque intenta mostrarse relajada, noto su expresión un tanto inquisitiva, como si intentara adivinar mi plan.
—¿Lista? —le pregunto mientras abro la puerta del coche.
Ella asiente y se sube, mirándome de reojo.
—¿Vas a decirme a dónde vamos o lo descubriré al llegar?
—Prefiero la segunda opción —le contesto, manteniendo el misterio.
Conduzco fuera de la ciudad mientras conversamos sobre temas triviales. Sheyla se muestra curiosa, aunque aún algo reservada. Sé que la he puesto en un terreno que no puede prever, y parece disfrutarlo. A pesar de su resistencia inicial, puedo ver que esta vez ha bajado un poco sus defensas.
Después de unos minutos de viaje, llegamos a un camino escondido que conduce a un parque natural. Estaciono el coche y, sin decirle nada, me bajo. Ella hace lo mismo, mirando alrededor.
—¿Un parque? —pregunta, con una pizca de incredulidad.
—Es algo más que un parque. Ven.
La guío por un sendero que pocos conocen. Entre los árboles se escucha el suave murmullo de un río cercano. Sigo caminando hasta llegar a un claro donde el río forma una pequeña cascada y un estanque. Es un lugar tranquilo, casi irreal, rodeado de naturaleza en estado puro.
Sheyla se queda en silencio, observando el paisaje. La noto sorprendida, y ese brillo en sus ojos me confirma que la elección fue acertada.
—Es… hermoso —murmura sin apartar la vista del agua que cae suavemente.
—Lo es. —Me acerco un poco más a ella y, en voz baja, añado—. Pocos saben de este lugar. Es donde vengo cuando quiero pensar o, simplemente, cuando necesito desconectar.
Ella me mira, y por primera vez, veo una vulnerabilidad en sus ojos que me hace sentir más cerca de ella.
—Nunca imaginé que tenías un lado así —dice, sonriendo con suavidad—. A veces pareces alguien completamente diferente.
—¿Y eso es malo? —pregunto, divertido.
—No lo sé. Solo que… me cuesta imaginarte en un sitio tan tranquilo. Pensé que eras alguien que no paraba de moverse, alguien que siempre necesita la ciudad, la vida nocturna.
—Supongo que todos tenemos más de una faceta. —Hago una pausa y, decidido a sincerarme un poco más, añado—. Contigo, por alguna razón, siento que puedo mostrarme así, sin todas esas máscaras.
Sus ojos se suavizan, y por un instante parece que las barreras que tanto cuida han comenzado a ceder. Nos quedamos en silencio, el sonido del agua y el canto de los pájaros llenan el espacio entre nosotros. No sé qué pensar en este momento, pero siento que estoy logrando lo que nunca creí posible: ver a la verdadera Sheyla, la que no muestra con facilidad.
Ella se sienta en la orilla del estanque, y me siento a su lado, a una distancia prudente, respetando el espacio que ella tanto cuida.
—¿Sabes, Pablo? —comienza a decir, y su tono es tan suave que apenas puedo escucharla—. A veces me pregunto si me esfuerzo demasiado en mantenerte lejos. Tal vez… —duda por un segundo, como si estuviera luchando consigo misma— tal vez no debería complicarlo tanto.
Mis ojos se fijan en ella, y me doy cuenta de que este es el momento que había estado esperando. No le respondo de inmediato; en cambio, dejo que el silencio hable por nosotros.
—No soy alguien fácil, Pablo —susurra—. Y… tú tampoco eres alguien que suela quedarse, ¿verdad?
—¿Y si te digo que, contigo, eso es justo lo que quiero hacer? —La seriedad en mi voz parece sorprenderla.
Sheyla me mira con una mezcla de ternura y escepticismo, como si quisiera creerme pero al mismo tiempo temiera hacerlo.
—Eso suena… bien. —Sonríe, aunque parece como si estuviera probando cómo se siente decir esas palabras—. Pero, si me das una razón para desconfiar, no dudes que me iré.
—Entonces… que sea un trato. Tú me das una oportunidad, y yo no te doy ninguna razón para irte.
Ella suspira y asiente, aunque aún veo esa duda en sus ojos. Aun así, me lanza una sonrisa que me confirma que, al menos por ahora, estoy ganando esta partida.
Nos quedamos un buen rato en silencio, simplemente disfrutando del paisaje. Es un momento tan pacífico, tan íntimo, que no quiero que termine. Sheyla se levanta y me mira.
—Gracias por traerme aquí, Pablo. En serio… es un lugar especial.
—Y solo tú has venido aquí conmigo —le confieso, mirándola con sinceridad—. Eso lo hace aún más especial.
Ella sonríe, y veo que esta vez es una sonrisa genuina, una que me muestra una faceta de ella que había estado ocultando. Caminamos de regreso al coche, sin prisas, como si el tiempo se hubiera detenido. Y mientras conduzco de vuelta a la ciudad, tengo la certeza de que hoy hemos cruzado una línea invisible, un límite que nos acerca más de lo que imaginé posible.
Porque, aunque ambos lo sabemos, ninguno dice en voz alta lo que sentimos: que esto, a pesar de nuestras diferencias y reservas, ya no es solo un juego.