Pasaron unos días desde esa salida, pero el recuerdo de Sheyla en el parque sigue grabado en mi mente. Desde entonces, nuestras interacciones han cambiado sutilmente. Hay menos distancia, y aunque ella mantiene su carácter reservado, noto que a veces baja un poco la guardia. Eso me impulsa a seguir, a intentar derribar cada muro que ha levantado alrededor de sí misma. Esta noche la invito a cenar. Decido llevarla a un restaurante acogedor, alejado del lujo ostentoso al que estoy acostumbrado. Es un lugar pequeño, con una terraza que da a la bahía, perfecto para disfrutar de una noche tranquila. Ella llega puntual, y apenas la veo, mi sonrisa surge sin esfuerzo. Sheyla lleva un vestido azul oscuro que realza su piel morena y le da un aire elegante, sencillo, que me deja hipnotizado. En es

