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Eran las nueve treinta minutos de la noche. Ése jueves en las calles de Besalú no había ni un alma rondando. Las calles estaban en penumbra y la única luz que las alumbraba era la de la luna.
Los faroles estaban dañados por aquel camino, milagro sería que te encontrarás uno encendido. Pero la oscuridad que la rodeaba no le importaba a Hannah, quién salía de su trabajo luego de una ardua jornada de trabajo en la cafetería.
—treinta, treintiuno, treintidos, treintitres— contaba entre murmullos la paga de hoy, pasando los billetes de una mano a otra para no cofundirse— treintisiete— concluyó con los que tenía en sus manos. Luego llevó su mano vacía al bolsillo de detrás de su pantalón, sacando más billetes quienes sin contar incluyó en el otro fajo— Más trece euros más, son cincuenta completos— acomodó los billetes en sus manos, los puso parejos, los dobló y los metió dentro de su camiseta, perdiendolos entre esos pequeños montículos cubiertos por la tela del uniforme de trabajo.
Miró la hora en su teléfono. Debía apresurarse, Thomas debe de estarla esperando para la cena. Apresuró el paso, sin darse cuenta que en esas calles no sólo estaba ella.
Desde la sombre dos sujetos las miraban. Atentos a cada paso que daba, sus movimientos, su rutina. Todo. Uno de ellos debía saber todo de ella, aunque aún tenía tiempo para aprenderla, después de todo: No sería la última vez que la vigilaría.
—Es ella, ¿No?— murmuró uno de ellos.
—Si— afirmó su acompañante—, ya sabes lo que debes hacer. Hasta ahora no nos has decepcionado.
—No puedo decepcionarlos. Eso significaría mi fin, literalmente—bromeó, riendo sin gracia.
—Bueno, a partir de hoy la dejo en tus manos— se empezó a alejar el otro, sus pasos no hacían ningún sonido en la grama, se volvió un instante antes de desaparecer en la oscuridad hacia el chico que tenía la mirada fija en la rubia—. Veremos qué tan difícil será deshacerse de la favorita de Dios.