Capítulo 4

1541 Words
Sofía La primera vez que lo vi, estaba dando un discurso en medio del aula, ante un salón lleno de estudiantes, todos con los ojos fijos en él. No entendía cómo alguien podía ser tan… todo. El mejor alumno, el capitán del equipo de baloncesto, el presidente de la clase, y al mismo tiempo, el más desmadrado. Parecía tener una energía infinita que se desbordaba en cada movimiento, en cada palabra que salía de su boca. Recuerdo que hablaba con tal pasión, que era imposible no escucharle, y mucho menos no prestarle atención. Sus palabras parecían envolver a todos en una atmósfera que, de alguna manera, los unía en una causa común, aunque fuera tan absurda como la que proponía en ese momento: hacer un motín porque la escuela había decidido cancelar la asignatura extracurricular de arte escénico. —¡No podemos permitir que nos quiten lo que es nuestro!— gritó, golpeando el escritorio con el puño. —¡Nosotros, los estudiantes, debemos tener voz! ¡No nos van a quitar nuestra libertad de elegir nuestras pasiones! Había algo en su voz que me cautivó de inmediato. Su tono firme y desafiante, esa necesidad de defender lo que creía que era correcto. No pude evitar pensar que, si bien podía ser el chico más desordenado de la escuela, en ese momento él era la figura de alguien que sabía lo que quería. Y yo… Yo solo estaba allí, como una sombra que se había desplazado de una escuela a otra, una chica que había dejado su vida anterior atrás en busca de un lugar donde encajar. Esa misma mañana llegué a mi tercera escuela en menos de un año, y sabía que, como siempre, tarde o temprano tendría que dejarla también. El trabajo de mis padres nos mantenía moviéndonos de un lugar a otro constantemente, cosa de la que ya estaba bien cansada. Pero esa mañana, en el aula, yo no era solo una chica nueva. Yo estaba siendo absorbida por algo mucho más grande que mi historia de mudanzas y cambios. Estaba siendo absorbida por él, Nicolás, quien parecía tener el control total sobre todo lo que ocurría a su alrededor. Su risa contagiosa, su postura relajada pero segura… Esa era la imagen de alguien que no se dejaba intimidar por nada. —Nadie aquí va a quedarse de brazos cruzados mientras nos roban lo que nos pertenece— continuó él, con esa intensidad en los ojos que hacía que cada palabra que decía pareciera un juramento. La sala estaba en silencio, como si todos estuvieran esperando el siguiente paso. Yo observaba, incapaz de apartar la mirada. Y en ese momento, sin querer, nuestras miradas se cruzaron. Fue como si todo el ruido y el caos a nuestro alrededor desaparecieran, y en ese segundo, no había nada más que su rostro y esos ojos tan intensos que parecían observarme a mí, solo a mí. En un instante, sentí como si todo el universo se hubiera detenido, y yo fuera la única persona que existía allí. —¿Tú qué opinas?— me preguntó, de manera repentina, como si ya nos conociéramos de toda la vida. No tenía idea de que iba todo aquello, porque era esta protesta. Yo, sorprendida, no sabía qué responder. —¿De qué?—, balbuceé. —De que hay que hacer algo—dijo, sonriendo con esa seguridad que parecía invencible. —No podemos dejar que nos pasen por encima, ¿no crees? A pesar de mi nerviosismo, la verdad es que su energía me atrajo, me provocó. Algo en su mirada, en su sonrisa, hizo que me sintiera como si estuviera en el centro de una historia que acababa de comenzar, una historia en la que él tenía un papel mucho más importante que el mío, pero en la que yo quería ser parte. —¿Sí?— respondí finalmente, aunque no estaba completamente segura de lo que estábamos a punto de hacer. Pero me dejé llevar por su entusiasmo. —Sí, tenemos que hacer algo.— hable mirándolo solo a él. Fue ahí, en ese instante, cuando supe que mi vida no volvería a ser la misma. Nosotros chocamos como dos rayos en una tormenta, y aunque no lo sabía entonces, ese encuentro marcaría el comienzo de una historia que ninguno de los dos podría haber predicho. Después de aquel discurso impresionante, tan inesperado para un adolescente de 16 años, Nicolás se abrió paso entre los compañeros y se paró frente a mí. Sonrió, y sus sonrisas eran magnéticas. Cuando sonreía, lo hacía con todo su rostro: sus ojos brillaban, sus mejillas se teñían de un rojo suave y su semblante se relajaba, hasta tal punto que te cautivaba y contagiaba. Me encontré sonriéndole de vuelta, sin poder evitarlo. —Soy Sofía— extendí mi mano, esperando estrechar la suya. Él se contrajo un segundo, como si lo sorprendiera. —¡Ay! No me digas que eres Sofía Reyes— dijo, tomando mi mano con firmeza. Se agachó levemente para que no tuviera que levantar la mirada para verlo. Asentí, un tanto nerviosa. —Esa misma— respondí, y no podía dejar de sonreírle, algo que hacía tiempo no me pasaba, como si mi risa hubiera estado guardada para este momento. —Lo siento mucho, Sofía. Debí haberte dado el tour de bienvenida, pero las cosas se complicaron. Pero ahora puedo llevarte a recorrer la escuela— me guiñó el ojo derecho con complicidad, como si todo fuera parte de una pequeña broma secreta entre los dos. —Creo que acabo de tener el mejor tour de toda mi vida— dije, y sentí que, de alguna manera, mis palabras no eran tan exageradas como solían ser en mi cabeza. —Déjame invitarte al almuerzo. Hoy sirven pizza en la cafetería, y los miércoles la cafetería parece un campo de batalla— propuso con una sonrisa pícara. —No puedo decir que no a esa invitación— respondí, aceptando sin pensarlo mucho. Me tomo por los hombros y me condujo fuera de la clase. Caminar a su lado tenía sus ventajas; al final de mi primer día de clases, ya había hablado con más de 15 personas, todas interesadas en saber quién era y por qué había almorzado en la mesa del equipo de baloncesto, y no sentada sola en un rincón. Varias de esas personas se mostraron curiosas por conocer más de mí, y cuando el timbre sonó, separándonos, sentí que algo en mi pecho se apretaba. No quería que aquel día terminara, era la primera vez que ser la chica nueva fuese divertido. Anteriormente, siempre fue la chica nueva y rara, que se cambiaba de escuela a mitad de curso, pero aquí, había algo en esta escuela que me encantaba, o más bien, alguien. —Espero que hayas tenido una excelente primera impresión de nuestra cafetería— dijo, mientras nos deteníamos un momento. Sabía que él tenía que ir a su clase de cálculo y yo a literatura. No quería que se fuera. Deseaba pasarme el resto del día con él, conocerlo más, sentir esa energía que emanaba de él. Frente a mi silencio, miró a sus compañeros que lo esperaban al final del pasillo. Y luego, como si el universo hubiera conspirado para que nos siguiéramos mirando, dijo —Pero… — nos volvimos a mirar, y en ese instante sentí como si el tiempo se detuviera. Algo que me gustaba de él era que te miraba de verdad, que no solo veía tus ojos, sino que también leía tu expresión, como si pudiera ver más allá de las palabras— Tengo entrenamiento al final del día. Puedes pasarte por la cancha, y después te puedo dar ese recorrido por la escuela. Créeme, lo vas a necesitar. Mi respuesta salió atropellada, casi desesperada, pero no me importó. —Sí, me pasaré— respondí sin pensarlo dos veces, y vi cómo su sonrisa se ensanchaba. Asintió, me dio un toque en el hombro, y antes de irse dijo: —Nos vemos entonces. Me quedé observándolo caminar por el pasillo, viendo cómo su presencia parecía llenar todo el espacio a su alrededor. Mis ojos lo seguían hasta que se unió a sus amigos, y la energía que había generado en mí seguía vibrando, aun cuando ya estaba fuera de mi vista. El resto del día se me pareció eterno, amaba la clase de literatura, pero ese día solo quería que acabara para luego ir a historia, y al fin, poder verlo otra vez. Cuando se es adolescente todo parece el fin del mundo, en ese momento, sentí que lo era, que el mundo conspiraba para que el tiempo se detuviera y que Nicholas y yo no nos volviéramos a ver. Claro, todo eso estaba en mi mente, cuando por fin sonó el último timbre, salí disparada para el gimnasio, me coso algo de tiempo encontrarlo, recorrí los pasillos varias veces hasta que al fin decidí preguntarle a alguien. Me senté en la fila más alejada de las gradas, lo localice enseguida, estaba escuchando con atención lo que el entrenador le explicaba, saque un libro de mi mochila y fingí que leía, solo para disimular que no podía alejar la mirada de él.
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