Nicholas
A los pocos días de conocerla, algo en mí cambió para siempre. No dejaba de buscarla en los pasillos, sin importar si tenía clase o si iba tarde. Cada vez que veía a alguien con el cabello largo y oscuro, mi corazón daba un brinco. Aunque la mayoría de las veces no era ella, me di cuenta de algo sorprendente: jamás había notado la cantidad de chicas con ese mismo estilo en la escuela. Pero ninguna era como ella. Cuando finalmente la encontraba, mis pasos parecían cobrar vida propia, como si mi cuerpo supiera antes que yo, que ella era el lugar al que quería llegar. Solo verla iluminaba mi día de una manera que no sabía que era posible.
Aunque no compartíamos ninguna clase, no hacía falta. La escuela era enorme, pero parecía encoger cada vez que me la encontraba. En la cafetería, en los pasillos, cerca de la cancha… ella estaba siempre presente en mis pensamientos. Mis amigos comenzaron a notar que algo pasaba. Al principio, se burlaban de mí cuando me distraía a mitad de una conversación solo porque la veía pasar. Pero no me importaba. No podía recordar haberme sentido así antes.
Recuerdo el día que la invité a ver una de mis prácticas de baloncesto. Estaba más nervioso que nunca, como si estuviera a punto de hacer un gran anuncio. Cuando llegó, con los ojos brillando de curiosidad, sentí que el tiempo se detenía. Me concentré más en ella que en el juego, pero aun así quería impresionar. Quería ser el mejor, porque ella estaba allí.
—¿Vas a ser mi fan número uno? —le pregunté en broma unas semanas después de conocernos, mientras me alineaba para un tiro libre.
Se rio, y ese sonido quedó grabado en mi memoria. No era una risa burlona, sino algo sincero, genuino. Algo que me hizo querer escucharla una y otra vez.
Sabíamos que había algo entre nosotros. Cada gesto, cada mirada lo decía, aunque ninguno de los dos se atrevía a ponerlo en palabras. Mis amigos me decían que debía dar el siguiente paso, pero siempre había algo que me frenaba. Quizá era miedo, quizá era la certeza de que lo que teníamos era especial, algo que no quería arruinar con prisas.
A pesar de todo, pasábamos cada vez más tiempo juntos. Nuestras conversaciones se volvieron más profundas, más personales. Hablábamos de nuestras metas, de nuestras familias, de lo que queríamos para el futuro. Recuerdo una tarde en la biblioteca, cuando empezamos a hablar sobre lo que queríamos estudiar.
—Relaciones internacionales —dijo, con una seguridad que me desarmó.
Me quedé sin palabras. Era justo lo que yo quería estudiar, aunque mis razones estaban más orientadas al comercio exterior.
—Entonces seremos un buen equipo —respondí, intentando sonar casual, pero por dentro sentía como si el universo me hubiera enviado una señal.
Desde ese día, nuestras conversaciones giraron en torno a noticias, debates y nuestras ideas sobre el mundo. Nos inscribimos juntos en el club de debate, y no había competencia que no ganáramos. Éramos el dúo dinámico, imparables tanto en la escuela como fuera de ella. Cuando ella empezó a destacar, me sentí inmensamente orgulloso, pero también me di cuenta de que quería estar a su altura en todo.
Competíamos por todo, desde quién sacaba mejores notas hasta quién tenía los apuntes más organizados. Pasábamos horas estudiando juntos, compartiendo ideas y soñando con el futuro. Y aunque éramos rivales en lo académico, nunca dejamos de ser compañeros en todo lo demás.
Uno de los momentos que más recuerdo fue durante nuestro último año de secundaria, cuando se organizó un debate nacional sobre la importancia de la cooperación internacional en tiempos de crisis. Pasamos semanas preparándonos. Ella era increíble, con una habilidad innata para convencer a cualquier audiencia. Cuando llegó el día del debate, verla en el escenario, apasionada y segura, me hizo darme cuenta de lo mucho que la admiraba.
Después de la competencia, caminamos juntos de regreso a casa. El cielo estaba teñido de naranja por el atardecer, y había una tranquilidad que hacía que todo pareciera perfecto.
—¿Crees que estaremos juntos en la misma universidad? —pregunté, rompiendo el silencio.
Ella me miró, con una expresión que no supe descifrar del todo.
—Espero que sí —respondió, sonriendo.
Esa noche me quedé despierto pensando en esas palabras. Había algo mágico en la forma en que lo dijo, como si realmente creyera que nuestro destino estaba entrelazado.
A pesar de mis miedos iniciales, me di cuenta de que con ella todo era más sencillo. No tenía que pretender ser alguien más. Ella me conocía mejor que nadie, y yo estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para mantenerla en mi vida.
Pero no todo fue perfecto. También hubo momentos de inseguridad y dudas. Había días en los que me preguntaba si ella sentía lo mismo que yo, si sus risas y miradas tenían el mismo significado para ella que para mí. Recuerdo una vez, durante una fiesta, cuando la vi hablando con otro chico. No pude evitar sentir una punzada de celos. Me alejé, incapaz de soportar la escena, pero ella vino a buscarme.
—¿Estás bien? —preguntó, genuinamente preocupada.
—Sí, claro —mentí, intentando ocultar lo que sentía.
Ella frunció el ceño, como si pudiera leerme. No dijo nada más, pero en ese momento supe que no quería seguir guardando todo para mí.
Unas semanas después, finalmente reuní el valor para decirle lo que sentía. Fue después de uno de nuestros debates, cuando estábamos celebrando con un helado.
—Hay algo que quiero decirte —comencé, sintiendo cómo mi corazón latía con fuerza.
Ella me miró, expectante, pero no interrumpió.
—Me importas más de lo que puedo explicar. Eres la persona más increíble que he conocido, y... creo que estoy enamorado de ti.
Hubo un momento de silencio que pareció durar una eternidad. Pero entonces, ella sonrió, esa sonrisa que hacía que todo en el mundo pareciera estar bien.
—Yo también siento lo mismo —respondió, con una suavidad que me hizo querer abrazarla en ese instante.
Ese fue el comienzo de algo aún más especial. Nuestro último año de secundaria estuvo lleno de momentos que atesoro hasta el día de hoy. Nos apoyamos mutuamente en todo, desde exámenes hasta entrevistas para universidades. Hablábamos de nuestros sueños y hacíamos planes para el futuro, imaginando un mundo donde siempre estaríamos juntos.
Pero la vida no siempre sigue el camino que imaginamos. Cuando llegó la aceptación a las universidades, descubrimos que no estaríamos tan cerca como habíamos planeado. Ella fue aceptada en una prestigiosa universidad en la costa este, mientras que yo me quedé en la costa oeste. Fue un golpe duro, pero prometimos que nuestra conexión era más fuerte que la distancia.
—Esto no es un adiós —me dijo, el día antes de que se mudara.
—Lo sé —respondí, intentando sonar seguro, aunque por dentro sentía que el suelo se desmoronaba bajo mis pies.
Nos abrazamos durante lo que pareció una eternidad, y en ese momento supe que, sin importar lo que pasara, ella siempre sería una parte de mí.
Mirando atrás, esos años de adolescencia fueron los más intensos, llenos de momentos pequeños pero significativos. No éramos solo dos chicos soñando con el futuro; éramos dos almas que se habían encontrado en el lugar y momento correctos, y aunque aún no lo sabíamos, ese vínculo iba a marcarnos para siempre.