Capítulo7: La cena

1535 Words
Nicholas Cuando llegué a casa, la luz cálida de las velas me recibió en la entrada, creando una atmósfera distinta, ajena a la rutina. La casa no estaba igual que siempre; había algo en el aire, un olor a jazmín, algo que me hacía sentir incómodo al instante. La mesa del comedor estaba cuidadosamente arreglada, con la vajilla fina que generalmente solo sacábamos para ocasiones especiales. El aroma a comida flotaba en el aire, y Sofía estaba allí, vestida de manera impecable, con su maquillaje perfecto, su cabello cuidadosamente peinado. Se había tomado todo el tiempo para prepararse, para hacer algo especial, algo que solo ella podía hacer. Mis ojos recorrieron la escena con un nudo en el estómago. Por un lado, la admiraba, la veía luchar por nosotros, por lo que teníamos. Por otro, una parte de mí no podía dejar de pensar en todo lo que había ocurrido. El día en la oficina había sido pesado, la presión del trabajo no me dejaba en paz, y la mirada de Laura, esa compañera que seguía rondando en mi mente, no ayudaba en nada. ¿Qué pasaría si la invitara a salir? ¿Qué pasaría si simplemente probaba algo diferente? No había hecho nada, no había cruzado ninguna línea, pero mi mente me castigaba por simplemente pensar en ello. Y ahora, al ver a Sofía ahí, dándolo todo por salvar lo que parecía irremediable, me sentía aún más culpable. No merecía su esfuerzo, no merecía esa cena. —Hola —dije con una voz baja, apenas audible, mientras me acercaba a la mesa. Sofía sonrió, pero en sus ojos podía ver que esperaba algo más de mí. Quería que esa cena fuera perfecta, pero yo no estaba en el estado mental adecuado para ello. Me senté frente a ella, tomé el tenedor y la cuchara, pero el peso del día seguía encima de mí. —Gracias por la cena— Mi mente seguía dando vueltas a lo que no debía, mientras ella trataba de que la cena fuera especial. Hablamos un poco, sobre cosas triviales, pero yo no podía dejar de pensar en la conversación pendiente. La situación, ese silencio cargado de incomodidad, comenzó a pesar aún más cuando Sofía intentó acercarse a mí, como si quisiera seducirme, como si quisiera devolverme algo que ya se había perdido. Su mano tocó mi pierna bajo la mesa, y vi cómo su mirada se suavizaba, llena de esperanza. Pero yo, simplemente, no podía responder. No podía sentir lo mismo. Y eso mataba un poco mi espíritu. Su mano subió aún más bajo de la mesa, llegando a un punto donde mi cuerpo debía de responder a ese estímulo, me puse recto en la silla. —Nicolás, ¿qué está pasando? —preguntó en un susurro, su voz trémula. Me miraba con esos ojos que tanto amaba, pero sentía que todo había cambiado. Yo no sabía qué responder. Estaba cansado, no solo físicamente, sino emocionalmente. —Nada está pasando, Sofía. —Mi tono sonó más frío de lo que querría, pero no pude evitarlo. —Estoy cansado, solo quiero descansar. Lo estoy intentando, aunque no lo veas o quieras creerlo. También lo intento, por nosotros. Ella asintió lentamente, sin decir nada más, pero su rostro se desfiguró por una tristeza que me atravesó como un cuchillo. Y fue en ese momento cuando supe que la cena, todo el esfuerzo que ella había puesto en eso, no había logrado ni siquiera acercarnos. En silencio, seguimos comiendo, pero la conversación ya no fluía como antes. Cuando finalmente nos acostamos en la cama, con la distancia palpable entre nosotros, fue Sofía quien rompió el silencio, su voz apenas un susurro. —¿Tienes una amante, Nicolás? —su pregunta me golpeó como una bofetada. Mi corazón se aceleró, y por un momento no supe cómo responder. ¿Cómo podía explicarle lo que pasaba por mi mente, sin herirla aún más? Encendí la luz sobre la mesa de noche, con la respiración acelerada.—si la tienes solo dímelo para dejar de hacer el ridículo, para dejar de esforzarme — Me giré hacia ella, mirándola fijamente. Sabía que tenía que ser honesto, pero la culpa me embargaba. Había pensado en Laura, sí, pero no había hecho nada. No podía hacerle eso a Sofía, no podía traicionarla de esa manera. —No, Sofía, no tengo una amante. No he estado con nadie más —dije, mi voz firme, aunque me sentía culpable por no ser capaz de amar a Sofía como lo hacía antes. —Nunca te haría algo así. No a ti. —me quede en silencio, en la misma posición. Hubo un largo silencio después de mis palabras. Ella no dijo nada, pero las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos. Estaba matándome por dentro ver cómo se derrumbaba lentamente. Y entonces, entre sollozos, Sofía susurró: —Está bien. Yo... yo acepto lo que dijiste. Si crees que lo mejor es que nos demos un tiempo, lo haré. Pero, por favor, necesito que una vez por semana vayamos a terapia, a ver a un terapeuta de pareja. Necesito creer que esto no es el final.— Me moví en la cama, con el corazón y la respiración acelerada por lo que iba a hacer. Algo que hacía meses, tal vez un año que no me atrevía, cruce esa línea entre nosotros y la tome en mis brazos, le di un beso en la frente que prolongue por unos minutos, sentí sus lágrimas empapar mi cuello. El peso de sus palabras me aplastó. Yo sabía que tenía que ser lo suficientemente valiente como para luchar por nosotros, pero no sabía si aún quedaba algo por salvar. Aun así, no podía negar su petición. —Está bien, Sofía. Lo haremos. —Dije en voz baja, como si esa pequeña promesa fuera lo único que quedaba. La besé, porque necesitaba asegurarme que el contacto entre nosotros continuaba vivo, aunque fuera apenas unas llamas débiles. Sí quedaba algo allí para nosotros. Ella se acurrucó cerca de mí, y por primera vez en mucho tiempo, me sentí más solo que nunca. Sabía que las cosas no serían fáciles, pero también entendía que si no hacíamos algo pronto, sería demasiado tarde. Y, aunque estaba agotado, un pequeño resquicio de esperanza se abrió en mi corazón. Quizás, con el tiempo, encontraríamos una manera de volver a encontrarnos. O tal vez ya era demasiado tarde. En medio de la noche me desperté, no sé por qué, solo abrí los ojos y la oscuridad me dio la bienvenida, palpe la cama a mi lado buscando su cuerpo, pero no estaba, encendí la luz y mire a mi alrededor, ¿Ella no se iría en medio de la noche? ¿O sí? Me pare de la cama y la busque en el baño de nuestra recámara y no estaba, fui a la habitación de invitados y todo estaba en calma allí, baje a la primera planta y no estaba en la sala, ni en la oficina, pase por el baño de invitados y nada, tampoco en la cocina. El corazón se me encogió de golpe al mirar por la ventana y verla sentada en la terraza, totalmente quieta. Me debatí unos minutos si salir y hacerle compañía o dejarla sola, al final encendí la luz de la cocina y ella mira hacia donde yo estaba, en su mirada vi el dolor y la desesperación que yo le estaba causando. Quería de alguna manera borrar esas emociones de sus ojos, de esos ojos que lo fueron todo para mí en los últimos 16 años. Di un paso para llegar a ella, uno pequeño, pero que simbolizó demasiado para mí, luego di otro y antes de darme cuenta me encontraba sentado a su lado, tome su mano fría entre las mías y la mire a los ojos. —Vamos a superar esto— le dije, porque era lo que creía creer— vamos a salir adelante, nosotros dos, como lo hicimos en el pasado, no es la primera vez que estamos separados y volvimos a encontrarnos y mira todo lo que conseguimos después de esa separación. Ahora no será diferente. Solo vamos a intentar estar solos, buscar en nuestra mente las cosas que antes nos gustaban y de las que disfrutábamos, a extrañar la presencia del otro en nuestro día a día, a mirar en nuestro interior que nos está pasando, qué es lo que nos está afectando a esta manera. Si es la costumbre lo que nos afecta y cuando descubramos que es lo que nos pasa, volveremos a ser felices juntos. —Pero no sabes si me amas— me interrumpió, baje la mirada a nuestras manos unidas, algo me golpeo el corazón, recordando esas crueles palabras que salieron de mi boca sin pensarlas. —Sé lo que dije, pero también sé, me puedo volver a enamorar de ti mil veces más, llegar a amarte de muchas formas diferentes. Como lo he hecho todos estos años. Eres el amor de mi vida, la persona más importante para mí, ya eres parte de mí. —ella solo asintió, la besé en la frente y luego en la mejilla húmeda por las lágrimas.
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