IAN
—Tienes que abrir los ojos y decirme que todos ellos están mintiendo, que tu solo estas aquí como parte de la intervención. —dije acariciando su cabello, pero no había reacción alguna. Comencé a acariciar su cuello con las puntas de su cabello, eso era algo que le daba cosquillas y seguí sin recibir ninguna respuesta.
—Joven, ella ya no está con nosotros. —dijo la mujer en la puerta y moví mi cabeza en negación.
—No, eso es mentira de todos los que están afuera. ¡Ella está viva, solo dormida! —dije y la mujer levantó sus manos dando unos pasos hacia atrás.
—Libby, despierta. Me estas preocupando. —dije tomando su rostro entre mis manos. Su piel estaba fría y fui donde me incliné a escuchar su corazón y no lograba encontrar su latido. Tomé su mano y busqué su pulso en su muñeca y tampoco lo pude sentir.
—Señor, ya no la toque. —dijo la mujer intentando alejarme de Libby, pero la alejé.
—¡Libby! ¡Despierta! ¡No! Tu no pudiste haber muert0. No sin que antes te dijera que te amo. Te amo, mi oscuridad de ojos almendrados.
—¡Señor! —gritó alguien en la puerta. Caí de rodillas al suelo, tomando su mano.
—Lo siento, lo siento mucho. Perdón por no poder ayudarte a salir de tu oscuridad. Por ser parte de tu dolor, yo soy quien debería de estar aquí, no tu. Lo siento por no estar para ti, por ser tan cobarde e intentar huir de lo que siento por ti. No me hagas esto, Libby, por favor despierta. ¡¡Despierta!! —grité desesperado. Nada de lo que intentaba funcionaba. No la hacía despertar.
—Hijo, Libby se fue. Será difícil, pero tienes que dejarla ir. —dijo alguien y no era otro que su padre—. Cuando fui a buscar ropa para ella, me encontré con esto dentro de su armario. Tiene tu nombre, siento que debes tenerlo. Me siento muy mal por no poder haber hecho más por mi pequeña niña. —Me entregó una pequeña caja cuadrada y la reconocí. Hace un poco menos de dos años le había dado un collar con su inicial. Sobre esa caja, ella habría escrito mi nombre con un marcador.
—No tuvo el valor para buscar ayuda para usted mismo, obvio que tampoco lo iba hacer por su hija. —dije poniéndome de pie, limpié mis lágrimas con el dorso de una de mis manos, mientras seguía tomando la mano de Libby.
—No hay otros culpables para todo esto, que usted y yo, señor. No somos la causa de que ella esté sobre esta mesa fría, pero sí de haberle causado mucho daño por no poder hacer nada por ella. Yo le hice mucho daño. Y es ahora que ella no puede escucharme que confieso lo que debí decirle hace mucho tiempo. —Me incliné a darle un beso sobre sus labios secos, uno en su frente y otro en su mejilla.
—Espero que ahora puedas descansar de tanto sufrimiento y encontrar la paz que tanto tu mente y corazón necesitaban. Gracias por ser la luz en mi oscuridad. —Susurré en su oído.
La miré una vez más y me obligué a soltar su mano. Mi corazón dolió y hasta me sentí mareado por un momento, pero luego lo único que pude sentir fue furia, furia por lo que estaba pasando, furia por no poder hacer nada.
Caminé fuera de la habitación y la caja en mis manos comenzaba a quemar. Procedí a abrirla y me encontré con pequeñas notas dobladas y una memoria USB dentro.
Una mano en mi hombro me hace cerrar la caja de nuevo.
—¿Estas bien? —preguntó mi padre y negué.
—Sera mejor regresar a su casa. —propuso el psicólogo.
—¿Quieres ir a la casa, Ian? —asentí.
El camino a casa fue hecho en completo silencio, mis dedos iban aferrados a la caja con mi nombre, sabía que lo que me encontraría sería el dolor de Libby durante todo este tiempo.
Llegamos a la casa, corrí a mi habitación y se podían escuchar voces de mujeres venir desde la habitación de mis padres.
—¿Estás seguro de que no necesitas nada? —preguntó mi padre por enésima vez, negué sin verlo, solo cerré la puerta.
—Puede que en este momento esté tranquilo, porque su cerebro todavía no ha asimilado la situación o está aún en negación. Les dejaré esto por si hay necesidad de utilizarlo. —la conversación siguió, pero no me interesó me alejé de la puerta y caminé dentro de mi habitación.
—¿Por qué te fuiste? —pregunté viendo la caja en mis manos.
«¿Ahora si lloras por ella? Recuerdo muy bien cuando viéndola a los ojos, te cogías a su amiga. Le causaste una hospitalización porque dejó de comer, de ir a sus clases. La verdad es que si eres un monstruo. Bueno, somos un solo monstruo».
No cabe duda de que mi mente esta mal, yo estoy mal.
Me senté en la cama y abrí de nuevo la caja. Saqué la primera nota, la abrí y me sorprendí pues la letra era muy pequeña.
“Reaccionaría mal a la más mínima insinuación de esas dos palabras. Se inclinaría torpemente para adaptarse a mi estado de ánimo haciendo que me sienta culpable por lo que tenemos. Lloraría sabiendo cómo mis lágrimas se sentían como ácido quemando mi piel. La infinidad de veces que presioné cada pequeño botón esperando que fuera el correcto que me dejara entrar en su corazón.
Ahora me tiene miedo, no solo a mí, sino también a lo que somos y seremos. Me tomó por sorpresa, el odio en su mirada, la manera en cómo se debió sentir empujado hasta llegar a lastimarnos. Los actos dolieron más y los recuerdos son los que me perseguirán, pero le faltó coraje para que dijera las palabras y así poderlo saber. Él actuó, ahora puedo ver que es mi culpa.
Hice cambios que pasaron desapercibidos. Canté canciones para oídos sordos y él confundió mi silencio con un castigo, desmoronando todo lo que había sido todos estos años.
Muchas veces las palabras que salen del corazón a través de la boca pueden ser de felicidad para una persona, pero la destrucción para la otra. Él se portó mal, ahora puedo ver que es mi culpa.
El haber dicho te amo, Ian. Me tomó por sorpresa y no pensé que de esa manera responderías y mucho menos actuaría.”
Cada palabra fue como una daga que penetró mi cuerpo. Leer eso fue como escuchar su manera de hablar tan peculiar y profunda.
Eran muchas notas, pero no tenía el valor de seguir leyendo. Fui sacando una a una y justo cuando sacaba la número doce, algo me descolocó.
Una pequeña foto polaroid de Libby sonriendo al espejo, su cuerpo estaba de lado, con una mano sostenía la cámara y con la otra acariciaba su enorme vientre desnudo. Debajo de la foto solo se leía, Leila.
Nuevamente, pude ver su sonrisa. Acaricie su rostro en la fotografía y la realidad me golpeó de repente. Libby ya no estaba y ya no estará.
El llanto de un bebé afuera de mi habitación me estremeció. Un escalofrío recorrió mi cuerpo al darme cuenta que ese bulto rosa en los brazos de mi madre y de mi padre era mi hija.
Rápidamente salí de mi habitación y el pasillo estaba con las luces apagadas y el llanto había cesado. Ingresé de nuevo a mi cama y el llanto comenzó de nuevo. Esta vez la puerta al otro lado del pasillo se escuchó. Abrí la puerta de nuevo y vi a mi madre bajando por las escaleras.
Mis pies se movieron por voluntad propia, mi mente me decía que no lo hiciera, pero me fue imposible no caminar hasta la pequeña cuna en el lugar. Mire alrededor y en menos de un día ya tenían todo lo que un bebé necesitaba.
Quejidos me hicieron acercarme del todo y ver hacia abajo. La pequeña me miró con sus ojos almendrados, iguales a los de Libby, sus mejillas eran robustas y estaban enrojecidas. Sus manos se movían de igual manera lo hacían sus pies. Era tan pequeña que posiblemente la podía sostener sólo con una mano.
—Ian. —dijo alguien en la puerta de me alejé de inmediato de la cuna—. ¿Quieres sostenerla? —preguntó mi madre y negué. No dije nada solo caminé pasando por su lado y saliendo de la habitación.
Cerré la puerta y mi espalda descansó un momento sobre ella. La niña se parecía a Libby y posiblemente sería como ella, un ser dulce y puro.
«Tambien pudo haber sacado tu locura». Negué ante eso, eso no podía ser. Ella no podría ser como nosotros.
Me di un baño y al regresar a la cama coloqué su foto debajo de mi almohada. Con el único deseo de que pudiera verla en mis sueños, hablar con ella.
Me desperté porque mi padre me despertó. No quería que me perdiera el entierro de Libby, lo que agradezco. Me vestí completamente de blanco, ella dijo una vez.
—Si la oscuridad me consume a mi primero, me gustaría que fueras la luz. Así que si pierdo mi batalla con la vida, me gustaría que vistieras de blanco. Así poder verte desde el más allá. —Sonreí al recordar cómo estábamos abrazados en esta misma cama que en ese momento tenía mi ropa sobre ella.
El entierro pasó y muchos días le siguieron, pero no recordaba mucho. Tuve una crisis y no sabía muy bien qué pasó. Solo recuerdo al amigo de Libby golpearme justo cuando algunos hombres terminaban de cubrir por completo su eterno descanso con tierra.
Tres semanas desde eso y aun no lograba juntar el valor necesario para acercarme a mi hija. Tampoco leer las cartas de Libby. Una noche tomé el valor para introducir la memoria USB a mi computadora. Todo lo que estaban ahí eran videos de más de 5 minutos la mayoría. La carpeta tenía 56 elementos y todos tenían diferentes nombres; Sin embargo el primero era, “Para Ian, 1.” Luego le siguen 2,3,4… hasta el último que dice “Para Leila."
Le di reproducir al primer video y Libby estaba sentada en su cama viendo a la cámara. Sonreí al verla, era como estar en una video llamada con ella.
—Hola, Ian. Si estás viendo esto es porque posiblemente ya no esté y que recibiste esto gracias a mi padre. Mi madre me ha encerrado. Me tiene cautiva desde que se enteró que estoy embarazada. Si, Ian, es tu hijo. —ella se levantó su sudadera y dejó ver su vientre un poco abultado—. Mi madre dice que cuando el niño o niña nazca lo dará en adopción y yo no quiero eso. Que no pueden haber dos enfermos en la misma familia. —Su voz se quebró y cubrió su rostro. Mis manos se cerraron con fuerza y el tibio liquido en mis ojos quemaba. Me dolia mucho, sentia impotencia al verla así. Luego de unos segundos logró calmarse y continuó.
» Por eso tomé la decisión de hacer estos videos, porque si ella me obliga a dejar ir a nuestro hijo, acabaré con todo, especialmente con mi vida.
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Nos leeremos el viernes.
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