Adrián —¿Cuánto falta para las diez, papi? —Unos quince minutos. Lucy suspiró y se recostó sobre el respaldo del sofá, mirando la calle mientras esperaba que llegara el auto de Lisbeth. Desde que le había dado la noticia, ella estaba llena de nerviosismo, y no de manera positiva. Mi pequeña, normalmente despreocupada y vivaz, ahora estaba retraída y callada. Se desconectaba y había que volver a incorporarla a alguna actividad o conversación. —¿Qué tal si jugamos una partidita de cartas, Lucy? —Carina se sentó junto a ella en el sofá y le tocó la espalda. Lucy negó con la cabeza. —No. Solo quiero esperar. Carina me miró con el ceño fruncido, preocupada. Suspiré. No había nada que pudiéramos hacer para distraer a Lucy de su ansiedad. Agradecía más que nunca a Carina. A pesar del dañ

