Marshall Kendall dudó al principio cuando se acercó a mí y puso las manos sobre mi pecho desnudo. Sus yemas se deslizaron por mis pectorales y sonrió al frotar los pulgares sobre mis pezones, haciéndome sisear. —Hermoso —susurró, la voz cargada de asombro. —Creo que esa es mi frase —gruñí y cerré los puños a los costados. Era jodidamente difícil no tocarla, pero esta era la seducción de Kendall y yo solo iba de pasajero. Ella negó con la cabeza; la sonrisa creció junto con su seguridad. —No, estoy segura de que es mía. Tú eres hermoso por todos lados, Marshall. Tu cuerpo, para empezar, es una puta obra de arte. Presionó un beso justo en el centro de mi pecho, entre los pectorales, luego en cada uno. Después pasó la lengua por un pezón y luego por el otro. —Pero tu cara y todas las l

