Roxana Dios santo. El calor en los ojos de Javier era casi tan abrasador como el hombre mismo. Era literalmente el hombre más guapo que me había tocado en la vida y, por mucho, la cosa más sexy que había visto tan de cerca. Tenía una belleza salvaje, con un cabello n***o y espeso que llevaba un poco demasiado largo y unos ojos grises, profundos, que parecían no dejar pasar nada. La barba de unos días le daba a su mirada gris destellos plateados, como metal fundido, lo que le confería un aire casi de otro mundo. Al menos hasta llegar a sus hombros anchos, sus abdominales marcados, su cintura estrecha y músculos sobre músculos. Era hermoso y hosco. Y hermoso. Realmente, realmente hermoso. Y era mi nuevo jefe. —Puedo, eh, cargarla si quieres? ¿En serio iba a ser ese tipo de mujer que se

