Javier Respiré profundo y dejé salir una sonrisa al exhalar. El pelo de Roxana seguía oliendo a fruta, y nada se comparaba con despertarme teniéndola en mis brazos, con sus mechones desparramados por mi cara y mi pecho. Llevábamos cuatro noches compartiendo cama —su cama— y cada mañana me despertaba sonriendo como idiota. Me encantaba estar así con ella, a pecho descubierto y en silencio, sin necesidad de llenar el vacío si no teníamos nada que decir. También me encantaba que folláramos tan fuerte, con tanta hambre y tanta intensidad que normalmente nos dormíamos donde caíamos, después de corrernos tan brutal que no podíamos ni movernos. Anoche me desperté buscándola a tientas y descubrí que nuestros cuerpos seguían enredados. Eso nunca me había pasado con nadie, y nunca lo había querido

