Capítulo 4

863 Words
Al otro día Ethan me había mandado un mensaje de texto pidiéndome que revisara mi correo. Me había enviado un mensaje, en el cual me adjuntaba un enlace diciendo que había encontrado un departamento perfecto para nosotros en una publicación de internet. Hice clic en la página web y me asombré con el lugar. Era un departamento dúplex de gran tamaño. Íbamos a ser cinco personas, tenía dos habitaciones abajo y tres arriba, tres baños y una cocina equipada. El precio era alto, sin embargo, Ethan, su amigo, Brad y yo trabajábamos, por lo que podríamos hacer un esfuerzo. Envié un correo al dueño pidiéndole una cita para que pudiésemos ir a visitar el lugar. Cerré mi computadora y me fui a bañar. Hoy tenía que ir a la sesión con Chris. Me preguntaba si es que aún seguía enfadado conmigo. Sequé mi cabello y terminé de vestirme. Me puse unos shorts negros con una blusa a cuadros roja, unas zapatillas y una cadena que mis padres me regalaron al cumplir los dieciocho. Ordené mi bolso y salí del departamento, cerrando todo antes de irme. Las calles estaban llenas de gente que intentaba capear el calor con una bebida helada. Yo llevaba lentes de sol y un agua mineral. Opté por hacerme una coleta, la cual dejaba a la vista mi tatuaje en lado derecho, cerca de la oreja. Caminé tranquilamente, tenía tiempo de sobra y el estudio no quedaba muy lejos. Subí al piso cuatro por las escaleras. Saqué mis llaves y busqué las del salón, pero antes de abrir la puerta, Steven salió de la habitación pegándome un empujón bastante grosero. Pasó de largo sin mirarme y yo, sin entender nada, pasé, encontrándome con un Chris frustrado, que respiraba fuertemente, pasando su mano por el cabello, caminando de un lado a otro. —¿Llego en un mal momento? —pregunté con una media sonrisa, un tanto tímida y un tanto divertida. ¿Qué podía hacer? Verlos mal me hacía feliz. Podía sonar cruel, pero me agradaba, aunque sabía que aunque terminaran, yo jamás estaría con Chris. —Perdona por lo que tuviste que ver —respondió él con una sonrisa que bordeaba lo falso. —No vi nada, no te preocupes —dije amablemente—. De todas formas, no eres tú el que tiene que disculparse por el empujón. —Oh, ¿te empujó? A veces es un imbécil —admitió con cierta molestia. —¿Puedo preguntar qué sucedió? —Lo mismo de siempre, pequeña —respondió moviendo los ojos con hastío. —Bien, ¿entonces lo olvidamos y empezamos a trabajar? —pregunté animadamente con una gran sonrisa. Él rió cortamente y negó con la cabeza. Lo miré confusa. —Hoy saldremos —respondió con una gran sonrisa. Dios, amaba cuando sonreía. Qué gran desperdicio era este hombre—. Ayer me dijiste que no, pero hoy no te lo permitiré. —Pero, Chris, yo… —No aceptaré un no por respuesta —interrumpió enarcando una ceja—. Cancelé a Steven por ti, no me dejes así, preciosa. ¿Que había hecho qué? ¿Había dejado a Steven… por mí? ¿Me había preferido a mí sobre Steven? Vaya, eso era algo nuevo. No pude evitar tener una sonrisita estúpida en mi rostro. —Está bien, si lo dices así es imposible decir que no —acepté de buena gana. ¿De buena gana, dije? Dios, no podía estar más feliz. —Bien, vamos —dijo ofreciéndome su brazo. Yo lo tomé risueña y me preguntaba, al igual que muchas otras veces, ¿cómo podía ser tan perfecto y a la vez tan gay? ¿Por qué no había podido nacer hombre? Bueno, de cierta forma comprendía a Steven; cualquiera sería posesivo con un hombre como este. Hermosos y profundos ojos verdes, sensible, inteligente, interesante… parecía ser el hombre más malditamente perfecto que había conocido en mi vida. —¿Dónde iremos? —pregunté mientras bajábamos las escaleras. —La verdad, no tengo idea —respondió riendo—. Mi misión era que aceptaras venir conmigo, ahora tenemos que pensar dónde iremos. No pude evitar pensar en algunas opciones que, personalmente, eran interesantes. Quizás algún callejón donde pudiera abusar de él, o… —¿Y bien? —insistió en algo que yo no escuché—. ¿Te parece si vamos al teatro? Oh, me sentí ridícula. Amaba el teatro, sí, pero mientras él pensaba en una salida amistosa y cultural, yo pensaba en… bueno, en algo no tan amistoso. —Sí, me parece genial —respondí sonriendo, un tanto sonrojada. No sé si no lo notó o se hizo el tonto. Fuimos hablando de demasiadas cosas en el camino. Con él podía hablar de todo. Era como si yo no fuera mujer ni él hombre, éramos iguales. Teníamos muchos temas para conversar, parecía que las palabras no se nos acabaran nunca. Por eso me atraía más que cualquier otro hombre: él tenía mundo, sabía expresarse, tenía cerebro y lo sabía usar. Además de ello, tenía una sonrisa encantadora y una mirada hipnotizante. No podía creer lo mucho que me auto torturaba con pensamientos como esos.
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