Nos encontrábamos afuera, en el balcón, mirando hacia la calle, sin decir una palabra. Una parte de mí creía que no sería tan difícil, pero la otra sellaba mis labios en cada intento de comenzar a hablar. El viento chocaba contra nuestros rostros mientras se llevaba lejos nuestros suspiros y traía a nosotros el sonido de las ruedas chocando contra el asfalto, las bocinas desesperadas y las voces de algunos peatones. Me decidí finalmente a mirarlo y me apoyé contra la baranda con los brazos cruzados sobre mi pecho, los ojos hinchados y la indecisión a flor de piel. Enterré mis dedos contra mi brazo, tomé aire profundamente y mis labios lograron al fin despegarse. —Creo que ya sabes lo que quiero decirte —dije débilmente, intentando suavizar lo más posible la dolorosa situación. Scott apre

