Finalmente, aunque no lo quisiera y con sólo pensar en ello se me revolviera el estómago, llegó el día, y desperté con los ojos arenosos, hinchados y un tanto rojos. Sentía el cuerpo pesado y estaba desganada. No quería moverme, sólo quería desaparecer del mapa o volverme cenizas. No quería ver a Chris. No sabía con qué cara iba a mirarlo a los ojos; ni siquiera sabía si iba a poder hacerlo. Y lo dudaba. Me destapé y somnolienta me dirigí a la cocina. Al salir de la habitación unos brazos me aprisionaron con delicadeza. —Hola, linda —susurró cariñosamente, besándome con lentitud. Al separarnos, él me sonrió. Le devolví la sonrisa, quién sabe cómo. —Hola, Scott —respondí, sintiéndome con cierto cargo de conciencia al sólo llamarlo por su nombre—. ¿Cómo dormiste? —Muy bien, gracias —resp

