La casa de Stany era tan hermosa como Mora había aventurado, aunque prácticamente no había llegado a ver su interior. Stany la había alzado en brazos ni bien cruzaron el portal y la había cargado hasta su enorme habitación, para convertir las risas en deseo con premura y satisfacción. Tenerla allí se había vuelto increíble para él. Su figura sobre su enorme cama se dibujó amenazante. Agradecido de contar con la oscuridad de la noche como aliada decidió no encender las luces. No era tan valiente. En su mente se libraba una batalla desigual, en la que la culpa estaba dando sus golpes con sobresaliente pericia. Los recuerdos de otras caricias, de otra voz, de otro cuerpo comenzaban a torturarlo, pero no quería que ella lo notara. Definitivamente no lo merecía. Por eso aceleró sus besos

