Samanta cayó al suelo al impactar con... «¿Un poste?», pensó ella frunciendo el entrecejo. Sin embargo tuvo que mirar de nuevo para cerciorarse. Se dio cuenta de que el motivo de su caída era un hombre, quien al parecer, media lo mismo que un poste. Era gigantesco.
Ella se entretuvo con la multitud que estaba aglomerada alrededor de la selección de fútbol que acababa de llegar y pensó en lo tontas que se veían algunas chicas dando saltos y gritando como posesas, ante la presencia de un montón de hombres que se ganan la vida corriendo de un lado para el otro, en un estadio, persiguiendo un balón. Hombres que de seguro la única neurona que les funcionaba, sólo les servía para diferenciar una proteína de una caloría, y por esa razón no vio al sujeto delante de ella.
—¡Oh! Lo siento mucho. ¿Estás bien? —preguntó el hombre. Había mucha preocupación en su voz. Su tesitura era muy masculina. Sam se olvidó que estaba tendida en el suelo. Él extendió su mano para ayudarla a levantarse y preguntó de nuevo—, ¿Estás bien? ¡Lo siento mucho! No te vi venir.
Ella agitó su cabeza.
—Estoy bien. Fue mi culpa. No me fijé por donde iba.
Una vez de pie, ella bajó la mirada hacia el suelo y pudo ver algunas cosas desparramadas en el piso. Ambos se agacharon para recoger sus pertenencias.
Dominik no podía evitar mirar a la chica con detenimiento, pues era preciosa.
—¿Sucede algo? —Indagó ella, al notar que el desconocido la miraba fijamente.
—Eres muy linda —soltó Dominik sin más.
Samanta abrió los ojos con asombro ante la osada confesión.
Dom maldijo esa sinceridad que lo caracterizaba, esa que le hacía decir todo lo que pensaba.
Sam no pudo hacer caso omiso a lo que veían sus ojos. El hombre llevaba capucha y no pudo detallarlo bien. Sin embargo, pudo ver el azul intenso de los ojos de la persona frente a ella. Tenía rasgos muy varoniles y lo que más llamó su atención, era que tenía una boca carnosa, unos labios perfectos para besar. Al pensar en eso, no pudo evitar morderse el labio. Samanta agitó su cabeza con fuerza al darse cuenta que estaba fantaseando con un sujeto que ni siquiera conocía. Se irguió de golpe y él también lo hizo.
«¡Madre mía! Le llego al pecho», pensó ella al constatar que el hombre era altísimo. Miró de nuevo ese rostro. Ese segundo vistazo le ayudó a notar cierta familiaridad. Era como si ya hubiese visto ese rostro en otra parte. «¿Pero, dónde?».
A Dominik no le gustaba que lo miraran mucho, pero esos hermosos ojos café que lo observaban, le trasmitían una paz absoluta. No tardó mucho en darse cuenta que la chica tendría unos escasos 20 años —o menos—, pues su apariencia era muy juvenil.
—Es él…
Una voz lejana la hizo espabilar.
—Allí está —una chica señaló en dirección a Samanta y Dominik.
Dominik soltó una palabrota en alemán, “mierda”, para ser más específicos.
Samanta frunció el ceño y se limitó a quedarse quieta, mientras el hombre parecía querer desaparecer de allí.
En cuestión de segundos, el sujeto estaba rodeado de mujeres y reporteros de la prensa.
«Pero, ¿qué coño?». Samanta no entendía nada.
Ella miró confundida todo lo que sucedía. No comprendió porque la gente se comportaba así. Gente tomaba fotos, más gente aparecía de la nada, aglomerándose alrededor de ese hombre. Mientras él sólo bajaba la cabeza, tratando de alejarse.
Poco a poco, Sam se fue alejando del lugar, dando pasos lentos hacía atrás, a medida que llegaban más chicas…
«¡La prueba!».
Samanta se echó a correr en dirección a la salida al recordarlo. Salió de prisa del aeropuerto, cogió un taxi y le indicó la dirección al taxista. Miró su reloj. Se percató que faltaba veinte minutos para la hora del examen.
«Desearía que le salieran alas al coche», pensó mientras veía por la ventana del vehículo en movimiento. Las cosas pasaban con rapidez ante sus ojos, su mente divagó recordando aquel rostro perfecto, esos hermosos ojos y aquella voz…
El auto se detuvo.
—Llegamos —dijo el hombre, extendiendo su brazo hacia ella—. Son 50.
—¿Qué? —Samanta metió la mano en su bolso y sacó el billete. No tenía tiempo para perderlo discutiendo con un timador. De mala gana le dio el dinero.
Ella no acostumbraba a tomar taxis, pero esa era una emergencia.
Pagó y salió de un brinco del vehículo, para comenzar a correr de nuevo.
Los pasillos eran largos. Había mucha gente caminando en todas direcciones. Sam no podía dejar de mirar el reloj mientras repetía mentalmente: «Maldición. Es muy tarde».
Pudo divisar la puerta del salón que le asignaron. Notó que la persona encargada de la prueba apenas llegaba. Sacó fuerzas de Dios sabe dónde y corrió con toda rapidez para poder entrar antes que la puerta se cerrara.
Casi sin aliento, logró entrar.
Samanta pudo respirar con tranquilidad, al sentarse en su mesa.
Un par de indicaciones más y la prueba inició.
A pesar de que Samanta estaba avocada en responder todas y cada una de las preguntas, por momentos no podía evitar pensar en ese hombre, quien en segundos había pasado de ser un completo misterio a ser alguien aclamado por toda esa gente.
«¿Quién era?», la pregunta reverberó en su cabeza.
Tuvo que obligar su mente a enfocarse en la prueba.
Aunque le costó un poco concentrarse, lo logró y contestó el test en su totalidad.
Casi dos horas después, el examen concluyó.