Capítulo 29 - Samanta

634 Words
—¿Qué rayos ha sido eso? —Espetó Samanta en cuanto Teresa entró a la casa. —Pensaba que… —la hermana balbuceó. —Pensaste mal y lo sabes. No puedes pretender ir por la vida, comportándote así con cuanto chico se me acerca. —Si tú hubieras sido sincera conmigo, esto no habría pasado. Como con Alan, yo debí… —¡Basta! Lo de Alan fue un error, uno enorme, lo sé. Pero aprendí de eso y seguí adelante. Deberías hacer lo mismo. Samanta se dio la vuelta y se encaminó hacia su habitación, hecha una furia. Teresa no pudo evitar sumergirse entre recuerdos… Durante los 11 años que tenía trabajando como asistente social, se topó con toda clase de casos, que iban desde niños desamparados, porque habían perdido a sus padres en algún trágico accidente o porque vivían con un pariente incapaz de darles una buena calidad de vida. Tuvo que lidiar con víctimas de abuso s****l, con jóvenes adictos a las drogas, con niñas de 13 o 14 años, embarazadas. Tuvo que aprender a no dejarse llevar por las emociones, pues tenía que ser fuerte, por esas personitas que la necesitaban. Lo que nunca imaginó, era que esa realidad podría marcarla de una manera tan íntima. —Teresa, tienes una llamada —le indicó un compañero de trabajo. Ella recibía llamadas todos los días y a todas horas… pero ese día, hubo algo inquietante en esa llamada. Teresa sintió un escalofrío recorriendo su cuerpo. Tomó el teléfono y contestó. La sangre se le heló, cuando un hombre, que se identificó como enfermero del Good Samaritan Hospital, le indicó que su hermanita había sido ingresada de emergencia por presentar un severo cuadro de intoxicación. Esos minutos, los que tardó en llegar al hospital, fueron los más terribles de su vida. La preocupación la embargó y el sentimiento de culpa se hizo presente, sin avisar. «Si tan sólo hubiese sido más estricta». Sabía con precisión qué era lo que sucedía. Desde que Samanta comenzó a salir con ese muchacho, ella había estado actuando muy extraño. Y a pesar de que Teresa había hecho todo lo posible por oponerse a esa relación, su hermanita se comportó como la típica adolescente revoltosa. Cambió hasta su forma de vestir, por ropa negra con estampado de calaveras, además de usar collares de crucifijos y demás accesorios góticos, que parecían salidos de la serie televisiva, “The Monster”. Su dulce y siempre bien portada Samanta, pasó a ser una antítesis total de sí misma. Toda esa situación se le escapó de las manos. Llegó a la sala de emergencias y preguntó a todos por su hermana. Una joven mujer le indicó que estaba siendo atendida y debía aguardar en la sala de espera. Así lo hizo, mientras sentía que la ansiedad la mataba poco a poco. Al cabo de casi veinte minutos, un apuesto galeno se acercó a ella —¿Es usted familiar de la señorita Samanta Andrade? —Indagó él. —Sí. Soy su hermana mayor —Teresa se puso de pie de golpe—. ¿Cómo está ella? ¿Qué le ha sucedido? —Hemos logrado estabilizarla, pero… —el doctor hizo una pausa. Se mostró muy afligido—, no pudimos hacer nada por el bebé. Murió. —¿Bebé? —Teresa sintió como si alguien le hubiese dado un puñetazo en el rostro. —¿No lo sabía? —Farfulló el doctor, sorprendido—. Sí. Tenía casi 3 meses. Creemos que la perdida ha sido provocada. Encontramos una alta cantidad de heroína en su sangre. —¿Qué? —Teresa no pudo ni siquiera imaginar la escena. ¿Su hermanita embarazada y con sobredosis? «Maldito seas, Alan O’Conell». Teresa maldijo al único culpable de todo lo que sucedió.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD