Cuatro días pasaron con sus respectivas noches, desde el último encuentro entre Dominik y Samanta, y a pesar de que ella le dio su número telefónico a él, éste no la llamó. Ella estaba muy ansiosa, y sin poder evitarlo, veía todos los partidos del mundial, aunque Carlos le asegurara que Dominik no jugaba sino dentro de siete días. Samanta vio toda la gama de ESPN y FOX SPORT, lo único que logró ver fue un par de entrevistas pregrabadas de Dominik.
Esa tarde, en particular, Samanta estaba más irritable de lo normal y no dejaba de pensar una y otra vez:
«¡Tonta! Debiste pedirle su número», le gritó la vocecita en su cabeza.
Sin duda, ella lo habría llamado, aunque hubiese parecido una mujer desesperada, porque lo cierto era que sí, ¡estaba desesperada por hablar con él!
Luego recordó que ella no era así.
¿O sí?
Una vibración proveniente del bolsillo de su delantal la sacó de sus pensamientos. Era su celular. Al ver la pantalla no reconoció el número. Se apresuró en ir a la parte trasera de la cafetería, para contestar.
—¿Samanta? —Era la voz de Dominik.
Su corazón se aceleró.