Capítulo 1: Aquel tatuaje.
Isabela comenzó a hablar algo insegura. A pesar de haberse puesto en los zapatos de aquellas personas, sentía que su dolor no era comparado con lo que ella sentía. Se quedó un momento en silencio, Enola interrumpió:
- No te preocupes, toma tu tiempo y luego nos cuentas.
Una joven de menos de 20 años, miraba a Isabela mientras decía:
- Todos sabemos el dolor que se siente perder a un ser querido – dijo mientras una lagrima comenzaba aparecer. A la edad de 18 años – comenzó a relatar la joven – vi morir a mi hermana frente a mis ojos, es difícil aceptar la muerte de un ser querido, ahora imagínense verle morir. Mi hermana pequeña le gustaba estar conmigo todo el tiempo, eran seis años de diferencias, yo la protegía y también me agrada estar con ella. Sin embargo, llegó el tiempo en que yo comencé a tener novio y amigos, aun así, ella quería estar cerca. Un día tuve una discusión con mi pareja, porque ella iba con nosotros a todos lados. Ahora ya no sirve lamentarse, pero ese día tuve una fuerte discusión con ella, ahora que lo veo desde otro punto, al llegar a casa quise desquitar mi rabia, ella se encontraba nadando en la piscina, en la discusión acalorada; nos dijimos tantas cosas feas, bueno le dije miles de cosas feas, ella sólo escuchaba atenta a toda la porquería que yo le gritaba. No dijo ninguna palabra, sólo escuchaba. Como veía que no me daba pie para seguir la discusión, la agarré fuertemente por los hombros zarandeándola muy fuerte. En ese momento sólo quería que desapareciera. Di media vuelta y subí rápido a mi habitación, ella me seguía. Al llegar a mi alcoba, ella sólo pidió perdón, prometió alejarse y dio media vuelta. Yo entré a mi cuarto. Casi en el mismo segundo que se cerraba la puerta de mi habitación, escuche un fuerte sonido, que hoy por hoy retumba en mis oídos. Mi hermana pequeña, resbaló de las escaleras, la encontré aún con vida, no tenía sangre por ninguna parte. Corrí a su lado, ella aún tenía sus ojos abiertos, pero de su nariz comenzó a brotar sangre, en esas gotas de sangre, comprendí tristemente que el alma de mi hermana salía de su cuerpo, dejándome abandonada, dándome aquello que minutos antes le pedía. El color que emana la sangre es señal de perdida. Eso aun en día es complejo entender.
Perdón por causarte este dolor, pero la vida me ha llevado hasta aquí” fueron las últimas palabras que mi hermana pronunció, cerro los ojos para siempre.
Tengo el mismo sueño cada día, cada noche. Odio verla que me pide ayuda y estoy impedida ayudarle. No entiendo, porqué la vida te da aquello que pides en momentos coléricos. Te cumple aquellos deseos más negros que tiene tu alma. Recuerdo, que le dije que desapareciera, ahora veo cuanto hechizo existen en nuestros labios.
En ocasiones, he soñado que la lanzo de un edificio y luego soy yo misma que intenta darle la mano para que no caiga. En todos los sueños, escucho aquel sonido seco y estridente.
Siento que todo aquello fue mi culpa. Si sólo le hubiera expresado mi sentir, si sólo le hubiera dicho que necesitaba un poco de privacidad. Pero hacemos todo lo contrario, nos desquitamos la rabia con aquel ser que menos tiene la culpa, se nos hace más fácil creer que el otro falla y no uno mismo.
Aquella mujer, relató todo aquello mirando a la nada. Isabela no entendía cómo podía hacer todo aquello, como podía hablar sin titubear y sin culpar a nadie.
- Debemos aprender a vivir con nuestras decisiones – comenzó a decir Enola- es difícil aceptar que nos equivocamos que fallamos, pero somos humanos. Es permitido equivocarse, llorar, sufrir, pero vivir el duelo. Aprender a vivir con esas pequeñas cicatrices.
Sebastián miraba a Isabela, había tomado aquel aspecto indescifrable. Parecía estar en otro lugar, aislada en sus pensamientos. Acariciaba su vientre de forma automática.
La reunión terminó, Isabel sólo escuchaba y observaba, sonreía por decencia, pero de manera sincera. Se encontró mil veces con la mirada de Sebastián que la transportaba a otro lugar, aquella miraba le daba paz y tranquilidad. Sin embargo, ninguno se atrevió acercarse.
Cuando Sebastián la vio dirigirse afuera, decidió ir tras ella. La tomó del brazo y la halo hacia sí para abrazarla.
El cuerpo de Isabela estaba tensionado y poco a poco se fue relajando, sentía un corazón palpitar muy rápido, quedo allí en aquella comodidad, cerro los ojos y comenzó a disfrutar aquella sensación de protección.
- ¿Estás bien Isa…? – quiso saber Sebastián.
- Aja… - fue la respuesta que recibió, ella seguía con los ojos cerrados, quería disfrutar aquel momento.
Sebastián la soltó de aquel abrazo y la miró a los ojos. Sus ojos tenían un brillo que antes no había visto, sus labios se curvaban en una linda sonrisa. Desde aquella altura, Isabela se veía tierna y hermosa, su rostro resplandecía.
Se miraban en silencio sin decir nada, a veces sonriente y a veces coquetos. Sus miraban iban desde sus ojos hasta sus labios. Ambos deseaban probar aquellos labios, sin pensar en el pasado ni en el futuro.
- Lo siento – dijo Isabela en un hilo de voz y tomo aquellos labios gruesos. Se besaron sin prisa, lento, disfrutando aquel beso como si fuera el oasis más bendito del planeta.
En un principio Sebastián, no sabía qué hacer. Se sentía tan sorprendido por aquella iniciativa de parte de ella. se dejó llevar por aquello cálidos labios de ella, se sentía bailando un hermoso tango, aquel que siempre quiso bailar y nunca se lo permitió.
- ¿Por qué te disculpas? – preguntó Sebastián.
- Por lo que iba hacer – dijo Isabela.
Sebastián la miró y volvió a besarla, esta vez con algo de prisa como si el tiempo estuviera jugando en su contra, la tomo de la cadera y la acercó más a él. Mientras sus lenguas jugaban, por fracciones de segundo, Isabela dejaba escapar pequeños gemidos.
Se retiraron el uno del otro, Isabela abría sus ojos para verle. Se encontró con un Sebastián que le sostenía las mejillas. Mientras ella tenía las manos alrededor de si cintura. Ambos sonrían, ninguno dijo nada porque sus labios, miradas y cuerpos lo decían todo.
- ¿te llevó? – preguntó él.
Isabela asentía con la cabeza, aun se recuperaba de todo aquello que había ocurridos en minutos antes, en su mente solo tenía los labios de él devorando los de ella.
Sebastián la tomo de la mano y la dirigió hasta su auto. Isabela iba pensativa, pero esta vez con el rostro sonriente y resplandeciente. Le abrió la puerta del carro, la sentó y le abrochó el cinturón de seguridad. Rozando su prominente vientre. Isabela lo miraba, observando cada uno de sus gestos y movimientos.
Al salir a la carretera, Sebastián pensaba en el beso mientras se las arreglaba para evitar el tráfico, su vientre se encontraba algo emocionado.
- ¿Podemos ir a comer algo? - preguntó Isabela.
Sebastián, aún más sorprendido respondió que sí algo nervioso y sonriente. Isabela tenía una actitud diferente frente a él. Desde que le confesó sus sentimientos a Isabela, no había insistido en nada, le agradaba mucho que esta vez ella tenía la iniciativa.
Isabela por su parte, pensaba que la vida hoy está, pero mañana ya no. Al escuchar aquellas personas hablar, relatar sus historias y escucharlas lamentarse por todo aquello que debieron hacer y no hicieron cuando sus seres queridos estaban.
Cada vez que alguien contaba su historia, ella pensaba en Eduardo, esta vez pensó en todo lo que ella hizo, en aquellas noches, días, semanas que esperaba una linda acción de su esposo y nunca lo recibía. No lo recordaba con rabia, pero si pensaba que ahora alguien le había abierto su corazón y deseaba cambiar el rumbo de su historia amorosa. Su esposo siempre iba estar presente en su vida, pero también necesitaba encontrar la forma de vivir con eso.
Miraba de vez en cuando a Sebastián en la reunión, se lo imagino en su vida en plan amoroso. Él sonreía, a veces se encontraba con su mirada que le gritaba que todo estaría bien, y otras veces lo veía hablar tan alegre con las personas que salían y entraban de aquel lugar.
Al llegar a un semáforo en rojo, Sebastián la veía pensativa y callada. Así que tomo su mano para que esta lo mirara y preguntó:
- ¿todo bien? – acariciando aquella mano que se encontraba posada en su pierna.
Isabela sólo lo miró sonriente, asintiendo con la cabeza. Sebastián deseaba besarla nuevamente, pero no podía asustarla ni precipitar las cosas.
Almorzaron entre risas e historias de ambos. Cuando Isabela pidió que le llevaran algo dulce, recordó que en ese restaurante su esposo ahora muerto la había dejado mil veces esperando. Se quitó rápidamente el pensamiento de su mente y comenzó a decir:
- Sebastián – mirándolo a los ojos – emocionalmente en estos momentos, en complejo de explicarte como puedo estar. Lo único que sé es que hay días buenos y malos o a veces muy malos. Hace meses quede viuda y embarazada. La relación amorosa con Eduardo; mi esposo, fue compleja y difícil. Sin embargo, no quiero quedarme estancada, no quiero creer que eso era lo que merecía por ser como soy. Te conozco muy poco, aun así, sé que eres alguien sincero, tranquilo, respetuoso. – Sebastián la escuchaba atentamente-. Cuando me hablaste de tus sentimientos, me asusté, ni siquiera pensaba en eso. Desde ese momento fue diferente, comencé a pensar en ti de esa misma forma. No puedo ser egoísta, miraba estoy embarazada, no creo que nadie quiera criar un hijo que no es suyo. Sin embargo, si tú crees que puedes con esto, intentemos algo, conozcámonos y veamos qué pasa. Tenme paciencia, te daré lo mejor que pueda, si ves que los días son muy malos, déjame pasar ese día sólo y vuelve después.
- Isabela – comenzó diciendo Sebastián – todos tenemos días malos y buenos y muy malos, cuando te hablé de mis sentimientos, entendía tu estado, tu vida emocional, mental y física. Tu embarazo lo tengo muy presente, sé que ser madre para ti es importante y para mí, estar junto al niño que nazca será un placer, sé que no es mi hijo, pero lo tomaré como tal. Quiero estar en tus días malos y muy malos, quiero estar cuando nadie pueda estar. Si las cosas se tornaran fáciles no serían verdaderas. Quiero estar contigo, quiero verte reír y ser motivo de esas sonrisas. También te daré lo mejor que pueda. Yo estaré para ti como tú para mí.
- Gracias – dijo Isabela tomando su mano.
- Gracias a ti por permitir todo esto – Sebastián besó sus manos y ambos comenzaron a disfrutar de aquel postre que les servían.
Al llegar a la casa de Isabela, el reloj marcaba las tres de la tarde, el sol en Barranquilla era abrasador y sofocante.
- ¿Pasaras? – preguntó Isabela a Sebastián antes de bajarse del auto.
- Acompañaré a mi hermana a una diligencia – dijo Sebastián con pesar y añadió – al salir vengo ¿está bien?
- Sí – dijo Isabela algo decepcionada. Intento bajarse del carro, pero este le pidió que esperara. Sebastián rápidamente le abrió la puerta para que ella bajara.
Se despidieron con un abrazo y un beso en la mejilla. Sebastián le pidió que lo llamara si necesitaba algo. Ella lo vio alejarse en el carro. Sintiendo que todo empezaría a mejorar.
Isabela entró a su casa en una nube, recordando las palabras que Sebastián le dijo en el restaurante “quiero estar en tus días malos y muy malos”.
Isabela fue hasta el baño, se duchó, disfrutando del correr del agua sobre su cuerpo y melena. Muchas veces aquel beso se le venía a la mente. Los labios de Sebastián, su voz, sus manos, su pecho, su presencia.
Se vistió rápidamente y se tiró en la cama a ver una serie. Poco a poco fue quedando dormida, despertó agitada por el ruido del televisor, lo apagó y se acomodó para seguir durmiendo.
Soñó con Eduardo, lo vio feliz, radiante. Le dijo las siguientes palabras “Isabela, has conseguido un buen hombre y sé que será un buen padre para nuestros hijos, te pido seas feliz, no te detengas ni te desanimes si algo no sales como esperas. Ten paciencia y entrégate como en algún momento lo hiciste conmigo, te amo y eso no cambiará.
Isabela despertó con lágrimas en los ojos. El timbre sonó, haciendo que brincara algo sobresaltada. Al abrir la puerta, se encontró con la mirada de Sebastián, que la miraba algo preocupada. Ella sólo pudo, tirarse a los brazos de y cerrar los ojos sin pensar en nada. Ahí estuvieron; bajo el marco de su puerta, abrazados cuerpo a cuerpo.
Ingresaron bajo sus pensamientos, él tenía su mano agarrada tan fuerte que ni siquiera un ciclón podía quitar aquel agarre tan inquebrantable. Él no quiso preguntar, ella no estaba lista para hablar. Sólo lo levantó, lo guio hasta su habitación, le invitó a entrar a la cama y ahí se quedaron ambos, mirando al techo, sin mirar nada, hasta que ella dijo:
- Gracias – respiró – cuando más he necesitado a alguien, tú siempre apareces sin ser llamado.
- Paradójicamente – dijo él – cuando tengo tanta necesidad de ti, siempre te encuentro afligida.
- No sé cuánto puedas aguantar, no quiero dejarte un mal sentimiento, no quiero cargarte con mis problemas – decía ella mirándolo esta vez fijamente – por favor, no tengo nada que ofrecerte, solo mi angustia, mi desesperación y estas ganas de dejar de sentirme culpable por la muerte de mi espos… de Eduardo. Sebastián, sé que el amor consiste en encoger a esa persona que tu estas dispuesta amar, sin importar nada. Yo sé que ahora mismo estoy hecha nada, pero he decidido amarte, quiero volver amar y quiero que seas tú y sólo tú, sin embargo, debo ser paciente tanto o más que tú.
- Isabela, sé que amar a alguien requiere de un sacrificio muy grande, sé que se debe complementar a la otra persona y luchar por ese amor, no es cambiar al otro sino resaltar lo más hermoso de esa otra persona. con esto no quiero decir, que todo el tiempo debo hacer sentir al otro como la ultima maravilla, claro que no, hay conversaciones incomodas que nadie quiere tener, pero se debe tener por un bien de la relación. Quiero amarte, de igual forma, quiero amarte como eres, como estas y como serás. Para qué quiero verte siempre feliz, me estarías mintiendo. Sé que como seres humanos nuestras emociones son una montaña rusa, navegar o subir a ella sólo es para personas valientes. Y hoy te digo como otros días, que estoy dispuesto a subir a esa montaña rusa, sufrir, disfrutarla y vivirla, pero sólo a tu lado.
Al terminar de decir todo aquello; le dio un beso en la frente y comenzó acariciarle el cabello. Ella correspondió con un tierno beso en los labios y se sintió plena por primera vez en mucho tiempo. No quiso pensar en nada, simplemente quería vivir, sentir y estar abierta a cualquier cambio que se podía presentar.
Sebastián despertó algo sobresaltado, no recordaba donde estaba. Miró a su lado y vio la espalda de Isabela, se le veía tranquila con aquella respiración monótona que toda persona tiene al descansar, sus ojos iban recorriendo aquella espalda que lucía suave, su vista se detuvo en un tatuaje que se encontraba justo en el costado de su espalda baja derecha, en la oscuridad se podía percibir unos pájaros y libros, algo hermoso. Isabela se movía, dejando esta vez su rostro a la vista de Sebastián, este la besó y se levantó rápidamente al baño.
Isabela despertaba con una sensación de felicidad y gratitud. Había tenido buena noche y aquellos sueños perturbadores parecían abandonarla de repente. Le encantaba despertar junto a Sebastián, sin embargo, una sensación de soledad la embargaba al no encontrarlo a su lado.
Salió de su cama algo perezosa, realmente deseaba quedarse todo el día ahí, se sentía algo cansada y fatigada. Era claro que su hijo o hija; reposaba plácidamente en su cuna carnal, su vientre.
Al ir a la cocina, vio a Sebastián con el torso desnudo y pies sin calzar. Lucia hermoso, sus movimientos en aquella amplia cocina eran naturales y familiares, preparaba algo muy concentrado, sin percatarse que ella lo observaba con aquel ensimismamiento de un primer amor.
Él preparaba desayuno para su amada, intentaba que le gustara aquella sorpresa, pero dudaba de los gustos de ella. no sabia si el huevo frito le gustaba, si el pan de mañana era de su agrado, él simplemente quería ser atento con ella y el ser que yacía en su interior.
Sebastián miró a la dirección de Isabela y se encontró con aquella miraba cálida y divertida.
- Isabela – dijo algo divertido Sebastián - ¿hace cuanto estas ahí?
- Sólo observaba lo bien que te sienta la cocina – decía esta algo divertida.
- Ven – dijo está tomándole la mano y guiándola hasta la silla que se encontraba frente a la isa de la cocina – siéntate y come algo, debes estar famélica.
- Algo, pero primero deseo asearme un poco – dijo ella algo apenada – por lo menos lavarme los dientes.
- Claro, ve por favor – te espero.
Mientras Isabela fue asearse, Sebastián se sirvió un plato al lado de ella para acompañarla en el desayuno. Él aun no sabía cómo decirle que debía ausentarte una semana para ir hasta la casa de su madre. Él tenía claro que la relación acababa de empezar; aun así, él necesitaba decirle a ella todo al respecto de su vida, nunca lo había hecho antes con alguna otra mujer, pero esta vez él deseaba hacer las cosas de otro modo y que todo funcionara a la perfección.
Al Isabela llegar, se sentó y comenzó a devorar todo lo que él le había puesto en su plato. No sabía por qué, pero su hijo estaba muy hambriento. Ella era consiente que desde hace mucho tiempo no se alimentaba como su estado lo requería; así que devoró todo aquello sin dar tregua a nada.