Mérida llegó a casa, estaba silenciosa, entró a su alcoba y se asustó al mirar a James sentado al borde de la cama con una pequeña lámpara encendida —¡James, me asustaste! —¿Dónde estabas, Mérida? te llamé, no respondiste. —Estaba con mi padre, salimos de la empresa y fuimos a cenar. —Mérida, lo que pasó hoy, fue terrible. —¡Es culpa de la loca de Bárbara! ¡No intentes culparme! —exclamó furiosa —Lo sé, pero, tú, sabes cómo es Bárbara. Y, tú, siempre has sido más madura y tolerante, me sorprendió tu actitud. —¡No tengo que soportar su porquería sobre mí! Estoy cansada, no tengo que tolerar insultos. —Lo sé, te entiendo, yo no sé qué hubiese hecho en tu lugar —dijo James, y ella sonrió —Con lo impulsivo que eres, quien sabe —él esbozó una sonrisa —¿Cómo está Orión? llevo

