Aarón El sol es abrasador, pero en el mejor sentido posible. Se cuela por los ventanales abiertos, bañando la habitación con su luz dorada y cálida. Todo parece más vivo bajo su resplandor: las sábanas revueltas, las paredes pálidas, la silueta perfecta de ella dormida entre mis brazos. Su piel brilla, dorada, salpicada por destellos que me resultan irreales. Su cabello se esparce por mi pecho como una ola oscura y suave. Toda ella es luz. Toda ella es mía. Llevamos tres días aquí y aún no hemos cruzado esa puerta. No hemos necesitado nada más que esto; cuatro paredes, el murmullo constante del océano detrás de los cristales y nuestros cuerpos hambrientos del otro. Podría morir así, ahora mismo, con ella debajo de mí y entre mis piernas, con su aliento tibio en mi cuello y la certe

