Capitulo 7

2313 Words
Aarón —Tienes que decidirte, Aarón— dice mi padre por vigésima cuarta vez en lo que va de la semana. —Y lo haré— respondo, manteniendo la vista fija en mi plato. —Te recuerdo que este disparate lo aceptaste tú— insiste, como si no lo supiera ya. Pongo los ojos en blanco y me recuesto en la silla, fingiendo desinterés. He perdido la cuenta de cuántas veces hemos tenido esta conversación. —Hijo…— ahora es mi madre quien interviene con ese tono dulce que usa cuando intenta razonar conmigo—. Lo del abuelo fue solo una sugerencia. Puedes retractarte cuando quieras. Aprecio la intención, pero sé que no es tan sencillo. —¿Cuándo volverá Lía? — pregunto, desviando la conversación. Mi madre suspira y toma un sorbo de vino, como si la mención de mi hermana le provocara una mezcla de resignación y ternura. —Cuando ella decida que es suficiente— murmura mi padre, sin despegar la vista de su teléfono. Mal movimiento. Mi madre lo nota al instante. —Adrián… — su voz sigue siendo suave, pero esconde una advertencia inconfundible. En esta casa hay reglas. Y una de ellas es nada de teléfonos en la mesa. Mi padre suspira con resignación y deja el dispositivo a un lado. —¿Qué has decidido con Langstrom? — pregunto, fingiendo indiferencia mientras corto un pedazo de carne. —¿Qué pasa con él? Mi madre deja la copa en la mesa y lo mira con reprobación. —Lo de hoy ha sido inaceptable. —Le puse una advertencia— responde mi padre con calma—. Otra falta de respeto y será removido. —Es un cerdo machista y misógino— sentencia mi madre, sin rodeos. —Mantén un ojo en Eve— me pide mi padre de repente. Trato de no sonreír detrás de la copa. —Por supuesto, lo haré. Sé lo que realmente quiere decir con eso. Quiere que la cuide, que la ayude a abrirse camino en un ambiente que no siempre es justo con las mujeres. Y lo haré. Claro que no mencionare las intenciones detrás de ello. Mi madre, satisfecha con mi respuesta, desliza su mano sobre la de mi padre con gesto cariñoso. —Ella tiene mucho talento, Adrián. Lo de hoy ha sido increíble y es su primera semana. —Lo sé— dice él, levantándose de su silla con la elegancia que lo caracteriza. Deja la servilleta sobre la mesa y toma la mano de mi madre, tirando suavemente de ella—. ¿Te quedas? —No, tengo planes. —No te olvides de que el domingo almorzamos con los abuelos— me recuerda mi madre mientras él prácticamente la arrastra escaleras arriba. Yo solo los observo, sacudiendo la cabeza. Mil años después y siguen igual de cursis y melosos. Incluso tienen citas y toda esa mierda romántica. No es lo mío, pero lo admiro en ellos. Después de todo, son mi ejemplo a seguir. Mis héroes en este mundo caótico. Salgo de la casa de mis padres y me deslizo detrás del volante de mi auto. El motor ruge suavemente cuando lo enciendo y piso el acelerador, dejando atrás la mansión y la armonía y el amor de familia que mis padres emanan. Es viernes por la noche. Una copa, buena música y la compañía adecuada no me vendrían nada mal. Activo la llamada con un toque en la pantalla y apenas suena el segundo timbre cuando la voz de Darién responde: —¿Dónde estás? —En camino. ¿Dónde están ustedes? —En el Onyx. Acabamos de llegar. ¿Vienes? —Estoy ahí en quince minutos. —Perfecto. Mia está preguntando por ti. Cuelgo sin responder a eso. Mia… No sé si tengo ganas de verla esta noche. Hemos follado un par de veces y es divertida en la cama, pero últimamente todo se siente demasiado monótono. Todo es demasiado fácil. Las miro, les sonrío, les digo algunas palabras bonitas y caen. Y durante un tiempo estuvo bien. Estoy teniendo mi buena cuota de mujeres, y a la mayoría de los hombres eso les parecería un sueño. Pero hay algo en mí que está cambiando. No lo sé. Siento que quiero algo más. Algo de emoción, de adrenalina. Quiero que no sea tan fácil. Quiero que me desafíen. Suelto una risa baja y amarga mientras detengo el auto en un semáforo en rojo. ¿Qué clase de tonterías estoy pensando? Las mujeres aman follar conmigo y a mí me encanta follar. Es un ganar-ganar. No debería estar cuestionándome nada. Sacudo la cabeza, aclaro mi mente y piso el acelerador apenas el semáforo cambia. El Onyx me esperaba y la noche prometía. Tal como había dicho, quince minutos después estaba cruzando las puertas de uno de los clubes más exclusivos de la ciudad. El bajo de la música electrónica vibraba en el aire, mezclándose con las risas y el murmullo de las conversaciones. La iluminación tenue y los destellos neón hacían que todo pareciera un juego de luces y sombras, donde los cuerpos se movían al ritmo de la música, envueltos en la embriagadora combinación de alcohol, lujuria y desenfreno. Los de seguridad me reconocieron de inmediato y me dejaron pasar sin problemas. En cuanto subí las escaleras hacia el área VIP, el estruendo de dos voces me recibió. —¡Aarón! — gritaron casi al unísono Darién y Mathias, levantando sus copas en mi dirección. Me acerqué con paso relajado y me desplomé en el sofá de cuero n***o junto a ellos. Como siempre, la mesa estaba repleta de botellas caras y copas relucientes. —¿Dónde andabas? — preguntó Darién mientras me pasaba una copa de champán. —Cena con mis padres— respondí antes de darle un sorbo. —¿Lía regresó? — preguntó Mathias con aparente curiosidad. Lo miré y negué con la cabeza. —No, sigue en París. No creo que vuelva hasta fin de año. ¿Por qué? —Nada, solo curiosidad— respondió con un encogimiento de hombros antes de llevarse la copa a los labios. Asentí, pero algo en su tono me dejó con la duda. —¿Qué hay de nuevo por aquí? — pregunté, desviando la conversación. Darién sonrió mientras miraba de reojo a una rubia que no dejaba de observarlo desde el otro extremo del lounge. —No mucho— dijo con esa sonrisa de satisfacción que solía poner cuando ya tenía claro su objetivo de la noche—. Ah, Mia estaba abajo. Ha preguntado por ti desde que llegó. Mia otra vez. Solté un leve suspiro y recorrí la zona VIP con la mirada, como si estuviera buscando algo. ¿Pero qué demonios esperaba encontrar? Mujeres hermosas. Risas. Coqueteos. Lo de siempre. Lo que, hasta hace poco, solía bastarme. Me incliné hacia adelante, apoyando los antebrazos en las rodillas, y giré la copa entre mis dedos. Quizás simplemente ya me volví loco. Sin pensarlo mucho más, me llevé la copa a los labios y la vacié de un solo trago. Definitivamente, esta noche iba a necesitar más alcohol. Las horas transcurrían en un borrón de luces parpadeantes, música que vibraba en el pecho y el calor del alcohol deslizándose por mi garganta. El champán había dado paso al whisky, y con cada trago el mundo se volvía un poco más ligero, un poco menos monótono. Me levanté del sofá y caminé hacia la baranda del segundo nivel, sintiéndome ligeramente mareado. Apoyé los antebrazos en la estructura de cristal y dejé que mi mirada vagara por la pista de baile de abajo. Y entonces la vi. En medio del mar de cuerpos en movimiento, destacaba como si tuviera su propio foco de luz. Eve. La odiosa, arrogante, insufrible y hermosa Eve. La misma que me sacaba de mis casillas a diario, que me desafiaba sin miedo con esos ojos llenos de fuego, con esa actitud altanera que parecía hecha a medida para hacerme perder el control. Movía las caderas con una sensualidad innata, sin esfuerzo, perdida en el ritmo de la música. Vestía un conjunto n***o que abrazaba su figura con precisión quirúrgica, dejando su piel blanca al descubierto en los lugares exactos para encender la imaginación. Sentí una punzada de irritación en el pecho, mezclada con algo que se parecía demasiado a… ¿interés? No. Eve me hacía la vida imposible en el bufete. Siempre con su lengua afilada, con su maldita manía de cuestionarme todo, de desafiarme con cada mirada, con cada palabra. No me soportaba. Y el sentimiento era mutuo… ¿o no? Observé cómo un tipo intentaba acercarse a ella, murmurándole algo al oído. Eve sonrió, pero no con interés, sino con esa media sonrisa que usaba cuando iba a destrozar a alguien con sus palabras. Me incliné un poco más sobre la baranda, sintiendo un calor inesperado en la sangre. ¿Qué demonios estaba haciendo aquí? ¿Desde cuándo venía a este club? ¿Y por qué, de todas las mujeres en este lugar, era ella la que me tenía tan atento? Fruncí el ceño y me pasé una mano por la mandíbula, sintiendo la sombra áspera de mi barba de varios días. Definitivamente, necesitaba otro trago. —Aarón, ¿estás bien? — la voz de Darién sonó lejana, como si hablara desde el otro lado de un túnel. —Sí… — murmuré sin apartar la mirada. Porque Eve seguía ahí, bailando, perdida en la música, moviéndose con una sensualidad tan natural que dolía. Pero entonces, como si pudiera sentir mi mirada, levantó la cabeza y sus ojos encontraron los míos. Y sonrío. Una sonrisa genuina, descarada, provocadora. No esa mueca altanera con la que solía responderme en el bufete cuando discutíamos sobre un caso. No la expresión burlona con la que me dejaba claro que no tenía intenciones de ceder. Esta era diferente. Me quedé congelado. Porque, aunque había visto sonreír a Eve antes, nunca me la había dirigido así, directamente a mí. Algo se tensó en mi pecho, algo inexplicable, molesto y adictivo al mismo tiempo. Mi cuerpo entró en un estado de anticipación primitiva cuando la vi moverse. Caminando hacia mí. El club desapareció a mi alrededor. Las luces, la música, la gente… todo quedó en segundo plano cuando la vi abrirse paso entre la multitud con una confianza arrolladora. No parpadeé. No respiré. Solo la vi acercarse, con esa maldita media sonrisa aún en los labios. Y supe, en ese instante, que esta noche iba a ser todo menos ordinaria. —Hola— dijo con descaro, su voz aterciopelada casi inaudible sobre la música. Su mano se deslizó sobre mi pecho en un toque tan ligero como una caricia, pero lo suficiente para que mi piel ardiera bajo la tela de mi camisa. Abrí y cerré los ojos con fuerza. Había algo que no se sentía bien. O quizás estaba muy borracho. O quizás se sentía demasiado bien, y eso era lo que realmente me jodía. —¿Qué haces aquí? — pregunté, tratando de enfocar la mirada. Eve ladeó la cabeza, su sonrisa amplificándose en algo entre la burla y la provocación. —Tonto, ¿qué clase de pregunta es esa? — murmuró, inclinándose hacia mí. Su perfume me envolvió, esa mezcla de vainilla y algo más oscuro que siempre lograba desarmarme. Su aliento rozó mi oído cuando susurró: —Te he estado esperando. Mis músculos se tensaron. —¿A mí? — fruncí el ceño, entrecerrando los ojos. Era imposible. Eve no me esperaba a mí. Siempre se las arreglaba para desafiarme, para hacerme la vida imposible en el bufete con su actitud altanera, sus comentarios mordaces y su manía de desafiarme cada vez que podía. Esto tenía que ser un maldito juego. Un reto. Pero mi cerebro no podía procesarlo del todo, porque mi cuerpo ya había decidido por su cuenta. No tenía ganas de hablar. No tenía ganas de analizar. Lo único que quería era sentir. Eve debía saberlo, porque en lugar de apartarse, se pegó más a mí, sus caderas casi rozando las mías. Su lengua pasó lentamente por su labio inferior mientras me miraba con esa maldita certeza de que me tenía justo donde quería. Y lo peor de todo era que tenía razón. Un jodido flashback me golpeó la cabeza. Eve sobre mí, montándome como si estuviera hecha para encajar conmigo. Su pelo revuelto, su piel sudorosa, su boca jadeando mi nombre. La detestaba, sí. Pero también la deseaba. Un maldito infierno en llamas, y yo estaba a punto de lanzarme de cabeza. La sujeté de la muñeca y la arrastré lejos de los demás. No podía pensar. No quería pensar. Solo sabía que la necesitaba pegada a mí. La arrinconé contra la pared, mi cuerpo dominando el suyo, y sin perder más tiempo, me apoderé de su boca. Dios… Su sabor era una mezcla de licor y algo más dulce, algo que me recordaba a la forma en que siempre me sacaba de mis casillas y me hacía perder el control. Pero en medio de mi bruma de alcohol, algo no se sentía bien. Su boca respondía, pero no como esperaba. Sus manos me agarraban, pero no de la manera en la que Eve lo había hecho. Su piel tenía el mismo perfume… pero algo seguía estando mal. Un escalofrío me recorrió la espalda. —Aarón…— gimió contra mi boca. Y el mundo se tambaleó. Mi cuerpo se congeló. Esa voz… No. No. No era la voz de Eve. Me separé bruscamente, con el corazón latiéndome en los oídos. Mi vista estaba nublada, pero enfoqué su rostro. Mi pecho se comprimió en un puño. No era ella. —No soy Eve… — susurró, sus ojos llenos de desconcierto. Un puto cubo de agua fría me cayó encima. ¿Qué carajos acababa de hacer?
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